Chet Baker - Like Someone In Love

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miércoles, 22 de noviembre de 2017

Novela de aventuras/ 5 - Literatura fantástica/ 7 - Literatura satírica y burlesca/ 48 - Fragmento de Viajes de Gulliver - Jonathan Swift - Irlanda


Primera Parte
Un viaje a Liliput

CAPÍTULO 6

    Aunque es mi intención dedicar todo un tratado a la descripción de este Imperio, quisiera sin embargo, entretanto, brindar al curioso lector algunas ideas generales. La estatura media de sus naturales es algo menos de seis pulgadas1 y el tamaño de los animales, árboles y plantas guarda exacta proporción con ella: por ejemplo, los caballos y bueyes más altos miden entre cuatro y cinco pulgadas de alzada; las ovejas, aproximadamente pulgada y media; los gansos son del tamaño de un gorrión, y así gradualmete hacia abajo hasta llegar a los más diminutos, casi invisibles a mi vista. Pero la naturaleza había adaptado la visión de los liliputienses para alcanzar con los ojos todos los objetos de su alrededor; así pues, son capaces de ver con gran claridad, pero no muy lejos. Y para demostrar la penetración de su vista para los objetos cercanos, debo decir que he tenido ocasión de contemplar cómo un cocinero descuartizaba una alondra más pequeña que la mosca común, y cómo una muchacha enhebraba una aguja invisible con seda invisible. Los árboles más altos tienen unos siete pies2; me refiero con esto a los del gran Parque Real, cuyas copas yo podía alcanzar con el puño. Las demás plantas son por el estilo pero dejo al arbitrio del lector el imaginarlas.

    Por el momento poco he de decir de su civilización, que ha florecido en todas las ramas a lo largo de muchos siglos: la escritura es muy particular; no escriben de izquierda a derecha como los europeos, ni de derecha a izquierda como los árabes, ni de arriba abajo como los chinos, ni de abajo arriba, como los cascagios3, sino oblicuamente, de una esquina de la hoja a la opuesta, como las damas inglesas.

   A los muertos los entierran cabeza abajo, pues tienen la creencia de que pasadas once mil lunas han de resucitar y, para entonces, la Tierra, que ellos tienen por plana, se volverá del revés y así ellos, al resucitar, se encontrarán ya dispuestos y en pie. Los sabios del país reconocen lo absurdo de tal creencia, pero la práctica continúa cumpliendo la voluntad del vulgo.

    Algunas de las leyes y costumbres de este Imperio son muy peregrinas y si no fueran tan patentemente contrarias a las de mi querida patria me sentiría tentado a decir algo en su defensa. Sería sólo de desear que se cumplieran también. La primera que voy a mencionar se refiere a los delatores. Todo delito contra el Estado se castiga aquí con la máxima severidad, pero si la persona acusada puede probar claramente su inocencia en el juicio, el acusador sufre inmediatamente una muerte ignominiosa, y a costa de su fortuna y tierras se compensa al inocente por la pérdida de tiempo, el peligro sufrido, las penalidades de la cárcel y los gastos incurridos en propia defensa. Si dichos bienes no bastaran, la Corona se encarga de suplirlos con largueza. El Emperador, además, le otorga alguna muestra pública de su favor y se proclama la inocencia del reo por toda la ciudad.

    Consideran el fraude como delito más grande que el robo y quien lo comete rara vez se libra de la pena de muerte, pues arguyen que el cuidado y la cuatela, unidos al sentido común, bien pueden librar del ladrón los bienes de una persona, pero que la honradez no tiene defensa contra una astucia superior y, puesto que tiene que existir un movimiento constante de compras y ventas, así como de tratos basados en el crédito, allí donde se permite o se consiente el fraude -o no existe ley para castigarlo- el comerciante honrado lleva siempre las de perder y todas las ventajas son para el bribón. Recuerdo cómo una vez, cuando yo intercedía ante el Rey a favor de un delincuente que había malversado una gran suma confiada a él por su señor, huyendo con ella, le dije a Su Majestad, a manera de disculpa, que sólo se trataba de un mero abuso de confianza; pero al Emperador le pareció monstruoso que yo ofreciera como atenuante lo que era la mayor agravente del delito. Y la verdad es que poco me quedó por replicar aparte de la consabida respuesta de que cada nación tiene sus costumbres, pues, a decir verdad, me sentía profundamente avergonzado. [...]
Traducción de Emilio Lorenzo
1 Una pulgada: aproximadamente dos centímetros y medio. (N. de J. N.) 
2 Un pie: aproximadamente treinta centímetros y medio. (N. de J. N.) 
3 L. A. Landa sospecha que el término es invención de Swift. (N. del T.)

lunes, 6 de noviembre de 2017

Literatura satírica y burlesca/ 47 - Fantasmagoría - Lewis Carroll - Inglaterra


    Lewis Carroll, nacido Charles Lutwidge Dodgson en Cheshire (Inglaterra), reverendo anglicano, matemático, fotógrafo y escritor, escribió este poema jocoso en 1869. Casi podría decirse que es un poema dadaísta avant la lettre, y desde luego un divertido ejemplo del nonsense, tan querido por los británicos. Disfrútenlo.


CANTO I
LA CITA

Una noche de invierno, a las nueve y media,
helado, cansado, enfadado y sucio de barro,
llegué a casa, demasiado tarde para comer,
aunque la cena, los puros y el vino
me esperaban en el estudio.

Una novedad había en la habitación
y algo blanco y ondulante
permanecía a mi lado en la penumbra.
Pensé que era la escoba de la alfombra
que la descuidada doncella había dejado allí.

Pero de repente esa cosa empezó
a temblar y estornudar.
Ante lo cual yo dije: "¡Vamos, vamos, amigo!
No es muy considerada esa actitud.
¡Por favor, no hagas tanto ruido!"

"Me he constipado", dijo la cosa,
"ahí fuera durante el aterrizaje."
Me volví sorprendido
y allí, frente a mis ojos,
¡me encontré un pequeño fantasma!

Cuando le reprendí, tembló de pies a cabeza
y se escondió detrás de una silla
"¿Cómo has llegado hasta aquí?", dije. "¿Por qué has venido?"
Nunca vi nada tan tímido.
"¡Sal de ahí! ¡Deja de temblar!"

Dijo: "Encantado le diré cómo
y también por qué he venido.
Pero..." (entonces se inclinó levemente).
"Ahora está usted de tan mal humor
que pensará que todo es mentira."

"Y en cuanto a lo de estar asustado,
permítame observar
que los fantasmas tenemos el mismo derecho,
en todos los aspectos, a temer a la luz,
igual que los humanos teméis a la oscuridad."

"Ningún pretexto", dije, "puede excusar
la cobardía que he observado en ti.
Porque los fantasmas podéis visitarnos cuando queréis,
mientras que los humanos no podemos
rechazar la visita."

Respondió: "Alarmarse
es algo natural, ¿no es así?
Realmente yo temí que usted quisiera hacerme daño.
Pero, ahora que veo que se ha calmado,
deje que le explique mi visita.

"Las casas están clasificadas, tengo el honor de decirle,
según el número
de fantasmas que albergan.
(El inquilino apenas cuenta como carga,
junto con el carbón y otros trastos.)

Ésta es la casa de 'un solo fantasma', y
cuando usted llegó el pasado verano,
podía haber advertido la presencia de un espectro que
estaba haciendo todo lo que hacen los fantasmas
para dar la bienvenida a un recién llegado.

Esto siempre se hace en las villas...
no importa a cuánto ascienda el alquiler,
porque, aunque desde luego es menos divertido
que sólo haya sitio para uno,
los fantasmas tenemos que acceder.

Ese espectro le dejó el día tres...
y desde entonces usted no ha sido visitado,
ya que él nunca nos dijo una palabra,
sino que, accidentalmente, oímos
que aquí alguien se necesitaba.

Por derecho, los espectros eligen los primeros,
a la hora de cubrir una vacante.
Luego, los fantasmas, los elfos, las hadas y los duendes...
Y si todos éstos fallan, se invita
al espíritu necrófago más simpático que se encuentre.

Los espectros dijeron que el lugar era humilde
y que usted guardaba un vino muy malo.
Así que tuvo que venir un fantasma
y, como yo era el primero, ya sabe,
no pude negarme."

"Sin duda", dije, "eligieron
al mejor que podían enviar,
¡Aunque elegir a un mocoso como tú
para visitar a un hombre de cuarenta y dos,
no ha sido un gran detalle!"

"No soy tan joven, señor", contestó,
"como usted piensa. El hecho es
que en cavernas al lado del mar
y en otros lugares que me ha tocado probar,
he adquirido una gran experiencia.

Pero hasta ahora nunca he formado parte
estrictamente de una casa,
y con las prisas olvidé
las Cinco Normas Básicas de la Etiqueta
que de memoria debemos conocer."

Mis sentimientos pronto aceptaron
al pequeño individuo.
Éste estaba absolutamente espantado
por haber por fin encontrado un humano
y parecía muy asustado y acobardado.

"¡Por fin", dije, "estoy contento de haber descubierto
que los fantasmas no son mudos!
Pero, por favor, siéntate. Quizá te apetezca
(si, como yo, no has cenado)
tomar un bocado.

Aunque, ciertamente, no pareces
algo a lo que pueda ofrecerse comida.
Y luego me encantará escuchar...,
si me las dices alto y claro...,
las normas a las que tú aludías."

"¡Gracias, las oirás luego más tarde.
Esto sí que ha sido suerte!."
"¿Qué puedo ofrecerte?", dije.
"Bueno, ya que es usted tan amable, probaré
un poco de pato.

¡Una tajada! ¿Y podría pedirle
otra gotita de salsa?"
Me senté y le miré asombrado,
porque realmente nunca había visto
una cosa tan blanca y ondulante.

Y todavía parecía hacerse más blanco,
más vaporoso y más ondulante...,
visto en la borrosa y parpadeante luz,
mientras recitaba
sus "Máximas de Comportamiento".


CANTO II
LAS CINCO NORMAS

"La primera, pero no suponga usted", dijo,
"que estoy poniéndole una adivinanza,
es..., si la víctima estuviese en la cama,
no toques las cortinas de la cabecera,
sino que usa las del medio.

Muévelas despacio de dentro a fuera,
mientras las separas,
y en un minuto, sin duda,
levantará la cabeza y mirará alrededor
con ojos llenos de ira y temor.

En ese momento tú no debes, bajo ningún concepto,
hacer la primera observación.
Espera que la víctima empiece.
Ya que ningún fantasma con sentido común
empieza una conversación.

Si dijera: '¿Cómo has llegado hasta aquí?'
(Como usted empezó, señor),
en tal caso, tu opción es clara:
'¡A la espalda de un murciélago, querido!',
es la respuesta apropiada.

Si tras eso no dice nada,
será mejor que reduzcas tus esfuerzos...
Vete y sacude la puerta
y si entonces empieza a roncar,
sabrás que todo ha sido en vano.

Por el día, si está solo...,
en la casa o de paseo...,
simplemente da un profundo gemido,
para indicar la clase de tono
en el que tú deseas hablar

Pero si le encuentras con sus amigos,
el asunto es más difícil.
En tal caso el éxito depende
de recoger algunos cabos de vela,
o mantequilla de la despensa.

Con esto te debes hacer un tobogán
(funciona mejor con sebo),
sobre el que tú te debes deslizar
para moverte de un lado a otro...
Pronto se aprende a hacerlo.

La segunda nos dice lo que es correcto
en citas ceremoniosas:
'Primero enciende una luz azul o carmesí'
(algo que yo casi olvidé esta noche)
'luego, araña las puertas o las paredes'."

Dije: "Tú no volverías aquí nunca más,
si hubieras puesto a prueba a este sujeto.
Yo no tengo hogueras en el suelo...
¡y, en cuanto a lo de arañar la puerta,
me gustaría que lo hubieses intentado!"

"La tercera se escribió para proteger
los intereses de la víctima,
y nos dice, según la recuerdo:
Tratadle con profundo respeto ,
y no le contradigáis."

"Esto es claro", dije yo, "como el agua
para cualquier entendimiento.
Sólo desearía que algunos fantasmas que he conocido
no olvidasen constantemente
la máxima a la que tú te has referido."

"Quizá", dijo, "fue usted el primero que transgredió
las leyes de la hospitalidad.
Todos los fantasmas por instinto detestan
al humano que no trata a su invitado
con la debida cordialidad.

Si te diriges a un fantasma como '¡Cosa!'
o le golpeas con un hacha, el rey permite olvidar
toda conversación formal...
¡Asegúrese de entenderlo!

La cuarta prohibe entrar
donde otros fantasmas están acuartelados.
Y aquellos condenados por esto
(a no ser que por el rey sean perdonados)
deben inmediatamente ser castigados.

Esto simplemente significa 'ser cortados en pedacitos'.
Los fantasmas pronto se unen de nuevo
y el proceso no duele casi nada...
No más que cuando a usted
'le ponen por los suelos' en una revista.

La quinta, usted preferirá
que la cite íntegramente:
El rey recibirá tratamiento de 'señor'
de un simple cortesano,
es lo que exige la ley.

Pero, si uno desea hacer las cosas
con mayor formalidad,
diríjase a él como 'Mi Rey Duende'
y siempre utilice al responder.
la frase 'Su blancura Real'

Me estoy quedando bastante ronco, me temo,
de tanto recitar.
Así que, si no tiene usted inconveniente, querido,
tomaré un vaso de cerveza amarga...
Creo que tiene un aspecto tentador."


CANTO III
ESCARAMUZAS

"¿Y pudiste realmente andar", dije yo,
"en una noche tan espantosa?
Siempre me imaginé que los fantasmas volaban...
si no exactamente por el cielo,
al menos a una altura regular."

"Está bien". dijo él, "para los reyes
elevarse sobre la tierra,
pero los fantasmas a menudo pensamos que las alas,
como otras muchas cosas agradables,
cuestan más de lo que podemos obtener.

Los espectros, desde luego, son ricos y por eso
pueden comprárselas a los elfos.
Pero nosotros preferimos mantenernos debajo.
Son unos compañeros estúpidos, sabes,
excepto para ellos mismos.

Porque, aunque aseguran que no son
orgullosos, tratan a los fantasmas
con algo más que desprecio.
Igual que ningún pavo nunca ha pensado
en tan siquiera mirar a un gallo."

"Parecen demasiado orgullosos", dije yo, "para
venir a una casa como la mía.
Di, ¿cómo consiguieron descubrir
tan rápidamente que 'el sitio era humilde'
y que 'yo guardaba un vino malo'?"

"El inspector Kobold vino aquí...",
empezó el pequeño fantasma.
En ese punto, le interrumpí: "¿El inspector qué?
Inspeccionar fantasmas es nuevo para mí,
¡explícate, amigo!"

"Se llama Kobold", dijo mi invitado.
"Uno de la clase de los espectros.
A menudo le verás vestido
con una bata amarilla, un chaleco carmesí
y un gorro de dormir con un ribete.

Primero probó la casa Brocken,
pero cogió una especie de resfriado;
así que vino a Inglaterra a ser cuidado
y aquí tomó la forma de sed,
de la que todavía se queja.

El vino de Oporto, dice, cuando es rico y está sano,
calienta sus huesos como el néctar.
Y como las posadas, donde siempre se le encuentra,
son su lugar especial de trabajo,
le llamamos el Espectro–Posadero."

Yo soporté... como un hombre...
¡Su atormentadora agudeza!
Y no había nada más dulce que
mi carácter, hasta que el fantasma empezó
a hacer sus críticas con dureza.

"No debe consentirse derrochar a las cocineras,
y a pesar de eso será mejor que se las enseñe
a que los platos tengan algún sabor.
Dígame ¿por qué siempre se dejan las vinagreras
donde nadie puede alcanzarlas?

¡Este hombre nunca se ganará
la vida como camarero!
¿Se supone que esa cosa tan rara quema?
(Es un asunto demasiado deprimente
para llamar a un mediador).

El pato estaba tierno, pero los guisantes
eran más que viejos.
Y sólo recuerde, si no le importa,
la próxima vez que tenga usted queso tostado
no permita que lo dejen que se enfríe.

Creo que podría mejorar el pan
usando harina mejor.
Y ¿tiene usted algo para beber
que se parezca un poco menos a la tinta
y que no tenga este agrio sabor?"

Luego, mirando con curiosidad alrededor,
exclamó: "¡Dios mío!"
y siguió criticando...
"Su habitación no tiene un tamaño apropiado.
No es ni cómoda ni espaciosa

Esa ventana tan estrecha creo que
sólo sirve para dejar que entre el polvo."
"Pero, por favor", dije yo, "creo recordar
que fue diseñada por un arquitecto
que confiaba en Ruskin."

"¡Señor, me da igual quién fuese
o en quién confiaba!
¡Construida de cualquier manera,
aseguro que nunca vi un trabajo peor,
como que soy un espectro viviente!

"¡Qué puro tan enorme!
¿Cuánto cuesta una docena?"
Yo gruñí: "¡No importa cuánto cuesta!
Está usted adquiriendo demasiada confianza,
¡parece usted mi primo!

¡Esto es algo que no puedo soportar,
así de claro se lo digo!"
"¡Ajá!", dijo él. "¡Nos creemos importantes!"
(Mientras, cogía una botella.)
"¡Pronto arreglaremos eso!"

Y entonces él tomó una decisión
y alegremente gritó: "¡Ahí va!"
Yo traté de apartarme conforme se aproximaba,
pero por alguna razón me dio igual,
porque la botella golpeó, exactamente, en mi nariz.

Y no recuerdo nada más
con claridad,
sólo sé que desperté en el suelo
repitiendo: "Dos más cinco son cuatro
y cinco más dos son seis.

Nunca he sabido lo que pasó
ni tampoco lo he averiguado: Sólo sé
que, cuando al fin el sentido recobré,
la lámpara, abandonada, brillaba vagamente...
y el fuego se estaba extinguiendo...

A través de la oscuridad me pareció ver
algo que, con sonrisa afectada,
me estaba dando, según descubrí,
una lección de biografía,
como si yo fuese un niño.


CANTO IV
SU EDUCACIÓN

"¡Oh, cuando yo era pequeño,
éramos muy felices!
Cada uno se sentaba en su lugar favorito,
chupábamos y mordíamos las tostadas con mantequilla
que nos daban a la hora del té."

"Ese cuento ya existía!", dije yo.
"No digas que no
porque es tan conocido como la Guía de Bradshaw!"
(El fantasma, nervioso, respondió
que él no lo sabía.)

"¿No está en Las Poesías Infantiles? Incluso
casi creo que es así:
'Tres pequeños fantasmas estaban sentados
en su sitio, ¿sabes?, y comían
'tostadas con mantequilla'.

Tengo el libro, así que si tienes alguna duda..."
me volví para buscarlo en el estante.
"¡No revuelvas!", gritó. "Nos apañaremos sin él.
Ahora lo recuerdo todo.
Yo mismo lo escribí.

Salió en una publicación mensual o,
al menos, eso dijo mi agente.
Un personaje de la literatura, que lo vio,
pensaba que era bueno
para la revista que él editaba.

Mi padre fue un duende, señor,
y mi madre era un hada.
A ella se le ocurrió
que los niños seríamos más felices
si a discrepar nos enseñaban.

Esta idea pronto se convirtió en manía
y, una vez puesta en práctica, ella
nos educó de diferentes formas...
Uno fue un duendecillo, dos fueron hadas
y otra un hada mala.

La Aparición y el Kelpie fueron a la escuela
y allí causaron muchos problemas.
Luego venían un duende y un espíritu necrófago,
y después dos gnomos (que rompieron la norma),
un duende y un doble...

"('Si esa caja del estante es de rape',
añadió con un bostezo,
'tomaré un poco')... Luego vino un elfo,
después un fantasma (que soy yo)
y, por último, un gnomo irlandés.

Un día algunos espectros por casualidad llamaron,
vestidos con el blanco habitual.
Me quedé allí y los observé en el vestíbulo.
Y no pude distinguirlos para nada,
porque ofrecían una visión tan extraña...

Me preguntaba qué demonios eran
los que parecían sólo una cabeza y un saco.
Pero mi madre me dijo que no mirara
y entonces ella me agarró del pelo
y me dio un empujón en la espalda.

Desde entonces siempre he deseado
haber nacido espectro.
Pero ¿por qué motivo?" (dio un suspiro).
" Ellos son la nobleza de los fantasmas,
y nos miran con desprecio."

"Mi vida de fantasma pronto empezó.
Cuando apenas tenía seis años.
salí con otro mayor...
y al principio todo me pareció divertido
y aprendí muchos trucos.

He visitado mazmorras, castillos., torres...
Allí donde me enviaban,
a menudo me sentaba y aullaba durante horas,
calado hasta los huesos por torrenciales chaparrones,
que caían sobre las almenas.

Ahora está bastante pasado de moda gemir
cuando empiezas a hablar.
Esto es lo más moderno en cuestión de tono..."
Y en ese momento (se me erizó todo el cuerpo)
dio un horrible chillido.

"Quizá". añadió, "para sus oídos
esto parezca fácil.
¡Inténtelo querido!
Aprender me costó algo más de un año
de constante práctica.

Y cuando has aprendido a chillar. amigo,
y aprendes el doble sollozo,
te encuentras mas o menos donde empezaste:
¡Sólo intenta farfullar!
¡Eso es como un trabajo!

Yo he probado y sólo puedo decir
que estoy seguro de que tú no podrías hacerlo,
incluso aunque practicases noche y día,
a no ser que tengas dones para ello
e ingenio natural.

Shakespeare, creo, fue el que habló
de fantasmas, en los tiempos antiguos,
los cuales 'farfullaban en las calles de Roma',
vestidos, si lo recuerdas, con sábanas...
Debían pasar frío.

Yo a menudo he gastado diez libras en tejido
para vestirme como un noble.
Pero, aunque eso da importancia,
nunca ha causado tanto efecto
como para que merezca la pena el esfuerzo.

Largas facturas pronto apagaron el ansia
que yo tenía por ser gracioso.
Instalarse es siempre lo peor.
El montón de cosas que uno quiere al principio,
¡debe hacerse con dinero!

Por ejemplo, una torre encantada,
con calaveras, huesos y sábanas,
luces azules para quemar (digamos) dos cada hora,
lentes para condensar de fuerza superior
y un juego de cadenas completo.

Todo esto junto con las cosas que uno debe alquilar...,
el ajuste de la toga...,
la comprobación de los fuegos de colores...
¡Hasta el mismo atuendo de cada uno agotaría
la paciencia del mismísimo Job!

Y encima el tan fastidioso
Comité de Casas Encantadas.
¡A menudo les he visto deshacerse en cumplidos con
un fantasma, porque era francés, o ruso,
o incluso de la ciudad de Londres!

Algunos dialectos encuentran oposición...
porque uno tiene acento irlandés,
y en ese caso, por todo lo que debes hacer,
te ofrecen una libra a la semana
y ¡uno se encuentra entre la espada y la pared!"


CANTO V
LA DISCUSIÓN

"¿Y no consultan a las 'víctimas'?",
dije. "Deberían, por derecho,
darles una oportunidad... porque ya sabes,
los gustos de la gente son tan diferentes,
especialmente en cuestión de espíritus."

El fantasma sacudió la cabeza y sonrió.
¿Consultarles? ¡En absoluto!
Sería para volverse loco,
simplemente satisfacer a un niño.
¡No se acabaría nunca!"

"Desde luego, no podéis dejar a los niños libres",
dije, "para elegir lo que quieran.
Pero. en el caso de hombres como yo,
creo que debería permitirse al 'anfitrión'
dar su punto de vista."

Dijo: "No sería provechoso.
La gente tiene tanta fantasía...
Nosotros sólo hacernos visitas de un día
y, si nos quedamos o nos vamos,
depende de las circunstancias.

Y, aunque no consultemos al 'anfitrión'
antes de que solo esté dispuesto,
si uno abandona su puesto a menudo,
o si no es un fantasma educado,
usted puede cambiarlo.

Pero si el anfitrión es un hombre como usted...,
quiero decir sensato,
y si la casa no es demasiado nueva..."
"Pero ¿qué tiene eso ", dije yo, "que ver
con la comodidad de un fantasma?"

"Una casa nueva no sirve, ya sabe...
Cuesta mucho trabajo prepararla.
Pero después de veinte años más o menos,
los zócalos se empiezan a caer,
así que veinte es el máximo."

"Preparar" no es una palabra que yo
recuerde haber oído.
"Quizá", dije, "¿tenga la bondad de
decirme qué significa
exactamente esa palabra?"

"Significa que hay que aflojar todas las puertas",
contestó el fantasma y se rió.
"Implica taladrar montones de agujeros
en todos los zócalos y suelos,
para ahuecar todo de arriba a abajo.

A veces te encuentras con que uno o dos
son suficientes
para que el viento sople por toda la casa...
Pero aquí hay mucho que hacer."
Boquiabierto, murmuré: "¡Sin duda!"

"Como he llegado un poco tarde,
supongo", añadí tratando
(sin éxito) de sonreír,
"que tu has estado ocupado todo este tiempo,
preparando y arreglando."

"No", dijo. "Quizá debería
haberme quedado otro poco...,
pero ningún fantasma que se precie
se habría atrevido a empezar
sin antes una introducción.

Lo correcto, como usted llegaba tarde,
habría sido marcharme,
pero con los caminos en ese estado,
obtuve el permiso del Caballero Alcalde
para esperar media hora o un poco más."

"¿Quién es el Caballero Alcalde?". exclamé. En lugar
de responder a mi pregunta, dijo:
"Bueno, si no sabe usted eso,
o bien nunca se va a la cama
o tiene usted una magnifica digestión.

Él va de un sitio a otro y se sienta sobre la gente
que cena mucho.
Su obligación es pellizcarles y empujarles
y estrujarles hasta que casi se ahogan."
(Yo dije: "¡Les está bien empleado!")

"La gente que cena cosas como...
murmuró, "huevos con panceta,
langosta.... pato..., queso tostado...,
si no reciben un terrible apretón,
¡es que yo estoy totalmente equivocado!'

Es enormemente gordo y eso
viene muy bien a su trabajo.
De hecho, debéis saber
que solíamos llamarle, hace años,
'¡El Alcalde y la Corporación!'

El día en que le eligieron alcalde
yo sabía que todos los espíritus querían
votar por mí, pero no se atrevían...
Él estaba tan frenético y desesperado
como furioso y nervioso.

Cuando todo terminó, por capricho,
corrió a decírselo al rey,
y siendo todo lo contrario a delgado,
una carrera de dos millas no era para él
algo fácil de llevar a cabo.

Así que, para recompensarle por su carrera
(como hacía un abrasante calor
y él pesaba más de veinte piedras),
el rey procedió, medio en broma,
a nombrarle caballero en el acto."

"Se tomó mucha libertad!"
(salté yo como un cohete).
"Sólo lo hizo por amor a los juegos de palabras:
'¡El hombre', dice Johnson, 'que hace
juegos de palabras, roba los bolsillos!"'

"El rey", dijo él, "no es un hombre cualquiera."
Yo discutí durante un rato
e hice lo posible para demostrar esto...
El fantasma simplemente escuchaba
con una sonrisa desdeñosa.

Por fin, cuando el aliento y la paciencia se habían agotado
y yo había recurrido al cigarro...
"Su propósito", dijo, "es excelente,
pero... cuando lo llama razonamiento...
desde luego ¿no está bromeando?"

Picado por su mirada fría y sinuosa,
me levanté finalmente
para decir: "Por lo menos yo desafío
a los más escépticos a que nieguen
que la unión hace la fuerza!"

"Eso es realmente cierto", dijo él, "pero espere...",
yo escuchaba dócilmente...
" La unión hace la fuerza, eso es cierto;
de hecho, está tan claro como el agua.
Pero las cebollas provocan debilidad."


CANTO VI
DESCONCIERTO

Como uno que trata de subir una montaña
y nunca antes ha escalado,
advierte en breve plazo
que esto es cada vez menos sublime,
y decide que es un aburrimiento.

Y, sin embargo, habiendo ya empezado a escalar,
no se atreve a dejar el desafío,
sino que, mientras escala, tiene la mirada puesta
en una pequeña cabaña cerca del cielo
donde espera descansar.

Al que escala hasta que se le agotan los nervios y las fuerzas,
soplando y jadeando,
conforme va ascendiendo
su lenguaje se le hace más violento
y más escasa su respiración.

El que escalando por fin alcanza la cima,
corona el camino ascendente
y entrando, con paso vacilante,
recibe un cachete en la cara
que le hace caer hacia atrás.

Y siente, como en sueños,
cómo resbala suavemente hacia abajo de nuevo,
un peso muerto, de cuesta en cuesta,
hasta que, con un ligero movimiento de cabeza,
cae sobre el llano...

Del mismo modo yo, que había decidido
convencer a un fantasma
y discutir con él, me había parecido
bastante diferente a cualquier discusión humana;
a pesar de eso, no iba a ceder en mi empeño.

Sin embargo, teniendo todavía en mi mente
el fin que esperaba alcanzar,
procuré demostrar que el asunto era cierto
haciendo un axioma
con mis conocimientos.

Al empezar todas las frases
con "por consiguiente" o "porque",
yo ciegamente di vueltas, por cien caminos diferentes,
dentro de un laberinto silogístico,
sin ser consciente de dónde me encontraba.

Dijo él: "¡Esto es sólo palabrería!
¡No fanfarronee más!
¡Ahora sea bueno y descanse!
¡Nunca he visto un tipo
tan ridículo!

Es usted como un hombre al que yo solía ver.
Un día se enfadó
en una discusión y el mismo acaloramiento
quemó las zapatillas que llevaba en los pies!"
Yo dije: "¡Qué curioso!"

"Bueno, es curioso, estoy de acuerdo,
y quizá parezca una mentirijilla.
Pero prometo que es tan cierto como posible...,
tan cierto como que usted se llama Tibbs", dijo él.
"Yo no me llamo Tibbs", contesté.

"¡No se llama Tibbs!", exclamó... Su voz se
hizo una pizca menos cordial...
"Bueno, no", dije yo, "mi nombre de pila es
Tibbets..." "¿Tibbets?" "Sí, el mismo."
"¡Entonces, tú no eres el tipo!"

Al decir esto dio un tremendo golpe a la mesa
que hizo añicos la mitad de los vasos
"¿Por qué no me has dicho eso
tres cuartos de hora antes,
príncipe de los asnos?

Andar cuatro millas entre el barro y la lluvia,
pasar la noche entre humos
y ver que todo ha sido en vano...
y que tengo que hacerlo otra vez,
¡es tan exasperante!"

"¡Cállate!", gritó, cuando yo empecé
a darle alguna excusa.
"¿Cómo se puede tener paciencia con un tipo
que no tiene mayor juicio
que un tonto imbécil?"

"¡Dejarme aquí esperando, en lugar
de decirme inmediatamente
que ésta no era la casa!". dijo.
"Bueno, ya está... ¡Vete a la cama!
¡No me mires así, burro!"

"¡Qué fácil es echarme
a mi la culpa de ese modo!
¿Por qué no preguntaste mi nombre
en el momento de llegar?",
contesté yo enfadado.

"Desde luego te preocupa un poco
haber llegado tan lejos...
Pero, ¿quién soy yo para que me eches la culpa de esto?"
"¡Bueno. bueno!", dijo él. "Debo admitir
que no ha sido tan malo.

Realmente me has dado
el mejor vino y la mejor comida...
Perdona mi violencia", dijo.
"Pero accidentes como éste, ya sabes,
enfadan a uno un poquito.

Después de todo ha sido culpa mía, creo...
¡Dame la mano, viejo nabo!"
El nombre que me dio sonó mal en mi mente,
pero como, sin duda, él lo decía cariñosamente,
lo dejé pasar.

"¡Buenas noches, viejo nabo, buenas noches!
Cuando yo me haya ido, quizá
te enviarán otro espíritu, de rango inferior,
que te causará un miedo constante
y estropeará tus sueños más profundos.

Dile que no soportas ni la más leve broma.
Luego, si él mira de reojo y se ríe,
sé habilidoso con un palo
(recuerda que debe ser bastante duro y grueso)
y ¡golpéale los nudillos!

Después descuidadamente di: '¡viejo mapache!'
Quizá no te das cuenta
de que, si no te comportas, pronto
tendrás que cambiar el tono de tu risa...
Y, por eso, ¡ten cuidado!

Ésa es la mejor manera de hacer que un espíritu
deje esos tejemanejes...
Pero, ¡pobre de mí! ¡Se está haciendo de día!
¡Buenas noches, viejo nabo, buenas noches!"
Un saludo y se marchó.


CANTO VII
TRISTE RECUERDO

"¿Qué pasa?", medité. "¿Me he dormido?
¿O es que he estado bebiendo?"
Pero pronto un sentimiento agradable
me invadió, me senté y me puse a llorar
durante una hora o así, en un abrir y cerrar de ojos.

"¡Bones no tenía que darse tanta prisa!",
dije sollozando. "De hecho, dudo
que le mereciera la pena marcharse...
Y me gustaría saber ¿quién es Tibbs
para merecerse tanto trabajo?

Si Tibbs es como yo
es posible ", dije,
"que no le guste mucho que pasen
por su casa a las tres y media de la madrugada
cuando él ya está en la cama.

Y si Bones le atormenta de algún modo...,
chillando y con cosas así,
como estuvo haciendo aquí hasta ahora...,
preveo que va a haber una disputa,
y ¡Tibbs será quien lleve razón!"

Además, como mis lágrimas nunca me devolverán
al amigable fantasma,
me parece lo mas adecuado
servirme otro vaso y entonar
el siguiente corolario.

"Te has ido, querido fantasma.
¡Mi mejor pariente
¡Di adiós a mi pato asado;
adiós, adiós, a mi té con tostadas,
a mi pipa y mis cigarros!

Las quejas en la vida son tristes y grises,
las alegrías insípidas,
cuando tú, mi amigo, estas lejos...
¡Buen chico, o mejor, digamos,
viejo Paralelepípedo!"

En lugar de cantar la tercera estrofa,
me paré... bastante abruptamente.
Pero, tras una letra tan espléndida,
sentí que sería absurdo
tratar de seguir.

Así, con un bostezo me fui
en busca de la grata suavidad,
y dormí, y soñé hasta que el día rompió
¡con duendes, con apariciones y con hadas
y con gnomos y fantasmas!

Durante años no he sido visitado
por ninguna clase de espíritu.
Pero todavía resuenan en mi mente
esas palabras de despedida, dichas amablemente:
"¡Viejo nabo, buenas noches!"
Versión de Javier La Orden Trimollet

miércoles, 11 de octubre de 2017

Literatura satírica y burlesca/ 46 - A una nariz - Francisco de Quevedo - España


Este archiconocido soneto lo escribió Quevedo muy probablemente contra Góngora como una de las puyas que ambos se lanzaban contínuamente entre sí. Aquí, como otras veces, vuelve a tildarle de judío, algo que no era.

Érase un hombre a una nariz pegado,
érase una nariz superlativa,
érase una nariz sayón y escriba1,
érase un peje espada mal barbado2.

Érase un reloj de sol mal encarado3,
érase una alquitara pensativa4,
érase un elefante boca arriba,
era Ovidio Nasón5 más narizado.

Érase un espolón de una galera,
érase una pirámide de Egipto,
las doce tribus de narices era6.

Érase un naricísimo infinito,
muchísimo nariz, nariz tan fiera,
que en la cara de Anás7 fuera delito.

1 sayón y escriba: la creencia popular atribuía a los judíos, representados aquí por sus doctores de la ley (escribas) y por los verdugos de las procesiones de Semana Santa (sayones), unas narices descomunales. No es la única referencia al pueblo hebreo en el poema, buena prueba del antisemitismo del autor y de la época.
2 un peje espada mal barbado: este pez (peje) tiene un apéndice frontal cuya forma se identifica con la nariz del personaje descrito hiperbólicamente (probablemente Luis de Góngora); el especificador mal barbado puede entenderse como un rasgo de humanización (sin apenas barba) o como un grado más en la grotesca apariencia animal, cuyas barbas o aletas ni siquiera están bien dispuestas.
3 un reloj de sol mal encarado: se alude a la similitud con el palo cuya sombra proyectada señala la hora en los relojes de sol; mal encarado porque no está bien colocado ni en el reloj ni en la cara.
4 una alquitara pensativa: las alquitaras o alambiques para la destilación de licores constaban de un recipiente (la cara) y un largo conducto (la nariz).
5 Ovidio Nasón: apodo latino del autor de las Metamorfosis, que aludía a su considerable nariz.
6 las doce tribus de narices era: nueva referencia a las narices de los hijos de Israel, divididos en doce tribus descendientes de cada uno de los hijos de Jacob.
7 en la cara de Anás fuera delito: juega aquí con la dilogía de la palabra Anás: por una parte, el nombre propio del sumo sacerdote judío (suegro del que condenó a Jesucristo), en cuya cara escandalizaría tanta nariz; por la otra, la etimología popular del sustantivo (A-nás, significaría "sin nariz" en griego). 
(Notas de David López del Castillo)

domingo, 14 de mayo de 2017

Literatura satírica y burlesca/ 39 - Como dicen que soy una ignorante... - Guadalupe 'Pita' Amor - México


Guadalupe 'Pita' Amor fue en vida una mujer controvertida, polémica y apasionada. Actriz y modelo de fotógrafos y pintores como Diego Rivera, Juan Soriano o Raúl Anguiano, amiga de Frida Kahlo, María Félix, Gabriela Mistral, Pablo Picasso, Juan Rulfo..., musa de intelectuales y artistas, su poesía denota una clara influencia de Sor Juana Inés de la Cruz, Francisco de Quevedo y Luis de Góngora.

Se llegó a decir que sus poemas no los escribía ella, pues eran demasiado buenos para una mujer con fama de loca: Decían que no era posible que una mujer tan frívola los hubiera escrito..., y es que sus sonetos eran perfectos, asegura su sobrina Elena Poniatowska (Premio Cervantes, 2013). Para salir al paso de esos rumores, Pita escribió en su día este soneto:

Como dicen que soy una ignorante,
todo el mundo comenta sin respeto
que sin duda ha de haber algún sujeto
que pone mi pensar en consonante.

Debe de ser un tipo desbordante,
ya que todo produce hasta el soneto;
por eso con mis libros lanzo un reto,
burla burlando van los tres delante.

Yo sólo pido que él siga cantando
para mi fama y personal provecho,
en tanto que yo vivo disfrutando

de su talento sin ningún derecho,
y ojalá y no se canse sino cuando
toda una biblioteca me haya hecho.

jueves, 1 de diciembre de 2016

Fragmento de Sin noticias de Gurb - Eduardo Mendoza, Premio Cervantes 2016 - España


Eduardo Mendoza acaba de ser galardonado con el Premio Cervantes 2016, porque -según el jurado- con la publicación en 1975 de La verdad sobre el caso Savolta, inaugura una nueva etapa de la narrativa española en la que se devolvió al lector el goce por el relato y el interés por la historia que se cuenta, que ha mantenido a lo largo de su brillante carrera como novelista. Mendoza -continúa el comunicado-, en la estela de la mejor tradición cervantina, posee una lengua literaria llena de sutilezas e ironía, algo que el gran público y la crítica siempre supieron reconocer, además de su extraordinaria proyección internacional. Merecido premio, sin duda.

Entre sus obras (15 novelas, dos libros de relatos, dos obras de teatro y cuatro ensayos, todos en castellano) destacan, además de La verdad sobre el caso Savolta -con la que inició su carrera literaria y que le valió el Premio de la Crítica-, Mauricio o las elecciones primarias -Premio José Manuel Lara 2007-,  Riña de Gatos -Premio Planeta 2010- y, sobre todo, La ciudad de los prodigios (1986), novela que narra la evolución social y urbana de Barcelona entre las exposiciones universales de 1888 y 1929.
Mendoza alcanzó un gran éxito de ventas con la serie protagonizada por un peculiar detective ingresado en un manicomio (El misterio de la cripta embrujada, La aventura del tocador de señoras) que mezcla la parodia con el género policiaco. Su última obra El secreto de la modelo extraviada, es la quinta entrega de la serie.
Información extraída del diario El País (01-10-2016)
____

Sin noticias de Gurb, relato paródico y satírico, salió por entregas diarias en El País durante el verano de 1990. Mendoza dice de él: es, sin duda, el libro más excéntrico de cuantos he escrito. No hay en él una sola sombra de melancolía. Es una mirada sobre el mundo asombrada, un punto desamparada, pero sin asomo de tragedia ni de censura. 


La nave extraterrestre aterriza en Sardanyola. Uno de los alienígenas, que responde por el nombre de Gurb, adopta la forma corporal de un individuo humano llamado Marta Sánchez. Un profesor de la Universidad de Bellaterra le embarca en su coche. Gurb desaparece, mientras el otro extraterrestre intenta encontrar a su compañero y empieza a acostumbrarse a las formas corporales y a los hábitos que poseen los humanos. Acaba de comenzar la búsqueda de Gurb, un extraterrestre perdido en la selva urbana de Barcelona.

Día 10

07.00. Decido salir en busca de Gurb.

Antes de salir oculto la nave para evitar reconocimiento e inspección de la misma por parte de la fauna autóctona. Consultado el Catálogo  Astral, decido transformar la nave en cuerpo terrestre denominado vivienda unifamiliar adosada, calef. 3  dorm. 2  bñs. Terraza. Piscina comunit. 2 plzs. Pkng. Máximas facilidades.

07.30. Decido adoptar la apariencia de ente humano individualizado. Consultado Catálogo, elijo el conde-duque de Olivares.

07.45. En lugar de abandonar la nave por la escotilla (ahora transformada en puerta de cuarterones de gran simplicidad estructural, pero de muy difícil manejo), opto por naturalizarme allí donde la concentración de entes individualizados es más densa, con objeto de no llamar la atención.

08.00. Me naturalizo en lugar denominado Diagonal-Paseo de Gracia. Soy arrollado por autobús número 17 Barceloneta-Vall d’Hebrón. Debo recuperar la cabeza, que  ha  salido rodando de resultas de la colisión. Operación dificultosa por la afluencia de vehículos.

08.01. Arrollado por un Opel Corsa.

08.02. Arrollado por una furgoneta de reparto.

08.03. Arrollado por un taxi.

08.04. Recupero la cabeza y la lavo en una fuente pública situada a pocos metros del lugar de la colisión. Aprovecho la oportunidad para analizar la composición del agua de la zona: hidrógeno, oxígeno y caca.

08.15. Debido a la alta densidad de entes individualizados, tal vez resulte algo difícil localizar a Gurb a simple vista, pero me resisto a establecer contacto sensorial, porque ignoro las consecuencias que ello podría tener para el equilibrio ecológico de la zona y, en consecuencia, para sus habitantes.

Los seres humanos son cosas de tamaño variable. Los más pequeños de entre ellos lo son tanto, que si otros seres humanos más altos no los llevaran en un cochecito, no tardarían en ser pisados (y tal vez perderían la cabeza) por los de mayor estatura. Los más altos raramente sobrepasan los 200 centímetros de longitud. Un dato sorprendente es que cuando yacen estirados continúan midiendo exactamente lo mismo. Algunos llevan bigote; otros barba y bigote. Casi todos tienen dos ojos, que pueden estar situados en la parte anterior o posterior de la cara, según se les mire. Al andar se desplazan de atrás a adelante, para lo cual deben contrarrestar el movimiento de las piernas con un vigoroso braceo. Los más apremiados refuerzan el braceo por mediación de carteras de piel o plástico o de unos maletines denominados Samsonite, hechos de un material procedente de otro planeta. El sistema de desplazamiento de los automóviles (cuatro ruedas pareadas rellenas de aire fétido) es más racional, y permite alcanzar mayores velocidades. No debo volar ni andar sobre la coronilla si no quiero ser tenido por excéntrico. Nota: mantener siempre en contacto con el suelo un pie —cualquiera de los dos sirve— o el órgano externo denominado culo.

11.00. Llevo casi tres horas esperando ver pasar a Gurb. Espera inútil. El flujo de seres humanos en este punto de la ciudad no decrece. Antes al contrario. Calculo que las probabilidades de que Gurb pase por aquí sin que yo lo vea son del orden de setenta y tres contra una. A este cálculo, sin embargo, hay que añadir dos variables: a) que Gurb no pase por aquí, b) que Gurb pase por aquí, pero habiendo modificado su apariencia externa. En este caso, las probabilidades de no ser visto por mí alcanzarían los nueve trillones contra una.

12.00. La hora del ángelus. Me recojo unos instantes, confiando en que Gurb no vaya a pasar precisamente ahora por delante de mí.

13.00. La posición erecta a que llevo sometido el cuerpo desde hace cinco horas empieza a resultarme fatigosa. Al entumecimiento muscular se une el esfuerzo continuo que debo hacer para inspirar y espirar el aire. Una vez que he olvidado hacerlo por más de cinco minutos, la cara se me ha puesto de color morado y los ojos me han salido disparados de las órbitas, debiendo ir a recogerlos nuevamente bajo las ruedas de los coches. A este paso, acabaré por llamar la atención. Parece ser que los seres humanos inspiran y expiran el aire de un modo automático, que ellos llaman respirar. Este automatismo, que repugna a cualquier ser civilizado y que consigno aquí por razones puramente científicas, lo aplican los humanos no sólo a la respiración, sino a muchas funciones corporales, como la circulación de la sangre, la digestión, el parpadeo —que a diferencia de las dos funciones antes citadas, puede ser controlado a voluntad, en cuyo caso se llama guiño—, el crecimiento de las uñas, etcétera. Hasta tal punto dependen los humanos del funcionamiento automático de sus órganos (y organismos), que se harían encima cosas feas si de niños no se les enseñara a subordinar la naturaleza al decoro.

14.00. He llegado al límite de mi resistencia física. Descanso apoyando ambas rodillas en el suelo y doblando la pierna izquierda hacia atrás y la pierna derecha hacia delante. Al verme en esta postura, una señora me da una moneda de pesetas 25, que ingiero de inmediato para no parecer descortés. Temperatura, 20 grados centígrados; humedad relativa, 64 por ciento; vientos flojos de componente sur; estado de la mar, llana.

14.30. La densidad del tráfico rodado y andado disminuye ligeramente. Todavía sin noticias de Gurb. Aun a riesgo de alterar el precario equilibrio ecológico del planeta, decido establecer contacto sensorial. Aprovechando que no pasa ningún autobús, pongo la mente en blanco y emito ondas en frecuencia H76420bal40009, que voy elevando hasta H76420bal400010.

Al segundo intento recibo una señal débil al principio, más clara luego. Descodifico la señal, que parece provenir de dos puntos distintos, aunque muy próximos entre sí respecto del eje de la Tierra Texto de la señal (descodificado):

¿Desde dónde nos llama, señora Cargols?

Desde Sant Joan Despí.

¿Desde dónde dice?

Desde Sant Joan Despí. Desde San Joan Despí. ¿Qué no me oye?

Parece que tenemos un pequeño problema de recepción aquí en la emisora, señora Cargols. ¿Nos oye usted bien?

¿Cómo dice?

Digo que si nos oye bien. ¿Señora Cargols?

Diga, diga. Yo le escucho muy bien.

¿Me oye, señora Cargols?

Muy bien. Yo muy bien.

¿Y desde dónde nos llama, señora Cargols?

Desde Sant Joan Despí.

Desde Sant Joan Despí. ¿Y nos oye bien desde Sant Joan Despí, señora Cargols?

Yo le escucho muy bien. Y usted, ¿qué me escucha?

Yo muy bien, señora Cargols. ¿Desde dónde nos llama?

Me temo que va a ser más dificil de lo que yo suponía localizar a Gurb.

15.00. Decido recorrer sistemáticamente la ciudad en lugar de permanecer en un sitio fijo. Con ello disminuyo las probabilidades de no encontrar a Gurb en un trillón, pese a lo cual el resultado sigue siendo incierto. Camino siguiendo el plano heliográfico ideal que he incorporado a mis circuitos internos al salir de la nave. Me caigo en una zanja abierta por la Compañía Catalana de Gas.

15.02. Me caigo en una zanja abierta por la Compañía Hidroeléctrica de Cataluña.

15.03. Me caigo en una zanja abierta por la Compañía de Aguas de Barcelona.

15.04. Me caigo en una zanja abierta por la Compañía Telefónica Nacional.

15.05. Me caigo en una zanja abierta por la asociación de vecinos de la calle Córcega.

15.06. Decido prescindir del plano heliográfico ideal y caminar mirando dónde piso.

19.00. Llevo cuatro horas caminando. No sé dónde estoy y las piernas no me sostienen. La ciudad es enorme; el gentío, constante; el ruido, mucho. Me extraña no encontrar los monumentos habituales, como el Cenotafio de la Beata Madre Pilar, que podrían servirme de referencia. He parado a un peatón que parecía poseer un nivel de mansedumbre alto y le he preguntado dónde podría encontrar a una persona extraviada. Me ha preguntado qué edad tenía esa persona. Al contestarle que 6.513 años, me ha sugerido que la buscara en El Corte Inglés. Lo peor es tener que respirar este aire inficionado de partículas suculentas. Es sabido que en algunas zonas urbanas la densidad del aire es tal que sus habitantes lo introducen en fundas y lo exportan bajo la denominación de morcillas. Tengo los ojos irritados, la nariz obstruida, la boca seca. ¡Cuánto mejor se está en Cerdanyola!

20.30 Con la puesta del sol las condiciones atmosféricas habrían mejorado bastante si a los seres humanos no se les hubiera ocurrido encender las farolas. Parece ser que ellos las necesitan para poder seguir en la calle, porque los seres humanos, no obstante ser la mayoría de fisonomía ruda y hasta abiertamente fea, no pueden vivir sin verse los unos a los otros. También los coches han encendido sus faros y se agreden con ellos. Temperatura, 17 grados centígrados; humedad relativa, 62 por ciento; vientos flojos del sudoeste; estado de la mar, rizada.

21.30. Basta. No puedo dar un paso más. Mi deterioro físico es considerable. Se me ha caído un brazo, una pierna y las dos orejas y la lengua me cuelga tanto que he tenido que atarla al cinturón, porque ya me llevo comidas cuatros plastas de perro y un número indeterminado de colillas. En estas condiciones es mejor aplazar hasta mañana las pesquisas. Me escondo debajo de un camión aparcado, me desintegro y me naturalizo en la nave.

21.45. Recargo energético.

21.50. Me pongo el pijama. La ausencia de Gurb pesa en mi ánimo. Después de pasar juntos todas las veladas desde hace 800 años, no sé cómo matar las horas que preceden al sueño. Podría ver la televisión local o leer una entrega de las aventuras de Lolita Galaxia, pero no tengo ganas. No me explico la ausencia de Gurb, y menos aún su silencio. Nunca he sido un jefe intransigente. Siempre he dejado a la tripulación, es decir, a Gurb, plena libertad para entrar y salir a su antojo (en horas de permiso), pero si no viene o sabe que va a llegar tarde, lo menos que podía hacer, por consideración, era avisar.

lunes, 16 de mayo de 2016

Poesía para niños / 12 - Literatura satírica y burlesca/ 42 - El flautista de Hamelin - Robert Browning - Reino Unido


En 1816, los Hermanos Grimm rescataron del olvido esta leyenda bajo el título Der Rattenfänger von Hameln ('El cazador de ratas de Hamelin'), donde se narra la historia de una misteriosa desgracia acaecida en la ciudad de Hamelin (Hameln), Alemania, el 26 de junio de 1284.
En 1842, el poeta inglés Robert Browning publicó este satírico y divertido poema sobre la susodicha historia:

The Pied Piper of Hamelin
(A Child's Story)

I
Hamelin Town's in Brunswick,
By famous Hanover city;
The river Weser, deep and wide,
Washes its wall on the southern side
A pleasanter spot you never spied;
But when begins my ditty,
Almost five hundred years ago,
To see the townsfolk suffer so
From vermin, was a pity.

II
Rats!
They fought the dogs and killed the cats,
And bit the babies in the cradles,
And ate the cheeses out of the vats,
And licked the soup from the cooks' own ladles.
Split open the kegs of salted sprats,
Made nests inside men's Sunday hats,
And even spoiled the women's chats
By drowning their speaking
With shrieking and squeaking
In fifty different sharps and flats.

III
At last the people in a body
To the town hall came flocking:
"'Tis clear," cried they, "our mayor's a noddy;
And as for our corporation—shocking
To think we buy gowns lined with ermine
For dolts that can't or won't determine
What's best to rid us of our vermin!
You hope, because you're old and obese,
To find in the furry civic robe ease?
Rouse up, sirs! Give your brains a racking
To find the remedy we're lacking,
Or, sure as fate, we'll send you packing!"
At this the Mayor and Corporation
Quaked with a mighty consternation.

IV
An hour they sat in council;
At length the Mayor broke silence
"For a guilder I'd my ermine gown sell;
I wish I were a mile hence!
It's easy to bid one rack one's brain—
I'm sure my poor head aches again,
I've scratched it so, and all in vain.
Oh for a trap, a trap, a trap!"
Just as he said this, what should hap
At the chamber door but a gentle tap?
"Bless us," cried the Mayor, "what's that?"
(With the Corporation as he sat
Looking little though wondrous fat;
Nor brighter was his eye, nor moister
Than a too-long-opened oyster,
Save when at noon his paunch grew mutinous
For a plate of turtle green and glutinous)
"Only a scraping of shoes on the mat?
Anything like the sound of a rat
Makes my heart go pit-a-pat!"

V
"Come in!"—the mayor cried, looking bigger:
And in did come the strangest figure!
His queer long coat from heel to head
Was half of yellow and half of red,
And he himself was tall and thin,
With sharp blue eyes, each like a pin,
And light loose hair, yet swarthy skin,
No tuft on cheek nor beard on chin,
But lips where smiles went out and in;
There was no guessing his kith and kin:
And nobody could enough admire
The tall man and his quaint attire.
Quoth one: "It's as my great-grandsire,
Starting up at the Trump of Doom's tone,
Had walked this way from his painted tombstone!"

VI
He advanced to the council table:
And, "Please your honors," said he, "I'm able,
By means of a secret charm, to draw
All creatures living beneath the sun,
That creep or swim or fly or run,
After me so as you never saw!
And I chiefly use my charm
On creatures that do people harm,
The mole and toad and newt and viper;
And people call me the Pied Piper."
(And here they noticed round his neck
A scarf of red and yellow stripe,
To match with his coat of the selfsame check;
And at the scarf's end hung a pipe;
And his fingers, they noticed, were ever straying
As if impatient to be playing
Upon this pipe, as low it dangled
Over his vesture so old-fangled.)
"Yet," said he, "poor piper as I am,
In Tartary I freed the Cham,
Last June, from his huge swarms of gnats;
I eased in Asia the Nizam
Of a monstrous brood of vampyre bats:
And as for what your brain bewilders,
If I can rid your town of rats
Will you give me a thousand guilders?"
"One? fifty thousand!"—was the exclamation
Of the astonished Mayor and Corporation.

VII
Into the street the Piper stepped
Smiling first a little smile,
As if he knew what magic slept
In his quiet pipe the while;
Then, like a musical adept,
To blow the pipe his lips he wrinkled,
And green and blue his sharp eyes twinkled,
Like a candle flame where salt is sprinkled;
And ere three shrill notes the pipe uttered,
You heard as if an army muttered;
And the muttering grew to a grumbling;
And the grumbling grew to a mighty rumbling;
And out of the houses the rats came tumbling.
Great rats, small rats, lean rats, brawny rats,
Brown rats, black rats, gray rats, tawny rats,
Grave old plodders, gay young friskers,
Fathers, mothers, uncles, cousins,
Cocking tails and pricking whiskers,
Families by tens and dozens,
Brothers, sisters, husbands, wives—
Followed the piper for their lives.
From street to street he piped advancing,
And step for step they followed dancing,
Until they came to the river Weser,
Wherein all plunged and perished!
—Save one who, stout as Julius Caesar,
Swam across and lived to carry
(As he, the manuscript he cherished)
To Rat-land home his commentary:
Which was, "At the first shrill notes of the pipe,
I heard a sound as of scraping tripe,
And putting apples, wondrous ripe,
Into a cider-press's gripe:
And a moving away of pickle-tub-boards,
And a leaving ajar of conserve-cupboards,
And a drawing the corks of train-oil-flasks,
And a breaking the hoops of butter-casks:
And it seemed as if a voice
(Sweeter far than by harp or by psaltery
Is breathed) called out, 'Oh rats, rejoice!
The world is grown to one vast drysaltery!
So munch on, crunch on, take your nuncheon,
Breakfast, supper, dinner, luncheon!'
And just as a bulky sugar-puncheon,
All ready staved, like a great sun shone
Glorious scarce an inch before me,
Just as methought it said, 'Come, bore me!'
—I found the Weser rolling o'er me."

VIII
You should have heard the Hamelin people
Ringing the bells till they rocked the steeple.
"Go, cried the Mayor, "and get long poles,
Poke out the nests and block up the holes!
Consult with carpenters and builders,
And leave in our town not even a trace
Of the rats!"—when suddenly, up the face
Of the Piper perked in the market place,
With a "First, if you please, my thousand guilders!"

IX
A thousand guilders! The Mayor looked blue;
So did the Corporation too.
For council dinners made rare havoc
With Claret, Moselle, Vin-de-Grave, Hock;
And half the money would replenish
Their cellar's biggest butt with Rhenish.
To pay this sum to a wandering fellow
With a gipsy coat of red and yellow!
"Beside," quoth the Mayor with a knowing wink,
"Our business was done at the river's brink;
We saw with our eyes the vermin sink,
And what's dead can't come to life, I think.
So, friend, we're not the folks to shrink
From the duty of giving you something for drink,
And a matter of money to put in your poke;
But as for the guilders, what we spoke
Of them, as you very well know, was in joke.
Beside, our losses have made us thrifty.
A thousand guilders! Come, take fifty!"

X
The Piper's face fell, and he cried
"No trifling! I can't wait, beside!
I've promised to visit by dinner time
Bagdat, and accept the prime
Of the Head-Cook's pottage, all he's rich in,
For having left, in the Caliph's kitchen,
Of a nest of scorpions no survivor:
With him I proved no bargain driver,
With you, don't think I'll bate a stiver!
And folks who put me in a passion
May find me pipe after another fashion."

XI
"How?" cried the mayor, "d'ye think I brook
Being worse treated than a cook?
Insulted by a lazy ribald
With idle pipe and vesture piebald?
You threaten us, fellow? Do your worst,
Blow your pipe there till you burst!"

XII
Once more he stepped into the street
And to his lips again
Laid his long pipe of smooth straight cane;
And ere he blew three notes (such sweet
Soft notes as yet musician's cunning
Never gave the enraptured air)
There was a rustling that seemed like a bustling
Of merry crowds justling at pitching and hustling,
Small feet were pattering, wooden shoes clattering
Little hands clapping and little tongues chattering.
And, like fowls in a farm-yard when barley is scattering,
Out came the children running.
All the little boys and girls,
With rosy cheeks and flaxen curls,
And sparkling eyes and teeth like pearls,
Tripping and skipping, ran merrily after
The wonderful music with shouting and laughter.

XIII
The Mayor was dumb, and the Council stood
As if they were changed into blocks of wood,
Unable to move a step, or cry
To the children merrily skipping by,
—Could only follow with the eye
That joyous crowd at the Piper's back.
But how the Mayor was on the rack,
And the wretched Council's bosoms beat,
As the Piper turned from the High Street
To where the Weser rolled its waters
Right in the way of their sons and daughters!
However he turned from South to West,
And to Koppelberg Hill his steps addressed,
And after him the children pressed;
Great was the joy in every breast.
"He never can cross that mighty top!
He's forced to let the piping drop,
And we shall see our children stop!"
When, lo, as they reached the mountain-side,
A wonderous portal opened wide,
As if a cavern was suddenly hollowed;
And the Piper advanced and the children followed,
And when all were in to the very last,
The door in the mountain-side shut fast.
Did I say, all? No! One was lame,
And could not dance the whole of the way;
And in after years, if you would blame
His sadness, he was used to say,—
"It's dull in our town since my playmates left!
I can't forget that I'm bereft
Of all the pleasant sights they see,
Which the Piper also promised me.
For he led us, he said, to a joyous land,
Joining the town and just at hand,
Where waters gushed and fruit-trees grew,
And flowers put forth a fairer hue,
And everything was strange and new;
The sparrows were brighter than peacocks here,
And their dogs outrun our fallow deer,
And honey-bees had lost their stings,
And horses were born with eagles' wings:
And just as I became assured
My lame foot would be speedily cured,
The music stopped and I stood still,
And found myself outside the hill,
Left alone against my will,
To go now limping as before,
And never hear of that country more!"

XIV.
Alas, alas, for Hamelin!
There came into many a burgher's pate
A text which says that heaven's gate
Opes to the rich at as easy rate
As the needle's eye takes a camel in!
The mayor sent East, West, North, and South,
To offer the Piper, by word of mouth,
Wherever it was men's lot to find him,
Silver and gold to his heart's content,
If he'd only return the way he went,
And bring the children behind him.
But when they saw 'twas a lost endeavor,
And piper and dancers were gone forever,
They made a decree that lawyers never
Should think their records dated duly
If, after the day of the month and year,
These words did not as well appear,
"And so long after what happened here
On the Twenty-second of July,
Thirteen hundred and seventy-six:"
And the better in memory to fix
The place of the children's last retreat,
They called it the Pied Piper's Street,—
Where any one playing on pipe or tabor
Was sure for the future to lose his labor.
Nor suffered they hostelry or tavern
To shock with mirth a street so solemn;
But opposite the place of the cavern
They wrote the story on a column,
And on the great church-window painted
The same, to make the world acquainted
How their children were stolen away,
And there it stands to this very day.
And I must not omit to say
That in Transylvania there's a tribe
Of alien people who ascribe
The outlandish ways and dress
On which their neighbors lay such stress,
To their fathers and mothers having risen
Out of some subterraneous prison
Into which they were trepanned
Long time ago in a mighty band
Out of Hamelin town in Brunswick land,
But how or why, they don't understand.

XV
So, Willy, let me and you be wipers
Of scores out with all men—especially pipers!
And whether they pipe us free from rats or from mice,
If we've promised them aught, let us keep our promise!


El flautista de Hamelin

I
El poblado de Hamelin está en Brunswick
Cerca de la famosa ciudad de Hanover
El río Weser, ancho y profundo
Moja sus paredes en el lado sur;
Un hermoso cuadro nunca visto;
Pero, cuando empezó mi canción,
Hace casi quinientos años,
¡Qué lástima!, ver sufrir a la gente
Por culpa de esos bichos.

II
¡Ratas!
Se peleaban con los perros y mataban a los gatos,
Y mordían a los bebes en sus cunas,
Comían los quesos de los moldes,
Y chupaban la sopa directamente de los cucharones de los                                                                            [cocineros,
Partían los barriles de sardinas saladas,
Anidaban en los sombreros domingueros de los hombres,
Y arruinaban las charlas de las mujeres
Ahogando sus voces
Con gritos y chillidos
En cincuenta diferentes sostenidos y bemoles.

III
Al fin el pueblo en bloque
Se congregó en la municipalidad:
"¡Que quede claro!", gritaron, "¡nuestro intendente es un inútil;
Y nuestro consejo un escándalo!
¡Pensar que nosotros compramos ropas elegantes
Para imbéciles que no pueden determinar
Lo mejor para librarnos de esta plaga!
¿Ustedes creen que porque son gordos y viejos,
Van a encontrar sus funciones más fáciles?
¡Arriba señores! ¡Den a sus cerebros una sacudida
Y encuentren el remedio que nos está faltando,
O tengan por seguro que los mandaremos a empacar!"
Con esto el intendente y el consejo
Quedaron bajo una terrible consternación.

IV
Una hora se reunieron en consulta
Y al final el intendente rompió el silencio:
"Por una moneda he de vender mi traje;
¡Cómo desearía estar lejos de aquí!
Es fácil ordenarle a uno que se sacuda el cerebro—
Estoy seguro que mi pobre cabeza volverá a dolerme,
Ya la he estrujado, y todo en vano.
¡Ah, que daría por una trampa, trampa, trampa!"
Justo cuando decía esto, ¿qué pudo pasar?
Un suave golpe en la puerta de la cámara.
"¡Por Dios!", gritó el intendente, "¿qué sucede?"
(Sentado entre los miembros del consejo,
Se lo veía pequeño, aunque terriblemente gordo;
Sin brillo en sus ojos, no más húmedos
Que una ostra demasiado larga y abierta,
Salvo cuando su panza sufría turbulencias
Frente a un plato de tortuga verde y gelatinosa)
"¿Son solo unos pies que se arrastran en la alfombra?
¡Cualquier cosa que suene como una rata
Hace que mi corazón lata violentamente!"

V
"¡Entre!"— Gritó el intendente, incorporándose:
¡Y así entró la figura más extraña!
Su saco largo, tan raro, que iba de los pies a la cabeza
Era mitad amarillo y mitad rojo,
Y él mismo era alto y flaco,
Con ojos azules, penetrantes, cada uno como un botón,
Su pelo claro y suelto, su piel oscura,
sin patilla en las mejillas, y sin barba en el mentón,
Y labios donde las sonrisas iban y venían;
Sobre sus amigos y parientes, nadie pudo conjeturar:
Ni nadie pudo tampoco admirar lo suficiente
Al hombre alto y su antigua vestimenta.
Uno dijo: "¡Es como si mi tatarabuelo,
Marchando al compás de las trompetas del Día del Juicio Final,
Hubiera hecho este camino desde su colorida tumba!"

VI
Él se aproximó a la mesa del Consejo:
Y, "Con permiso Su Señoría", dijo, " yo estoy capacitado,
A través de un hechizo secreto, para atraer
A todas las criaturas que viven bajo el sol,
Que se arrastran, o nadan, o vuelan, o corren,
Atraerlas detrás mío, en una forma que nunca se ha visto.
Y yo principalmente uso mi hechizo
En criaturas que dañan a la gente,
En el topo, el sapo, el tritón y en la víbora;
Y todo el mundo me conoce por el flautista."
(Y en este punto ellos notaron alrededor de su cuello
Una bufanda a rayas rojas y amarillas,
Que armonizaba con su saco hecho del mismo paño,
Y en una punta de la bufanda colgaba una flauta;
Y notaron también, sus dedos, que se movían sin pausa
Como impacientes por tocar
En la flauta, que colgaba a baja altura
Sobre su vestidura anticuada)
"Y aunque," dijo, " parezco un pobre flautista,
El pasado junio, liberé al Reino de Tartaria,
De un enorme enjambre de jejenes;
Alivié en Asia al Nizam
De una monstruosa camada de murciélagos:
Y en cuanto a lo que atormenta sus mentes,
¿Si logro eliminar las ratas de la ciudad,
Me darán ustedes mil monedas?"
"¿Mil? ¡Cincuenta mil!"--fue la exclamación
Que dieron asombrados, el Intendente y su Consejo.

VII
El flautista se paró en la calle,
Sonriendo primero con una pequeña sonrisa,
Como sabiendo la magia que duerme
en su modesta flauta;
Y entonces como un músico experto,
Frunció sus labios para soplar la flauta,
Y sus agudos ojos verdeazules parpadearon,
Como una llama de vela rociada con sal;
Y antes de que la flauta diera tres notas,
Se escuchó como si un ejército murmurase;
Y el murmullo se fue haciendo un estruendo;
Y el estruendo se convirtió en un fuerte retumbo;
Y hacia afuera de las casas las ratas se revolcaban.
Ratas grandes, ratas pequeñas, ratas flacas, ratas fornidas,
Ratas marrones, ratas negras, ratas grises, ratas tostadas,
Serias viejas aplicadas, alegres jóvenes juguetonas,
Padres, madres, tíos, primos,
Con sus colas paradas y sus bigotes erizados.
Familias por decenas y docenas,
Hermanos, hermanas, maridos, esposas
Siguieron al flautista con gran entusiasmo.
Calle tras calle él sopló avanzando,
Y paso a paso ellas lo siguieron bailando.
Hasta que llegaron al río Weser,
¡Donde todas se zambulleron y murieron!
—Salvo una quién, valiente como Julio Cesar,
Cruzó a nado y sobrevivió para llevar
(Como el conquistador romano con su manuscrito)
A 'Ratalandia', su hogar, el siguiente comentario:
Que decía así, "A la primera nota de la flauta
Escuché un sonido como de tripas que se agitan,
Como de manzanas, maravillosamente maduras
Cayendo dentro de un lagar de sidra,
Y de un abrir de frascos de pickles,
Y de entornar de tapas de conservas,
Y de un descorchar de frascos de aceite,
Y de un romper las cubiertas de los barriles de manteca,
Y de parecer, en fin, como si una voz
(Más dulce que la voz del arpa)
Dijera, ¡Oh ratas, disfruten!
¡El mundo se ha convertido en una gran cocina!
¡Entonces coman, masquen, tomen sus viandas,
Desayuno, almuerzo, cena, refrigerio!
Formando todo un compacto jugo azucarado,
Y justo cuando estaba por alcanzar
Ese compacto barril de delicias,
Que brillando como el sol
Parecía decirme: '¡Vení, perforame!'
—Me vi arrastrada por el río Weser."

VIII 
Deberías haber escuchado a la gente de Hamelin
Tocar la campana hasta magullar el campanario.
"Vayan", gritó el intendente, "¡Y tomen palos largos,
Remuevan los nidos y tapen los agujeros!
Consulten carpinteros y albañiles,
Que no quede ni rastro en nuestro pueblo
de las ratas!"— Cuando, de repente, el flautista
Apareciendo en el mercado con su carita pícara
Dijo: "¡Primero, si no se ofenden, las mil monedas!"

IX 
¡Mil monedas! El intendente se puso verde;
Y lo mismo hicieron los del Consejo.
Las cenas administrativas hacían estragos
Con los vinos Claret, Mosella, Borgoña y del Rhin,
Y con solo la mitad de ese dinero
Repondrían los barriles de su bodega.
¡Pensar en pagarle esa suma a un vago
Que viste un saco de gitano rojo y amarillo!
"Además," dijo el intendente, con un guiño cómplice,
"Nuestro negocio terminó en el borde del río;
Hemos visto el hundimiento de los bichos,
Y lo que está muerto, creo, no puede volver a la vida.
De todas formas nosotros no somos gente de retroceder,
Ante la obligación de darte algo de beber,
Y un poco de dinero para que pongas en tu bolsillo;
Pero de las monedas que hablamos,
De ellas, como bien sabés, fue un chiste.
Además, las pérdidas que sufrimos nos han vuelto ahorrativos.
¡Mil monedas!, por favor, Vení, ¡llevate cincuenta!"


El flautista ofendido gritó
"¡Esto es una estafa! ¡y no tengo tiempo para esperar!
He prometido visitar a la hora de la cena
Bagdad, y he aceptado la invitación
Del cocinero principal, hombre rico, que me agradece
El haber exterminado unos escorpiones,
Que invadieron la cocina del Califa.
Con él, no necesité regatear,
Y en cuanto a ustedes, ¡no crean que me daré por vencido!
La gente que hace que me enoje
Puede lograr que sople en otra dirección."

XI 
"¿Cómo?" gritó el intendente, "¿Pensás que voy a aguantar
Que me traten peor que a un cocinero?
¿Insultado por un vago irrespetuoso
Que lleva una flauta inútil y un vestido colorinche?
¿Nos estás amenazando, muchacho? ¡Adelante,
Soplá tu flauta hasta que revientes!" 

XII 
Una vez más el flautista se paró en la calle
Y nuevamente sobre sus labios
Puso su flauta larga, su caño suave y recto;
Y antes de soplar tres notas (tan dulces y
Suaves notas; nunca el genio de un músico
Dio melodía tan embelesada)
Hubo un susurro que se pareció a un bullicio
De alegre muchedumbre empujando, saltando, cantando,
Pequeños pies golpeando, zapatos de madera martillando,
Pequeñas manos aplaudiendo y pequeñas lenguas parloteando,
Y como gallinas en el campo cuando se desparrama la cebada,
Salieron los niños corriendo,
Todos los chicos y las chicas,
Con sus mejillas rosadas y sus rulos rubios,
Sus ojos brillantes y sus dientes como perlas,
Saltando ligero, con gritos y risas,
Corrieron alegres detrás de la maravillosa música. 

XIII 
El Intendente estaba duro, y el Consejo mudo
Como si se hubieran convertido en bloques de madera,
Incapaces de moverse o de gritarles
A los chicos que alegremente saltaban,
—Solo podían seguir con los ojos
Esa feliz muchedumbre que seguía al flautista.
El Intendente estaba sorprendido
Y los miembros del Consejo solo atinaban a golpearse el pecho,
Mientras el flautista se desviaba de la calle principal,
Hacia donde el río Weser agita sus aguas
¡Justo frente al camino que seguían sus hijos!
Sin embargo, el flautista cambiando de rumbo,
Dirigió sus pasos hacia el monte Koppelberg,
Y detrás de él los pequeños saltando;
Al ver esto los padres se sintieron aliviados.
"¡El nunca podrá cruzar la gran montaña!
¡Se verá forzado a apagar su música,
Y podremos ver a nuestros niños detenerse!"
Pero cuando ellos alcanzaron la ladera,
Un maravilloso y extenso portal se abrió,
Como si una caverna repentinamente se hubiera cavado,
Y el flautista avanzó, seguido por los pequeños,
Y cuando ya todos estuvieron adentro,
La puerta de la montaña se cerró de golpe.
¿Dije todos? ¡No! Uno que era rengo, quedó atrás,
Al no poder bailar como los otros todo el largo del camino;
Y después de unos años, si alguien le reprochaba
Por su tristeza, él solía decir:
"¡Desde que mis compañeros se fueron, es el pueblo el que está                                                                                [triste!
Y además no puedo olvidar que quedé privado
De las placenteras vistas que ellos ven,
Esas que el flautista me prometió a mi también,
Porque yo los guío, dijo el flautista, a una alegre tierra,
Muy cerca, aquí nomás,
Donde el agua fluye y crecen frutales,
Las flores alegran con sus colores
Y todo es extraño y nuevo:
Aquí los gorriones son más brillantes que los pavos reales
Y los perros más veloces que los venados,
Las abejas han perdido sus aguijones,
Y los caballos nacen con alas de águilas:
Y justo cuando me aseguraba
Que mi renguera se curaría pronto
La música se detuvo, y yo también,
Y entonces quedé solo, contra mi voluntad,
Para seguir ahora rengueando como antes,
¡Sin escuchar nada mas de aquel hermoso país!"

XIV 
¡Pobre, pobre Hamelin!
¡Les vino a la cabeza a muchos vecinos
Aquel texto que dice que es más fácil,
Que un camello pase por el ojo de una cerradura
A que un rico pase por la entrada del cielo!
El Intendente mandó, Este, Oeste, Norte y Sur,
Bajo palabra, una oferta al flautista,
En todas partes grupos de hombres lo buscaron,
Para ofrecerle oro y plata,
Si solamente regresaba por donde se fue,
Trayendo a todos los chicos detrás de él.
Pero cuando se dieron cuenta que era en vano,
Que el flautista y los niños se habían ido para siempre,
Lanzaron un decreto por el cual,
Todos los abogados debían fechar los documentos
Con la siguiente fórmula:
"A tantos meses y días de lo que sucedió aquí
Desde el veintidós de julio,
De mil trescientos setenta y seis".
Y también, para recordar la ruta donde
los niños fueron vistos por última vez,
la llamaron "La Calle del Flautista".
Nadie podrá en este lugar tocar flauta o tambor,
Bajo pena de perder su trabajo.
No sufrirían tampoco que tabernas o posadas
Sobresalten con algarabía una calle tan solemne,
Y frente al lugar de la caverna,
Escribieron la historia en una columna,
Y en la gran ventana de la iglesia pintaron
Lo mismo, para dar a conocer al mundo,
Cómo sus hijos fueron robados.
Y todo sigue allí, hasta hoy día.
Y tampoco debo omitir
Que en Transilvania hay una tribu,
De gente muy especial, que tanto asombra a sus vecinos,
Y asegura que sus extravagantes maneras y vestidos,
Son herencia de sus padres y madres que se han elevado,
Desde una prisión subterránea
En la cual fueron encerrados,
Por una potente música, hace muchos años.
Venían de Hamelin de la tierra de Brunswick,
Sin saber el cómo ni el porqué del traslado.

XV 
Entonces, Carlitos, tengamos, vos y yo,
Cuentas claras con todos los hombres— ¡especialmente flautistas!
Y, cuando un flautista nos libere de ratas y ratones
Si nosotros le prometimos algo, ¡cumplamos nuestra promesa!
Traducción de Claudio Frydman
El Flautista y las Ratas (Orratorio) - Les Luthiers