Cuando la niebla azul de Ítaca aparezca
me daré a tocar mi saxo.
Cuidaré colocar la boquilla de aquel
con el que dije a mis sentidos
los acordes que me dejaban en suspenso
y que les haría oír mientras los otros
naufragaban en sexo y engañosas
substancias de elevación.
No volveré a mirarme en un espejo.
No tiene más sentido un espejo
que el que el ciego de Buenos Aires
le dio. Ah! Saxo en la vieja historia eres
el arco; nadie podrá tocarte como yo.
En la estación del metro, vueltos boñiga
mis amigos por maldición de Calipso,
me di a tocar Summertime;
la detención de algunos entre la multitud
y las monedas que arrojaron nos sirvió
para ir al mercado por nutrientes
antes de volver a embarcarnos.
Dados a la mala unos y otros esperando
encontrar el Espíritu; si era que éste
no los había abandonado ya o ninguna
esperanza podía servirles de ambición.
La música del mar, intimidante y lenta
nos fue cubriendo de olvido
como a un boxeador su muñeca y antebrazo
en palanca le sirven para botar el uppercaut
del contendor que lo aventaja.
La gracia era eso que de entre todos podía
librarme. Era de ella y sólo de ella
lo que me valía para creer que Ítaca estaba
ante mis ojos aunque estos no la vieran.
De qué morir, cómo quejarnos,
todavía nos queda la memoria,
memoria sin recuerdos, sin promesas,
memoria sin adiós, sin ti, sin esperanza.
Los versos de Allen Ginsberg, Thomas Merton,
las risas apagadas de las brujas,
el lomo subrepticio del gato en el café
donde escuchas el jazz de bajo tierra,
todavía te pueden devolver a otro espacio,
la voz de Nick, sarcástica,
los ojos desterrados de McRae,
el llanto pecador de Turrentine,
el saludo de Jesse a cinco dedos
con la pregunta equívoca, terrible:
hombre, ¿qué sube desde ti?,
¿qué sube desde el hombre al hombre?
Mil tapias te rodean todavía
pero ya no maduras
en las pequeñas cosas ni en las grandes,
ya no hay distancia, cuelgas de ti mismo
como la mano inútil que no quieres cortar.
Nací cuando el mundo era otra maleza,
después de la muerte de John Coltrane.
Entonces, con fulgurante anhelo miraban
como brasas los que hoy son olvidados
protagonistas: melancólicos o muertos.
Leo qué escribieron algunos cuando nací,
antes, un poco más tarde: que todo está
aún en las manos salvo el despojo rasgo
o el claro delirio. Qué puedo hacer
sino creerles, e intentar nacer de nuevo.
Enheduanna es el primer escritor y poeta (escritora y poeta) de la Humanidad del que se tiene noticia cierta, ya que fue el primero (la primera) que firmó sus escritos. Nació hacia 2354 a. C. en la ciudad sumeria de Ur. Era hija de Sargón I, rey que unificó las ciudades-estado de la Alta y la Baja Mesopotamia en un único imperio. Según la investigadora Ale Mendé, cada sílaba del nombre de Enheduanna tiene un sentido: en quiere decir "alta sacerdotisa", hedu "ornamento" y anna significa "cielo". Fue nombrada por su padre Gran Sacerdotisa del dios de la Luna Nanna. El puesto era sumamente poderoso, ya que era la única que podía nombrar a cualquiera de los mandatarios de la ciudad, de modo que sus funciones no eran únicamente religiosas, sino, además, políticas. Vivió en un templo cercano a lo que hoy es el Golfo Pérsico y mantuvo el puesto de Gran Sacerdotisa hasta su muerte, de la que se desconoce su fecha exacta. El reverso de una de tablillas aparecidas con su nombre en el templo de Nanna en Ur contiene un texto que podría hacer referencia a su nacimiento. Dicho texto, según la traducción de Robert Rivas, reza así: Mi madre sacerdotal me concibió; secretamente Me trajo al nacimiento Me colocó en un Arca, hizo trabar mi puerta. Me confió al río, que no me hundió. El río me trajo hasta aquí, el labrador, Quien me condujo a ser su hijo… Durante mi jardinería, La Diosa Ishtar, me amó, y durante Cincuenta y cuatro años Mío fue el reinado. A lo largo de su vida y sobre todo durante su cargo como sacerdotisa, escribió una gran variedad de poemas e himnos religiosos, en su mayoría escritos para el dios de la Luna Nanna y para la diosa sumeria del Amor. En la actualidad se conservan 42 himnos que enaltecen diferentes ciudades de Sumeria y Acadia como Eridu, Sipar y Esnunna.
Lo que van a leer a continuación es un extracto del poema La exaltación de Enheduanna a Inanna , compuesto por 18 estrofas en las que se habla sobre la felicidad y desastres de la Diosa Innana según la traducción de Robert Rivas. Pero Enheduanna también es considerada como la primera música, ya que escribió diferentes himnos, la mayoría de temática religiosa, como no podía ser otra forma en aquellos tiempos. El más conocido es el Himno a Inanna (diosa sumeria del Amor), que se utilizaba durante el ritual en honor a la diosa. Enheduanna podría también ser considerada como la primera cronista de la historia, ya que fue ella quien escribió la crónica del derrocamiento de su padre y el destierro de su familia. Unos 4300 años después, los eruditos la llaman la Shakespeare de Sumeria.
INNANA1 Y LAS ESENCIAS DIVINAS
Señora de todas las esencias, luz plena, buena mujer
vestida de esplendor
a quien el cielo y la Tierra te aman,
amiga del templo de An
tú llevas grandes ornamentos,
tú deseas la tiara de la grande sacerdotisa
cuyas manos sostienen las siete esencias,
las has escogido y colgado de tu mano.
Has reunido las esencias sagradas y las has puesto
apretadas sobre tus pechos
INNANA Y AN2
Como un dragón has cubierto el suelo de veneno
como el trueno cuando ruges sobre la Tierra
árboles y plantas caen a tu paso.
Eres una inundación descendiendo desde
una montaña,
¡Oh primaria,
Diosa Lunar del cielo y de la Tierra!
tu fuego sopla alrededor y cae sobre
nuestra nación.
Señora montada sobre una bestia,
An te da cualidades, ordenes sagradas
y tú decides
tú estás en todos nuestros grandes ritos
¿Quién puede entenderte?
INNANA Y ENLIL3
Las tormentas te prestan alas,
destructora de nuestras tierras.
Amada por Enlil, tú vuelas sobre nuestra nación
tú sirves a los decretos de An.
Oh mi señora, al oír tu sonido
colinas y llanuras reverencian.
Cuando nos presentamos ante ti,
aterrados, temblando en tu clara luz
tormentosa,
recibimos justicia
nosotros cantamos, nos lamentamos y
lloramos ante ti
y caminamos hacia ti a través de un sendero
desde la casa de los enormes suspiros
INNANA E ISHKUR4
Tú lo derribas todo en la batalla.
Oh, mi señora sobre tus alas
llevas la segada tierra y embistes
enmascarada
en una atacante tormenta,
ruges como una rugiente tormenta,
truenas y sigues tronando y resoplas
con vientos malignos.
Tus pies están llenos de inquietud.
En tu arpa de suspiros
yo escucho tu canto fúnebre
INNANA Y LA ANUNNA5
Oh, mi señora, la Anunna, los grandes
Dioses,
Aleteando como murciélagos delante de ti,
se vuelan hacia los farallones.
No tienen el valor de caminar
delante de tu terrible mirada.
¿Quién puede domar tu furibundo corazón?
Ningún Dios menor.
Tu malevolente corazón está más allá de la
templanza.
Señora, tú sedas los reinos de la bestia,
tú nos haces felices.
Tu furia está más allá de la templanza,
¡Oh hija mayor de Suen!
¿Quién te ha negado alguna vez
reverencia,
Señora, suprema sobre la tierra?
INANNA Y EBIH6
En las montañas en donde no eres
venerada
la vegetación está maldita.
Tú has convertido en cenizas sus
grandes entradas.
Por ti los ríos se inflan de sangre
y la gente no tiene nada que beber.
El ejército de la montaña va hacia ti
cautivo
espontáneamente.
Saludables hombres jóvenes desfilan
ante ti
espontáneamente.
La ciudad danzante está colmada de
tormenta,
conduciendo a los hombres jóvenes
hacia ti, cautivos.
1 En la mitología sumeria Inanna era la diosa del amor, de la guerra y protectora de la ciudad de Uruk. Con la llegada de los acadios Inanna se sincretiza con la diosa Ishtar. Su representación era un haz de juncos verticales con la parte superior curvada.
Asociada con el planeta Venus, se la identifica con la diosa griega Afrodita y con la Astarté fenicia. Entre los acadios fue conocida como Ishtar. Según la mitología sumeria era hija de Nannar (Sin en acadio, dios de la Luna) y Ningal (la Gran Dama, la luna) y hermana gemela de Utu, conocido en acadio como Shamash. Su consorte fue Dumuzi (semidiós y héroe de Uruk). Ishtar o Inanna representa el arquetipo de la Diosa madre.
2 En la mitología sumeria, An (en sumerio An = "cielo") o Anu (en acadio) era el dios del cielo, señor de las constelaciones, rey de los dioses, que vivía con su esposa, la diosa Ki (en sumerio, "tierra" o Antu en acadio), en las regiones más altas del cielo.
Se creía que tenía el poder de juzgar a los que habían cometido delitos, y que había creado las estrellas como soldados para destruir a los malvados. Su atributo era la tiara real. Su sirviente y ministro era el dios Ilabrat.
Fue uno de los más antiguos dioses del panteón sumerio, y formaba parte de una tríada de grandes dioses, junto a Enlil, dios del aire y la atmósfera y a Enki (también conocido, en acadio, como Ea), dios de la tierra o de los "cimientos". Era considerado como el padre y primer rey de los dioses. Anu es asociado con el templo E-anna de la ciudad de Ur (la Erech bíblica), en el sur de Babilonia y hay buenas razones para creer que este lugar sería la sede original del culto a Anu. Si esto fuese correcto, entonces la diosa Inanna (o, en acadio, Ishtar) de Ur puede, en algún momento, haber sido su consorte.
Fue posteriormente asimilado por el dios Assur (asirio-babilónico), y el dios Marduk.
3 En la mitología sumeria, Enlil (también, a veces, Ellil en textos posteriores acadios, hititas o caananitas), era el señor de los cielos y de la tierra, adorado por otros pueblos mesopotámicos, como los acadios, babilonios, cananeos y asirios. Aparece citado en el Código de Hammurabi.
Se han propuesto dos orígenes para el nombre Enlil. Según el primero vendría del sumerio. En es "señor" y líl es "tormenta" o "viento", por lo que su nombre significaría literalmente, "Señor de la tormenta" o "Señor del viento" o "Dios del viento". La otra opción, más reciente, indicaría una sumerización de la raíz semita il (Dios), la misma que da origen a los términos El y Alá, significando así dios señor. Su nombre se encuentra asociado frecuentemente al término kur, que hacía referencia a montaña y a extranjero. Así, su hogar era el é.kur (casa-montaña) y los adjetivos asociados al dios eran kur.gal (gran montaña) y lugal.a.ma.ru (rey de las tormentas). Todos estos términos parecen indicar que Enlil era un dios del clima. En Mesopotamia, el clima no marcaba la bonanza de las cosechas, ya que éstas dependían del curso de los ríos, sino sólo su desgracia y malogro. Esto explica el carácter irascible y temible de Enlil que sólo se manifiesta en hechos negativos como las grandes tormentas, las inundaciones y los cambios de curso de los ríos. Así, en el mito del Diluvio mesopotámico es Enlil quien abre las compuertas del cielo para acabar con los molestos humanos.
4 Isku o Iskur en sumerio, y Adad en acadio, es el dios de las tormentas y las lluvias de los pastores, adorado aproximadamente del 3500 a. C. al 1750 a. C. en la antigua Mesopotamia. Su centro de culto estaba en Karkara, y E.nam.khe era el templo al que recibía culto. Es descrito como hermano del dios sol Utu. En la mitología de la creación Enki puso a su cargo los vientos y "el dique de plata en el corazón del cielo". Otros autores lo describen como un toro o un león, y sus rugidos eran como truenos. En un texto figura como hijo de An y hermano gemelo de Enki.
En 1772 a. C. Hammurabi construyó un trono para rendir culto a Adad.
5 Los Anunnaki (antigua transcripción acadia por el sumerio Anunna) son un grupo de deidades sumerias y acadias identificados en los textos con los Anunna y los Igigi, dioses menores.
Originalmente pertenecían al panteón de la ciudad de Nippur. Se mencionan también en Lagash y en Eridú. En esta última ciudad los Anunna eran cincuenta.
Según la mitología mesopotámica, los Anunna eran, inicialmente, los dioses más poderosos y vivían con Anu en el cielo. Posteriormente, sin que se haya establecido un motivo claro de este cambio, fueron los Igigi los considerados como dioses celestes mientras el término Anunna se empleaba para designar a los dioses del Inframundo, especialmente a siete dioses que hacían la función de jueces en el Inframundo.
6 Gobernante de la antigua ciudad de Mari.
Se conserva una extraordinaria y muy conocida estatua del superintendente Ebih, que representa una ofrenda votiva realizada hacia Ishtar, diosa babilónica del amor y la guerra, de la vida, del sexo, de la fertilidad, y patrona de otros temas menores, conocida también con el nombre de Inanna en Sumeria, Anahit en la antigua Armenia (Urartu), Astarté en Fenicia y en las religiones abrahámicas.
(Datos recogidos de la Wikipedia).
Versos 1-33 del Himno a la diosa Inanna, cantados en sumerio
1
He dado el salto de mí al alba.
He dejado mi cuerpo junto a la luz
y he cantado la tristeza de lo que nace.
2
Estas son las versiones que nos propone:
un agujero, una pared que tiembla...
3
sólo la sed
el silencio
ningún encuentro
cuídate de mí amor mío
cuídate de la silenciosa en el desierto
de la viajera con el vaso vacío
y de la sombra de su sombra
4
Ahora bien:
Quién dejará de hundir su mano en busca
del tributo para la pequeña olvidada. El frío
pagará. Pagará el viento. La lluvia pagará.
Pagará el trueno.
5
por un minuto de vida breve
única de ojos abiertos
por un minuto de ver
en el cerebro flores pequeñas
danzando como palabras en la boca de un mudo
6
ella se desnuda en el paraíso
de su memoria
ella desconoce el feroz destino
de sus visiones
ella tiene miedo de no saber nombrar
lo que no existe
7
Salta con la camisa en llamas
de estrella a estrella,
de sombra en sombra.
Muere de muerte lejana
la que ama al viento.
8
Memoria iluminada, galería donde vaga
la sombra de lo que espero. No es verdad
que vendrá. No es verdad que no vendrá.
10
un viento débil
lleno de rostros doblados
que recorto en forma de objetos que amar
11
ahora
en esta hora inocente
yo y la que fui nos sentamos
en el umbral de mi mirada
12
no más las dulces metamorfosis de una niña; de seda
sonámbula ahora en la cornisa de niebla
su despertar de mano respirando
de flor que se abre al viento
13
explicar con palabras de este mundo
que partió de mí un barco llevándome
14
El poema que no digo,
el que no merezco.
Miedo de ser dos
camino del espejo:
alguien en mí dormido
me come y me bebe.
15
Extraño desacostumbrarme
de la hora en que nací.
Extraño no ejercer más
oficio de recién llegada.
16
has construido tu casa
has emplumado tus pájaros
has golpeado al viento
con tus propios huesos
has terminado sola
lo que nadie comenzó
17
Días en que una palabra lejana se apodera de mí. Voy por esos días
sonámbula y transparente. La hermosa autómata se canta, se [encanta,
se cuenta casos y cosas: nido de hilos rígidos donde me danzo y [me
lloro en mis numerosos funerales. (Ella es su espejo incendiado, su
espera en hogueras frías, su elemento místico, su fornicación de [nombres
creciendo solos en la noche pálida.)
20
a Laure Bataillon
dice que no sabe del miedo de la muerte del amor
dice que tiene miedo de la muerte del amor
dice que el amor es muerte es miedo
dice que la muerte es miedo es amor
dice que no sabe
21
he nacido tanto
y doblemente sufrido
en la memoria de aquí y de allá
22
en la noche
un espejo para la pequeña muerta
un espejo de cenizas
23
una mirada desde la alcantarilla
puede ser una visión del mundo
la rebelión consiste en mirar una rosa
hasta pulverizarse los ojos
32
Zona de plagas donde la dormida come lentamente
su corazón de medianoche.
33
alguna vez
alguna vez tal vez
me iré sin quedarme
me iré como quien se va
34
la pequeña viajera
moría explicando su muerte
sabios animales nostálgicos
visitaban su cuerpo caliente
35
a Ester Singer
Vida, mi vida, déjate caer, déjate doler, mi vida, déjate enlazar de [fuego,
de silencio ingenuo, de piedras verdes en la casa de la noche,
déjate caer y doler, mi vida.
37
más allá de cualquier zona prohibida
hay un espejo para nuestra triste transparencia
38
Este canto arrepentido, vigía detrás de mis poemas'
este canto me desmiente, me amordaza.
Ssst… yo conozco a esa mujer. Vivía rodeada de pájaros en la avenida Lenox. También conozco a su marido. Se encaprichó de una chiquilla de dieciocho años y le dio uno de esos arrebatos que te calan hasta lo más hondo y que a él le metió dentro tanta pena y tanta felicidad que mató a la muchacha de un tiro sólo para que aquel sentimiento no acabara nunca. Cuando la mujer, que se llama Violet, fue al entierro para ver a la chica y acuchillarle la cara sin vida, la derribaron al suelo y la expulsaron de la iglesia. Entonces echó a correr, en medio de toda aquella nieve, y en cuanto estuvo de vuelta en su apartamento sacó a los pájaros de las jaulas y les abrió las ventanas para que emprendiesen el vuelo o para que se helaran, incluido el loro, que decía: «Te quiero.»
[...]
Hubo una tarde, allá en 1906, antes de que Joe y Violet emigrasen a la Ciudad, en que Violet soltó el arado y se dirigió a su casita, agobiada aún por el calor del día. Vestía un mono de faena y una descolorida camisa sin mangas, que se quitó despacio junto con el pañuelo que le cubría la cabeza. Sobre una mesa cercana a los fogones de la cocina había una palangana esmaltada, moteada de blanco y azul y con el borde desportillado. Cubierta por una toalla cuadrada para protegerla de los insectos, la palangana estaba llena de agua limpia. Con las palmas hacia arriba, extendidos los dedos, Violet hundió las manos en el agua y se salpicó el rostro. Repitió la operación varias veces hasta que, mezclada el agua con el sudor, se refrescaron su frente y sus mejillas. Luego mojó la toalla y se lavó cuidadosamente todo el cuerpo. Del alféizar de la ventana tomó una enagua blanca, salida de la colada aquella mañana, e introdujo en ella la cabeza y los hombros. Finalmente se sentó en la cama a desenredarse el cabello. La mayoría de los lazos que se había puesto al comenzar el día se habían aflojado debajo del pañuelo y ahora tenía la cabeza cubierta de mechones lanosos, suaves al tacto, que hacían estremecer sus dedos. Sentada allí, con las manos tendidas en el vedado placer de acariciarse el cabello, se dio cuenta de que no se había quitado las recias botas que usaba para trabajar. Empujando con la punta de la bota izquierda el tacón de la derecha, la hizo caer al suelo. El esfuerzo le pareció exagerado, y a la ligera sorpresa de descubrir lo cansada que estaba se añadió la sensación de que una especie de amplio sombrero, grande y blando, tan gastado y deslustrado como la habitación en que se encontraba, descendía sobre ella. Violet ya no se enteró del momento en que su hombro tocaba el colchón. Bastante antes de ello había entrado en un sueño apacible, profundo, seguro, adornado de imágenes coloristas. El calor era implacable, insinuante. Como las voces de las mujeres que en las casas próximas cantaban «Baja, baja, baja hacia las tierras de Egipto…» requebrándose unas a otras de patio a patio con una estrofa o su variante.
[...]
Yo comencé por creer que la vida estaba hecha simplemente para que el mundo dispusiera de alguna pauta para reflexionar sobre si mismo, pero descubrí que había perdido el rumbo con los seres humanos porque la carne, incluso atrapada en el sufrimiento, se aferra a ella, a la vida, con placer. Se aferra a los manantiales y al cabello rubio de un niño; tan pronto inhalaría el dulce fuego provocado por una muchacha ardiente como asiría la mano que, quizá sí quizá no, se le tiende. Yo he dejado ya de creer en aquello. Aquí falta algo. Algo engañoso. Algo más que tienes que imaginar antes de llegar a una conclusión.
[...]
Es bonito que unas personas adultas se hablen en susurros bajo la colcha. Su éxtasis es el suspiro de un pétalo, nunca el rebuzno de un asno, y el cuerpo es el medio, no el fin. Anhelan, los adultos, algo que está más allá, más allá y muy muy hundido por debajo del tejido. Mientras susurran recuerdan las muñecas de feria que ganaron y los barcos de Baltimore en que no navegaron nunca. Las peras que dejaron colgar de la rama porque si las cogían desaparecían de allí, ¿y quién más gozaría de aquellos frutos maduros si ellos se las llevaban para su exclusivo provecho? ¿Cómo podrían, quienes pasaran por el lugar, verlas e imaginar para sus adentros cuál sería su aroma? Respirando y murmurando bajo la colcha que ambos han lavado y colgado a secar, en una cama que eligieron juntos y juntos han conservado sin que importe que una pata se apoye sobre un diccionario de 1916 a manera de cuña, y cuyo colchón, curvado como la palma de la mano de un predicador que pide testimonio en nombre de Dios, los ha acogido cada noche, todas las noches, y ha envuelto su susurrante y antiguo amor.
Están debajo de la colcha porque ya no tienen que mirarse más; no hay ya ojos de semental ni mirada de hembra casquivana que los trastornen. Están cada uno dentro de la mente del otro, unidos y atados por las muñecas de feria y los navíos que zarparon de puertos que ellos no llegaron a ver. Esto es lo que hay debajo de sus murmullos confidenciales.
Pero hay también otra parte no tan secreta. La parte que hace que se rocen los dedos de ambos cuando uno pasa la taza o el platillo al otro. La parte que cierra el broche del escote de ella mientras esperan la llegada del tranvía; y que sacude con la mano alguna mota de su traje de sarga azul cuando salen del cine a la luz del atardecer.
Yo envidio su amor público. Yo misma sólo lo he conocido en secreto y he deseado con ansia, oh, con qué ansia, exhibirlo, poder decir en voz muy alta lo que ellos no necesitan ni decir: Que te he amado únicamente a ti, que he entregado todo mi ser atolondrado a ti y a nadie más. Que quiero que tú también me ames y me lo demuestres. Que amo la forma en que me abrazas, lo cerca de ti que me dejas estar. Me gustan tus dedos que se mueven y vuelven a moverse, levantando, volviendo, revolviendo. He mirado tu cara durante muchísimo tiempo, y echaba de menos tus ojos cuando te alejabas de mí. Hablarte y escuchar tu respuesta: ahí está el cosquilleo del placer.
Pero esto yo no puedo decirlo en voz alta; no puedo contarle a nadie que llevo esperándolo toda mi vida y que haber sido elegida para esperar es precisamente la razón de que me haya sido posible esperar tanto. Si fuera capaz te lo diría. Diría que me creases, que me recreases. Eres libre de hacerlo y yo soy libre de permitírtelo porque mira, mira. Mira donde están tus manos. Ahora.
En la sucia paleta del verano
se desleía el azul raspado de septiembre
y un régimen de lluvias imprevistas
al cabo circundó de sombras a las sombras,
hizo volar flexibles, sorprendió en un recodo
a los arteramente rezagados
con sus conminaciones imperiosas.
Ni una hoja gastada de los parques,
ni un mínimo balance de los años
de delaciones y mercado negro
les fue dado salvar en las guardas de un libro
ya atacado con saña por las aguas fecales.
Alguien tarareó,
arrojando después con rabia la colilla,
tres compases de Django
antes de padecer sevicias resistentes
que adelantaban la depuración.
La lejanía perlada de la avenida Kléber
desembocaba chaquetones caqui.
Inéditos arreglos del be-bop
ascendían como globos de los carros de guerra
y el destino, cual gárgola soldada a los pináculos,
reclutaba testigos, prometía venganzas sumarísimas,
con toda la fanfarria de un final de milenio.
Django Reinhardt - Selección 1944 del programa A la hora del jazz de la radio Usach (Universidad de Santiago de Chile), conducido por el comentarista y crítico de jazz Hamilton Vela
It was many and many a year ago,
In a kingdom by the sea,
That a maiden there lived whom you may know
By the name of Annabel Lee;
And this maiden she lived with no other thought
Than to love and be loved by me.
I was a child and she was a child,
In this kingdom by the sea:
But we loved with a love that was more than love—
I and my Annabel Lee;
With a love that the winged seraphs of heaven
Coveted her and me.
And this was the reason that, long ago,
In this kingdom by the sea,
A wind blew out of a cloud, chilling
My beautiful Annabel Lee;
So that her highborn kinsman came
And bore her away from me,
To shut her up in a sepulchre
In this kingdom by the sea.
The angels, not half so happy in heaven,
Went envying her and me—
Yes!—that was the reason (as all men know,
In this kingdom by the sea)
That the wind came out of the cloud by night,
Chilling and killing my Annabel Lee.
But our love it was stronger by far than the love
Of those who were older than we—
Of many far wiser than we—
And neither the angels in heaven above,
Nor the demons down under the sea,
Can ever dissever my soul from the soul
Of the beautiful Annabel Lee:
For the moon never beams, without bringing me dreams
Of the beautiful Annabel Lee;
And the stars never rise, but I feel the bright eyes
Of the beautiful Annabel Lee;
And so, all the night-tide, I lie down by the side
Of my darling—my darling—my life and my bride,
In the sepulchre there by the sea,
In her tomb by the sounding sea.
Annabel Lee Fue hace ya muchos, muchos años, en un reino junto al mar, habitaba una doncella a quien tal vez conozcan por el nombre de Annabel Lee; y esta dama vivía sin otro deseo que el de amarme, y de ser amada por mí. Yo era un niño, y ella una niña en aquel reino junto al mar; Nos amamos con una pasión más grande que el amor, Yo y mi Annabel Lee; con tal ternura, que los alados serafines lloraban rencor desde las alturas. Y por esta razón, hace mucho, mucho tiempo, en aquel reino junto al mar, un viento sopló de una nube, helando a mi hermosa Annabel Lee; sombríos ancestros llegaron de pronto, y la arrastraron muy lejos de mi, hasta encerrarla en un oscuro sepulcro, en aquel reino junto al mar. Los ángeles, a medias felices en el Cielo, nos envidiaron, a Ella a mí. Sí, esa fue la razón (como los hombres saben, en aquel reino junto al mar), de que el viento soplase desde las nocturnas nubes, helando y matando a mi Annabel Lee. Pero nuestro amor era más fuerte, más intenso que el de todos nuestros ancestros, más grande que el de todos los sabios. Y ningún ángel en su bóveda celeste, ningún demonio debajo del océano, podrá jamás separar mi alma de mi hermosa Annabel Lee. Pues la luna nunca brilla sin traerme el sueño de mi bella compañera. Y las estrellas nunca se elevan sin evocar sus radiantes ojos. Aún hoy, cuando en la noche danza la marea, me acuesto junto a mi querida, a mi amada; a mi vida y mi adorada, en su sepulcro junto a las olas, en su tumba junto al rugiente mar.
Annabel Lee (Santiago Auserón - Luis Auserón) - Radio Futura
Annabel Lee es, seguramente, el último poema de Edgar Allan Poe, compuesto en 1849 y publicado póstumamente en la edición de enero de 1850 del Sartain's Union Magazine, aunque una versión diferente apareció impresa un año antes junto al obituario de Poe en el Daily Tribune de Nueva York.
En el poema, el narrador describe su amor incondicional por Annabel Lee, iniciado muchos años antes en un "reino junto al mar" (kingdom by the sea). El amor entre ambos es tan absoluto, que incluso los ángeles se sienten celosos, y esa es la causa de la muerte de Annabel. Sin embargo, el amor continúa más allá de la muerte, y cada noche, solo y nostálgico, el narrador sueña con la chica, cree ver sus ojos en las estrellas, y se acuesta sobre su tumba junto al mar.
¿Pero, quién fue Annabel Lee?
En principio, una mujer joven, hermosa, enamorada, que falleció prematuramente. Muy probablemente la propia esposa de Poe, Virginia Clemm. Virginia Clemm tenía catorce años cuando contrajo matrimonio con E.A. Poe, que además era su primo. Al igual que Annabel Lee, Virginia Clemm era joven y estaba enamorada. Falleció dos años antes de la composición de Annabel Lee, lo que nos permite enmarcarla dentro del tópico de la muerte prematura de una mujer hermosa. La diferencia de edad, la extrema juventud de Virginia Clemm al contraer matrimonio con E.A. Poe, sumado al hecho de que era su sobrina, puede explicar los celos, o la ira, de los ángeles.
Annabel Lee inspiró claramente a Vladimir Nabokov su novela Lolita, de 1955, cuyo narrador se enamora de la muy joven Annabel Leigh, justamente en un "reino junto al mar". De hecho, el título original pensado por Nabokov para Lolita era El reino junto al mar. Mucho más tarde, inspiraría a los hermanos Auserón (Radio Futura) para componer esa maravillosa canción que pueden ustedes volver a escuchar aquí.
y después me alejé por la misma calle y fui al estanco a
buscar cerillas
14 de diciembre de 1935 (II)
Sobre el revés de la inmensa raja
de melón ardiente
árbol pedazo de río
mesa risible
amenazada por el águila que
garrapiña por el placer de ver
cómo expira entre sus dientes
distraída de sutedio
una brizna de hierba
las dos primeras yemas del ciruelo rojo
venidasa menos
se besan desde hace dos o tres días
inquietas por el llanto
de la niña
30 de diciembre de 1935
la noche
en la fuente
el sueño retuerce el pico
del golpe asestado
en el aire
arrancando
de las tripas
del color
oculta
en la guitarra
su júbilo
embriagado
por el canto
del color
manejando
los hilos
de donde pende
el escenario
del teatro
derrama
el agua
de la lámpara
escalera abajo
que
la mano negra
paraguas
en la oreja azul
resuena
la pompa de jabón
que se desprende
y se lleva presa
la alborada
24 de abril de 1936
patas arriba el arco iris en medio de la noche estrellada escurre su colada cuna de ojos asombrados puro jilguero de la hamaca parpadeando sus juegos hacen ronda los clavos introducidos en el fuego en la garganta del prisma cuerda tendida por sus extremos fijados en las quemaduras de la rueda hundida en la charca mordiendo con rabia el ojo del toro agonizante
3 de mayo de 1936
do 2 re 1 mi 0 fa 2 sol 8 la 3 si 7 do 3
do 22 si 9 la 12 sol 5 fa 30 mi 6 re 11 1/2 do 1
do 333 si 150 la 1/4 sol 17 fa 303 re 1mi 106 si 33.333.333
mi 10 si 44 la 9 sol 22 fa 43 mi 0 - 95
la mano hace el esbatimento que la luz deja y atiborra de
silencio la suma de cifras 3 - 5 -10 - 15 - 21 - 2 - 75y
la bufanda que flota arrancada por las garras del cabello con
las alas desplegadas arremolinadas borrachas de libertad en
el azul de las rayas de la blusa a cielo abierto del infinito
2 de julio de 1938
gota a
gota
vivaz
muere el
azul pálido
entre las
garras del
verde almendra
en la escala
del rosa
5 de enero de 1940
una bonita figura aun si es de la mujer amada no es más que un rompecabezas el síntoma de la prefiguración del amasijo de cables inextricable de un sistema que hay que distribuir cueste lo que cueste en planos perspectivistas traídos por los pelosdel perfume por más delicioso que sea del montón de mierda que los tonos de los proyectores hacen prosperar en sus probetas a la temperatura del rosado queconviene trazar con las cenizas heladasde sus ángulos y curvas ante el azar que no logra marchitar cortados a ras de suelo y madurando en temporada el fruto salvo que en su ventana descargue su golpe mortal en la batalla apenas discernible detrás de la cortina salmón de las patas de las ibis la razón enloquecida y desnuda
París, 25 de febrero de 1940
la noche arrancada tan brutalmente del cielo evaporador
rota de tanto alfiler la palidez de sus prendas
halladas gota a gota exangües hunde su caparazón
en el eco de lapiedra arrojada al pozo
martes 5 de noviembre de 1940
en la hoguera encendida donde
ardía desnuda la bruja
me divertía
sin dar pie ni patada
en esta tarde
arrancando lentamente
con las uñas
la piel de todas
las llamas
a la una y cinco
de la mañana y después
ahora a las tres
menos diez mis dedos olían
aún a pan caliente a miel
a jazmines
París el 31 de marzo de 1952
[Para Beloyannis]
la lumbre del aceite de las farolas que de noche ilumina en el Madrid de la tarde de mayo los nobles rostros del pueblo fusilado por la extraña rapaz en el cuadro de Goya es la misma semilla horrenda plantada a manos llenas de proyectores en el pecho abierto de Grecia por gobiernos que exudan pavor y odio. Una inmensa paloma blanca salpica con la cólera de su duelo la tierra
Taller de Fournas Vallauris el 18 de octubre de 1954
¿Por qué lloran y vuelven a llorar los almendros en flor? son hechos en torno al arco de miel de la ojiva suspendida en los hechos probados irrefutables y sacados a relucir hoy tan galanamente denunciados desde la ventana. Las manos llenas de sal abrazando la curva musical tocando a rebato en las banderas a media asta. La hora tan madrugadora hincándole el diente alpan duro - arrastrando sus tripas debajo del fregadero. La rabia siguiendo el desfile y la fanfarria. Los nichos asados y a punto bañados con un chorro de sus gritos y risas. El previsor consejo escurriendo sus sábanas en la hierba. La cadena limando las asperezas espulgando su ropainterior sobre el tejado cuan ancho es. Y el azúcar petrificado y las miles y cientos de floresdel cielo azul exudando su aliento sobre los pompones de encaje colgados en las ramas. De la necesidad hacer rombos y triángulos desplegandosu amplitud obtenida enlas vigas. El amor diciendo la buenaventuraa los nidos de golondrinas deshechos en las baldosas de la terraza. Una inexpugnable plaza extremadamente difícil de defender tendida de pie en el borde de la barca esmeralda. La necesidad de hacer balance sacar cuentas y la colada antes que llegue la noche. Llenar con las mondas tiradas día tras día los jarrones de mármol que contienen toda la sangre vertida gota a gota y a mares rechazada. La franca decadencia coronada reina y caballos de Frisa de todos los hechos consumados. La aurora boreal cómicamente disfrazada de cigarra prestamista.
He estado hablando mucho de mí mismo
y ni siquiera había mencionado a Sacco.
Sacco también es un trabajador,
un competente trabajador desde su niñez, amante del
trabajo,
con un buen empleo y un sueldo,
una cuenta en el Banco, y una esposa encantadora y
buena,
dos niñitos preciosos y una casita bien arreglada
en el lindero de un bosque, junto a un arroyo.
Sacco es todo corazón, todo fe, todo carácter, todo un
hombre;
un hombre, amante de la naturaleza y de la humanidad
un hombre que lo dio todo, sacrificó todo
por la causa de la libertad y su amor a los hombres:
dinero, tranquilidad, ambición mundana,
su esposa, sus hijos, su persona
y su vida.
Sacco jamás ha pensado en robar, jamás en matar a nadie.
Él y yo jamás nos hemos llevado un bocado
de pan a la boca, desde que somos niños hasta ahora,
que no lo hayamos ganado con el sudor de la frente.
Jamás...
Ah, sí, yo puedo ser más listo, como alguien ha dicho;
yo tengo más labia que él, pero muchas, muchas veces,
oyendo su voz sincera en la que resuena una fe sublime,
considerando su sacrificio supremo, recordando su
heroísmo,
yo me he sentido pequeño en presencia de su grandeza
y me he visto obligado a repeler
las lágrimas de mis ojos,
y apretarme el corazón
que se me atorozonaba, para no llorar delante de él:
este hombre al que han llamado ladrón y asesino y
condenado a muerte.
Pero el nombre de Sacco vivirá en los corazones del
pueblo
y en su gratitud cuando los huesos de Katzmann
y los de todos vosotros hayan sido dispersados por el
tiempo;
cuando vuestro nombre, el suyo, vuestras leyes,
instituciones,
y vuestro falso dios no sean sino un borroso recuerdo
de un pasado maldito en el que el hombre era lobo
para el hombre...
Si no hubiera sido por esto
yo hubiera podido vivir mi vida
charlando en las esquinas y burlándome de la gente.
Hubiera muerto olvidado, desconocido, fracasado.
Esta ha sido nuestra carrera y nuestro triunfo. Jamás
en toda nuestra vida hubiéramos podido hacer tanto
por la tolerancia, por la justicia, porque el hombre entienda
al hombre, como ahora lo estamos haciendo por accidente.
Nuestras palabras, nuestras vidas, nuestros dolores—
¡nada!
La pérdida de nuestras vidas —la vida de un zapatero
y un pobre vendedor de pescado—
¡todo! Ese momento final es de nosotros,
esa agonía es nuestro triunfo.
Traducción de José Coronel Urtecho y Ernesto Cardenal
* Las últimas palabras de Bartolomeo Vanzetti ante la corte que lo condenó a muerte fueron incluidas como un auténtico poema en la antología de Seldem Rodman: A new Anthology of modern Poetry. Ed. by Seldem Rodman. The Modern Library, New York, 1938 y posteriormente en Poetry of freedom, Ed. William Rose Benet and Norman Cousins. The Modern Lybrary, New York, 1945.
Sacco and Vanzetti - Peter Miller, 2006
Sacco y Vanzetti - Giuliano Montaldo, 1971
Here's to You (Ennio Morricone, Joan Baez) - Dirección de Ennio Morricone
No soporto tener este acento. Lo odio cuando la gente me pide que repita cosas y oigo cómo se ríen por dentro porque no soy americana. Ahora, cuando Padre me habla en igbo, respondo en inglés. Lo haría también con Madre, pero no creo que le haga gracia, aún no.
Cuando la gente pregunta de dónde soy, Madre quiere que diga Nigeria. La primera vez que dije Filadelfia, ella me dijo, “di Nigeria”. La segunda vez me dio un tortazo en la nuca y preguntó, en igbo, “¿estás mal de la cabeza?”
Por entonces yo ya iba a la escuela y le dije que las cosas no son así para los americanos. Eres de dónde has nacido, o de dónde vives, o de dónde tienes intención de vivir mucho tiempo. Fíjate en Cathy, por ejemplo. Ella es de Chicago porque nació ahí. Su hermano es de aquí, de Filadelfia, porque nació en el hospital de Jefferson. Pero su padre, que nació en Atlanta, ahora es de Filadelfia porque vive aquí.
A los americanos les da igual esa bobada de que vengas de tu aldea ancestral, donde tus antepasados tenían tierras y donde tu linaje se remonta a cientos de años. Así que conoces tu linaje, ¿y qué?
Yo todavía digo que soy de Filadelfia cuando Madre no está. (Sólo digo Nigeria cuando alguien dice algo sobre mi acento y entonces siempre añado, pero vivo en Filadelfia con mi familia.)
Además, cuando Madre no está, me llamo Lin. A ella le gusta repetir que Ralindu es un hermoso nombre igbo, que significa tanto también para ella, ese nombre, Elige la Vida, por lo mal que lo pasó, por mis hermanos que murieron siendo bebés. Y lo siento, no sé si me entiendes, pero ahora mismo no puedo con un nombre como Ralindu y con mi acento, sobre todo ahora que Matt y yo estamos juntos.
Cuando llaman mis amigas, Madre dice, “¿Lin?”, alargando la pausa un instante, como si no supiera quién es ésa. Cualquiera diría que no lleva aquí tres años (seis años le digo a veces a la gente) por cómo actúa.
Todavía le gusta terminar sus observaciones con la exclamación ¡América! Como en los restaurantes, “mira esta gente, cuánta comida desperdicia, ¡América!” O en la tienda, “mira cómo han bajado los precios desde la semana pasada, ¡América!”
Pero ahora va todo mucho mejor. Ya no se persigna, temblando, cada vez que informan de un asesinato en las noticias. Ya no está pendiente de las indicaciones que le ha escrito Padre cuando coge el coche para ir al supermercado o al centro comercial. Pero igual, todavía lleva las instrucciones en la guantera, escritas por Padre con su letra tan formal. Todavía se aferra con fuerza al volante y mira a menudo por el retrovisor, pendiente de los coches de policía. Y yo suelo decirle, Madre, la policía americana no te detiene porque sí. Sólo si haces algo malo, como correr demasiado.
Lo reconozco, yo también estaba impresionada la primera vez que llegamos. Vi la casa y entendí por qué Padre no había querido traernos al terminar su residencia, por qué decidió trabajar tres años, un trabajo normal además del pluriempleo. Me gustaba salir de la casa y quedarme así mirándola largo rato, la elegancia de la piedra exterior, el césped que la rodeaba entera como un manto teñido del color del mango cuando todavía está verde. Y adentro, me gustaban las escaleras en curva del recibidor, la baranda reluciente, la espléndida chimenea de mármol; me sentía como en el plató de una película extranjera. Incluso me gustaba el clon-clon-clon de los suelos de madera cuando caminaba con zapatos, no como el suelo de cemento que teníamos allá, tan silencioso.
Ahora, si estoy abajo en el sótano, me molesta el ruido de los suelos de madera cuando Padre se trae a sus colegas del hospital. Padre ya no le pide a Madre que prepare algo para sus invitados, encarga que le traigan a casa bandejitas de queso y fruta para llevar. Antes se peleaban por eso, Padre le decía que a los blancos les daba igual el moi-moi y el chin-chin, las cosas que ella quería preparar, y Madre le decía, en igbo, que estuviera orgulloso de ser quién era y que primero lo sirviera, a ver si no les gustaba. Ahora se pelean por cómo se comporta Madre en esos encuentros.
Tienes que hablarles más, dice Padre, que se sientan a gusto, y deja de hablarme en igbo cuando están aquí.
Y Madre grita, ¿Así que ahora no puedo hablar en mi idioma en mi propia casa? Dime, ¿ellos cambian su manera de comportarse cuando vas tú a su casa?
No son auténticas peleas, no como los padres de Cathy, que dejan todo de vidrios rotos y Cathy tiene que recogerlo antes de ir al colegio para que su hermana pequeña no los vea. Madre todavía se levanta temprano para dejarle la camisa a Padre sobre la cama, para hacerle el desayuno y ponerle el almuerzo en la fiambrera. Padre cocinaba cuando estaba solo -vivió solo en América casi siete años- pero ahora, de repente, resulta que no puede cocinar. Ni siquiera puede ponerle la tapa a una olla, no, ni siquiera puede servirse él mismo de una olla. Madre se escandaliza con sólo que se acerque a la cocina.
“Has cocinado bien, Chika,” dice Padre en igbo, después de cada comida. Madre sonríe y sé que ya está maquinando la próxima sopa que va a cocinar, qué nuevas verduras probar.
Todas sus comidas tienen una base nigeriana, pero le gusta experimentar y ha aprendido a improvisar con aquellas cosas que no están en la tienda africana. Patatas al horno en lugar de ede. Espinacas en lugar de ugu. Incluso encontró la manera de preparar el cereal de farina para que tuviera la consistencia del fufu. Eso fue antes de que Padre le enseñara cómo ir a la tienda africana donde tienen harina de casava. Ya no se niega a comprar pizza y patatas fritas congeladas, pero todavía gruñe cada vez que las como, y todavía dice que esa comida tan mala te chupa la sangre. Cuando cocina una sopa nueva, que es casi cada día, me la hace comer. Me observa mientras amaso unas bolas fláccidas con el fufu y las sumerjo en la sopa espesa, incluso se me queda mirando la garganta mientras trago, para ver si bajan las bolas y se quedan abajo.
Creo que le gusta cuando viene gente a la que yo llamo invitados accidentales, porque siempre se muestran tan efusivos con su cocina. Siempre son nigerianos, siempre recién llegados a América. Buscan nombres en el listín telefónico, buscan a nigerianos. Los que son igbo le dicen a Padre que les da ánimos ver un nombre igbo, como Eze, después de las columnas de yorubas, los Adebisis y Ademolas. Pero claro, añaden mientras engullen los plátanos fritos de Madre, en América todos los nigerianos son hermanos.
Cuando Madre me obliga a salir a saludarlos, respondo en inglés cuando ellos hablan en igbo, y pienso que no deberían estar aquí, que están aquí sólo por el accidente de que somos nigerianos. Suelen quedarse sólo unos días hasta que deciden qué hacer, Padre es firme en eso. Y hasta que se marchan, nunca les hablo en igbo.
A Cathy le gusta venir a conocerlos. Le fascinan. Habla con ellos, les pregunta por sus vidas en Nigeria. A esa gente le encanta hablar de lo víctimas que son, de cómo sufrieron a manos de los soldados, jefes, maridos, familia política. En mi opinión, Cathy les tiene demasiada simpatía. Una vez incluso le dio un currículum a su madre que se lo dio a otra persona que contrató al nigeriano. Cathy es guais. Es la única persona con la que puedo hablar de todo, pero a veces pienso que no debería pasar tanto rato con nuestros invitados accidentales porque se pone igual que Madre, sin el tono de regañina, pero me dice cosas como, deberías estar orgullosa de tu acento y de tu país. Yo digo que sí, que estoy orgullosa de América. Soy americana aunque sólo tenga, todavía, la tarjeta verde.
Lo dice de Matt también. Que no debería esforzarme tanto en ser americana por él, porque si fuera auténtico yo le gustaría igual (lo dice porque yo le pedía que me dijera palabras, quería practicar y pillar bien las inflexiones americanas. Ojalá Nigeria no hubiera sido una colonia británica, es tan difícil quitarse esa manera de pronunciar mal las palabras). Por favor. He visto cómo se ríe Matt del chico indio que tiene un nombre que nadie sabe pronunciar. El pobre chaval tiene un acento tan marcado que ni siquiera se le entiende cuando dice su nombre. Al menos en eso soy mejor que él. Matt ni siquiera sabe que me llamo Ralindu. Sabe que mis padres son de África y cree que África es un país, y poca cosa más. Al principio, me gustó el brillante tipo dormilona que lleva en la oreja izquierda. Ahora es todo él, incluso su manera de caminar con las piernas muy por delante del resto del cuerpo.
Tardó un poco en fijarse en mí. Cathy me ayudó, se acercaba a él descaradamente y le pedía que se sentara con nosotras para comer. Un día le preguntó, “Lin está buena, ¿verdad?” Y él dijo que sí. A ella no le gusta Matt. Pero bueno, a Cathy y a mí no nos gustan las mismas cosas, por eso nuestra amistad es tan auténtica.
Madre era muy precavida con Cathy. Decía, “Ngwa, no te quedes tanto rato en su casa. No comas ahí tampoco. Van a pensar que en casa no tenemos comida”. De verdad, creía que los americanos tienen los mismos cuelgues estúpidos que la gente de su país. No se visita tan a menudo a la gente a menos que te devuelvan la visita, no vaya a ser que quedes mal. No se come tan a menudo en casa de la gente si no vienen a comer a la tuya. Venga ya.
Llegó incluso a prohibirme que visitara a Cathy durante casi un mes, hace un par de años. Era nuestro primer verano aquí. En el colegio habían organizado una barbacoa familiar. Padre tenía guardia en el hospital así que fuimos solas Madre y yo. ¿Le servían de algo a Madre los ojos que tiene en la cara? ¿No se daba cuenta de que en verano las americanas vestían pantalón corto y camiseta? Aquel día se puso un vestido tieso, azul, con grandes solapas blancas. Ahí estaba ella con las demás madres, todas chic con sus tops y sus shorts; parecía una mujer extraviada, emperifollada para una barbacoa. La evité casi todo el rato. Había varias madres negras, así que cualquiera de ellas podría haber sido mi madre.
Esa noche en la cena, le dije, “La madre de Cathy me ha pedido que la llame Miriam”. Levantó la vista, con una pregunta en los ojos. “Miriam es su nombre de pila,” dije yo. Entonces me atreví, rápida. “Yo creo que Cathy debería llamarte Chika.” Madre siguió masticando en silencio un trozo de carne del estofado. Levantó de nuevo la vista. Sus ojos oscuros eran puro fuego desde el otro lado de la mesa. Soltó un chorro de palabras en igbo. “¿Quieres que te dé un tortazo que te hará saltar los dientes de la boca? ¿Desde cuándo los niños llaman a sus mayores por su nombre de pila?” Le pedí perdón y bajé la vista, amasando las bolas de fufu con más cuidado que nunca. Mirarla a los ojos la incitaba a cumplir sus amenazas.
Después de eso, no pude ir a casa de Cathy durante un mes, pero Madre dejó que Cathy viniera a la mía. Cathy se reunía con Madre y conmigo en la cocina, y a veces ella y Madre pasaban horas charlando sin mí. Ahora Cathy no le dice Hola a Madre, le dice Buenas Tardes o Buenos Días porque Madre le ha dicho que los niños nigerianos saludan así a los adultos. Además, no la llama Señora Eze, la llama Tía.
Ella cree que Madre es genial por muchas cosas. Por su manera de caminar. Majestuosa. O su manera de hablar. Melodiosa. (Madre ni siquiera se esfuerza en decir las cosas a la manera americana. Todavía dice palabras que sólo usan los ingleses, por el amor de Dios.)
O porque Madre me abrazara cuando me vino la regla. Qué gesto tan cariñoso. La madre de Cathy se limitó a decir oh, y salieron juntas a comprar compresas y bragas. Pero cuando Madre me abrazó, hace dos años, apretándome contra ella como si hubiera ganado una carrera importante, no me pareció para nada un gesto cariñoso. Quería apartarla, su olor era agrio como la sopa de onugbu.
Me dijo que era una gran bendición, que algún día traería niños al mundo, que tenía que cerrar bien las piernas para no avergonzarla. Yo sabía que luego ella llamaría a Nigeria y se lo contaría a mis tías y a Mama Nnukwu y entonces hablarían de los niños fuertes que algún día yo traería al mundo, del buen marido que encontraría.
* * *
Hoy viene Matt a casa, estamos haciendo un trabajo juntos para clase. Madre no ha parado de dar vueltas por la casa. En Nigeria, las niñas se hacen amigas de las niñas y los niños se hacen amigos de los niños. Entre una chica y un chico no puede haber sólo amistad. Hay algo más. Le explico a Madre que en América es diferente y ella dice que lo sabe. Pone un plato de chin-chin recién frito en la mesa del comedor donde trabajaremos Matt y yo. En cuanto sube las escaleras, me llevo el chin-chin a la cocina. Me imagino la cara de Matt cuando diga, ¿qué coño es eso? Madre reaparece y vuelve a poner el chin-chin. “Es para tu invitado,” dice.
Suena el teléfono y rezo para que esté ocupada largo rato. Luego suena el timbre y ahí está Matt, con su tachuela brillante en la oreja y una carpeta en la mano.
Matt y yo estudiamos un rato. Madre entra y cuando él le dice hola, ella se lo queda mirando fijamente, hace una pausa y luego dice “¿Cómo está usted?” Pregunta si ya casi estamos y lo dice en igbo. Antes de contestarle que sí, hago una pausa larga para que Matt no piense que la entiendo bien cuando habla en igbo. Madre sube las escaleras y cierra la puerta de su dormitorio.
“Vamos a tu habitación a escuchar música,” dice Matt, al cabo de un rato. “Tengo el cuarto muy desordenado,” digo yo, en lugar de “Mi madre nunca dejaría que un chico entrara en mi habitación”. “Vamos al sofá entonces. Estoy cansado.” Nos sentamos en el sofá y me mete mano bajo la camiseta. Le sujeto la mano. “Sólo por encima de la camiseta.”
“Venga,” dice él. Su respiración es tan urgente como su voz. Lo suelto y desliza la mano como una serpiente bajo mi camiseta, se cierra sobre un pecho enfundado en el sujetador de nailon. Luego, rápido, se abre camino hasta mi espalda y me desabrocha el sujetador. Matt es un crack, ni siquiera yo puedo desabrocharme el sujetador tan rápido con una sola mano. Su mano vuelve serpenteando hacia delante y se cierra sobre el pecho desnudo. Gimo, porque me gusta la sensación y sé que eso es lo que se espera de mí. En las películas, las mujeres siempre ponen cara de éxtasis más o menos a estas alturas.
Ahora se ha puesto frenético, como si tuviera fiebre, malaria. Me empuja hacia atrás, me levanta la camiseta hasta juntarla toda en torno a mi cuello, me quita el sujetador. Siento un frescor repentino en mi torso expuesto. Una humedad pegajosa y cálida en el pecho. Una vez leí un libro en el que un hombre chupaba tan fuerte el pecho de su mujer que no dejó nada para el bebé. Matt chupa como ese hombre.
Entonces oigo abrirse una puerta. Aparto la cabeza de Matt y me estiro la camiseta, no tardo ni un segundo. Mi sujetador, un blanco de espanto contra el sofá de cuero curtido, brilla ante mis ojos. Lo meto detrás del sofá justo cuando entra Madre.
“¿No es hora de que se vaya tu invitado?” pregunta en igbo.
Tengo miedo de mirar a Matt, tengo miedo de que tenga leche en los labios. “Ya está a punto de marcharse,” digo, en inglés. Madre sigue ahí de pie. Le digo a Matt, “Creo que es mejor que te vayas.” Él se pone de pie, recoge los papeles de la mesa. “Vale. Buenas noches.”
Madre está inmóvil, mirándonos a los dos.
“Te está hablando, Madre. Te ha dicho buenas noches.”
Ella asiente con la cabeza, cruza los brazos, mira fijamente. De pronto, suelta un chorro de palabras en igbo. ¿Estaba loca de dejar que un chico se quedara tanto rato? Y el sentido común, ¿dónde lo tenía? ¿Cuándo nos levantamos de la mesa del comedor para sentarnos en el sofá? ¿Por qué estábamos sentados tan juntos?
Matt se va hasta la puerta arrastrando los pies mientras ella habla. Lleva las bambas descordadas y se oye el batir de los cordones cuando camina. “Hasta luego,” dice desde la puerta.
Madre encuentra el sujetador detrás del sofá casi enseguida. Se queda mirándolo fijamente mucho rato antes de pedirme que me vaya a mi cuarto. Sube al cabo de un momento. Aprieta los labios con firmeza.
“Yipu efe gi,” dice. Quítate la ropa. La miro, sorprendida, pero me desvisto lentamente. “Todo,” dice cuando ve que aún tengo puestas las bragas. “Siéntate en la cama, abre las piernas.”
Siento el corazón en los oídos, latiendo desbocado. Me tiendo en la cama, las piernas abiertas. Se acerca, se arrodilla frente a mí, y veo lo que tiene en la mano. Ose Nsukka, los pimientos picantes secos y arrugados que nos envía Mama Nnukwu de Nigeria en pequeños frascos que eran originalmente de curry o tomillo. “¡Madre! ¡No!”
“¿Ves este pimiento?” pregunta. “¿Lo ves? Esto es lo que le hacen a las chicas promiscuas, esto es lo que le hacen a las chicas que usan el cerebro que tienen entre las piernas en lugar del que tienen en la cabeza.”
Me acerca tanto el pimiento que me hago pis ahí mismo. Siento el colchón mojado, cálido. Pero no me lo mete.
Ahora grita en igbo. La miro, cómo resplandecen sus ojos de carbón con las lágrimas, y yo quiero ser Cathy. La mamá de Cathy se disculpa después de castigarla, le pide que vaya a su cuarto, no la deja salir durante unas horas o, como máximo, un día.
Al día siguiente, Matt dice, riéndose, “Me dio un yuyu tu madre anoche. ¡Qué africana más loca!”
Tengo los labios demasiado tiesos para reír. Mientras hablamos, él está mirando a otra chica.
Cada poema es único. En cada obra late, con mayor o menor grado, toda la poesía. Cada lector busca algo en el poema. Y no es insólito que lo encuentre: ya lo llevaba dentro.