A Luis García Montero
No hablaba usted de ofensas y venganzas
que conmovieron muros de ciudades antiguas,
ni de sagas perdidas en los siglos,
sino de un país, el suyo, tan próximo y cruel
como un gobierno infame.
Recuerdo su ironía
al presentarnos -"Yo no soy joven y no sé
si alguna vez he sido poeta"-, nuestro miedo
también. ¿Qué podíamos decirle entonces,
si en una sola frase desplegaba
esa mitología personal
que usted fundó y a veces convertían
en voz extravagente, en anécdota y humo?
La habitación discreta,
el rostro del general San Martín
detrás de su figura casi inmóvil...
Desde la noche de otro continente
cuyas ruinas ya estaban en sus libros
le recuerdo ahora, cuando ya no soy joven
y sé que tuvo usted mucha paciencia
llenando ese silencio que nosotros
no éramos capaces de romper;
su memoria nos trajo el nombre de al-Andalus,
las novelas de Cansinos-Assens, los años
en que algunos poetas de vanguardia
tenían secretarios que dictaban
imágenes audaces.
Al salir,
la gente discutía de política. Pensábamos
en un tiempo cercano al de sus fábulas,
el otro laberinto: hay una casa que nunca volveré a pisar,
una mirada vacía que no tendré delante.
Quedaba solamente
aquel frío de julio en Buenos Aires.