de hallar la realidad entre estas cuatro paredes,
en estos labios como el humo,
en esta boca igual a cualquier boca
antes de marchitarse,
donde la noche anónima se despierta sin rostro,
entre copas vacías y sirenas
que serán arrastradas hacia algún horizonte
en el incendio de la madrugada.
Un montón de esqueletos se amontonan
en una pugna incierta. Y en sus manos,
todo es abismo: un macabro baile
que inunda los rincones de misterio y de lujuria
y esparce las cenizas de lo efímero.
No sé si son espejos o criaturas
extraviadas de alguna pesadilla,
si a punto de fundirse las unas con las otras,
de ser tragadas por el oleaje
en un definitivo, turbio golpe de mar,
habrán adivinado mi silencio
-que parece asomarse tras la luz y las sombras
del cigarrillo azul que se consume
y que es el de mi propio corazón-,
o si estarán buscando más allá de la barra
la nieve intacta, el fuego de otro sueño
marchito entre la lluvia y los gemidos,
antes de regresar a la intemperie.
Yo vuelvo a ti sin pronunciar tu nombre,
con los ojos ardientes de recuerdos,
resuelto a abandonar esta prisión
en la que los fantasmas y las ebrias siluetas
de desasidos brazos y de voces heladas
arrojan sus perfiles al vacío.
Y vengo a acomodarme en la neblina
de unos tacones rojos y una negra melena
detrás de una mirada de añil, lenta y profunda,
vagando ya sin sed entre cristales.
Y escucho así el crujido de mi alma,
porque la nada está llena de huesos,
más allá de los fríos reflejos del bourbon
que inundan de nostalgia mi garganta y mis ojos.
Miro el murmullo de la muchedumbre
y sigo el ritmo de este blues herido:
It Could Happen to You,
¿acaso el contrabajo es el mañana
y la trompeta de Chet Baker la noche que me vence?
Espero con paciencia a que la luna
aparezca de pronto e ilumine
este postrer acorde,
y al naúfrago asustado que se abraza a otro cuerpo
tratando de escapar
del tenebroso mar de la derrota.
