Chet Baker - Like Someone In Love

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miércoles, 6 de marzo de 2013

A la hora del yantar - José Calderón Escalada, "El Duende de Campoo" - España


    Un lunes de mucho mercado en Reinosa y a la hora de comer se juntaron a la puerta de la casa de Quiterio, en las inmediaciones de la Plaza de Abastos, un aldeano que por el habla y atuendo parecía de Bustasur o Malataja, alto y desgarbado, recio de pisada y manchado de barro hasta más arriba de las corvas; la mujer de éste, bajita, repolluda y charlatana, y el chico mayor de ambos, un rapaz encanijado de doce o trece años, de mirada asustadiza, muy enmarañado de pelo, bajuco de color, con los brazos muy largos para las mangas, o las mangas muy cortas para los brazos, de pantalón estrecho y a media pierna, bufanda vieja enroscada al pescuezo y en los pies unas albarcas pesqueranas con los clavos gastados y sonido de rotas, pese a los arcos y hojalatas con que se las había remendado su padre.
    La casa de comidas era un hervidero de gente a tales horas: campurrianos que habían vendido patatas y gorrines, vallucos al ojeo de una pareja de novillos y gentes de Carabeos y Valdeolea que tenían en la plaza un saco de nabos o media carga de yeros, de habucos o de cebada; y que haciendo por la vida, como dicen ellos, se engullían con excelente apetito y las prisas que traen los muchos quehaceres, buenas raciones de cordero asado y platos encogollados de callos picantes y asadura frita, a fuerza de pan blanco y de manchegas de vino.
   Alzábanse de la mesa unos vallucos cuando entraban por la puerta los riconchanos, apresurándose éstos a ocupar el sitio que dejaban los otros, sin esperar a que la fámula, una mozona de Aradillos o Fontecha contratada para los lunes de mercado, pasara un trapo por el sucio tablero de la mesa ¿Para qué?
    El hueco vacío estaba en el centro del largo tablero y, como no era cosa de molestar a los señores de uno y otro extremo de la mesa, pasó nuestro hombre por encima de ella, con aijada y todo, a ocupar el asiento de junto a la pared, posando su zapato embarrado donde momentos después había de poner el pan, rebulléndose un poco para hacer sitio al rapaz, que dobló los riñones y se coló, sin tropezar, por debajo de la mesa; porque el asiento de afuera lo quería él para la su mujer, que lo necesitaba muy ancho si había de alojar en él la cesta grande de las dos tapas, amén de sus orondas posaderas.
    No se habían visto en toda la mañana, y aprovecharon aquel ratuco de la comida para contarse uno al otro los encargos que llevaban hechos y los que les quedaban por hacer. Todo ello, claro es, sin perder bocado y sin que el interés de la conversación alargara un punto el tiempo destinado a satisfacer la prosaica necesidad. Porque aquel pan blanco, mojado en la pringue de los callos o en el vino de la jarra, entraba solo, casi sin tropezar.
    -Te diré, Frasia, que las patatas ya las vendí. Muy rogamente, eso sí; que toa la mañana me he llevau detrás del patateru pa que hiciera con ellas. Y no es eso lo pior, sino que me las ha llevao en media perra menos que el otru lunes.
    -¿A cómo las echastes, a lo último?
    -¿No te digo, mujer, que media perra menos que el otru lunes? A tres riales, menos perra chica.
    -Pos, otra vez será más; y que Dios mos dé salú.
    -A ver tú, Juanucu -dijo el buen hombre volviéndose hacia el rapaz, que no quitaba ojo de las tajadas del plato, pero que no metía baza en él hasta que por riguroso turno le correspondía-, ¿cuántos duros tien que dame el patateru por las patatas vendías?
    -¿Cuántas son ellas? -respondió al punto el rapaz, arrancando un casco de yeso de la pared y barriendo un trozo de mesa con la manga para hacer allí la cuenta.
   -Pos son seis costales, que en junto pesan sesenta y dos arrobas y media.
    -Y, ¿a cómo cada arroba?
    -¿No acabas de oír que a tres riales menos perra chica?
  -¡Releñe! Si fueran arrobas justas y riales justos, en un santiamén se lo sacaba; pero esas medias... ¿que hago yo con ellas?
    -Dejalas a un lau hasta que saques las enteras; ya golverás por ellas después.
    El rapaz llenó el tablero de números, los borró con la manga, los volvió a hacer..., los volvió a borrar..., y no supo desenredarse de aquel lío.
   -El muchachu es listu como el hambre -decía de reojo a su mujer el riconchano-, ya me lo tien dicho el maestro bien de veces; pero, claro, le falta la esperencia de los años. Déjalo, déjalo, no te calientes la cabeza -añadió vuelto hacia el rapaz-, ya sacaremos la cuenta yo y el patateru, aunque sea contando con los deos.
   -Bueno, ¿qué habís hecho vusotros?
  -Juimos, lo primero, en ca del abogauMos dijeron que entavía no se había levantau. ¡Ya ves qué madrugás echa el buen señor! ¡Bien se conoz que no tien gallu que le despierte dos horas antes del amanecer, como a nusotros el nuestru!
   -¡Quitá allá, mujer, eso aquí no se estila!
   -Conque, mientras llegaba la hora de golver a la visita, juime de compras con el muchachu y, con el dinero de los güevos, merqué las tres varas de tela pa la blusa, la pana pa remendar los pantalones tuyos y tos los avíos del matancíu, que aquí traigo en la cesta. Hecho esto, se llegó la hora y vuelta otra vez en ca del abogau.
    -¿Y qué, qué tal se puso la cosa?
   -El hombre tan parcial y tan bien hablau como siempre. ¡Qué explicativa tien el buen señor!
    -Como tol que tiene estudios, mujer. ¿Y qué dijo?
   -Que lo de parale los pies al que se ha empeñau en sacar servidumbre por donde no la tien, es cosa de pensalo muchu porque la cosa a su ver tien sus más y sus menos. Que lo que podíamos hacer era plantale un interdito; pero que tampoco lo ve mu claro el hombre; y que te podías tarazar los deos en la puerta. Yo le dije que me lo pusiera to en un papelucupa que no se me olvidara; y aquí lo traigo. Un duru me sopló por apuntar esos cuatro renglonucos. Ten.
    -El casu es que así, sin los antiojos, no veo una letra. A ver tú, Juanucu, a ver si me sacas de esti apuru.
  -¡Releñe! ¿Cómo quier que lea yo esto, si aquí toas las letras paecen iguales y están estirás y tan seguías que no se sabe aonde empiezan las palabras ni aonde terminan? ¡Esto no hay quien lo entienda!
   -¡Esta sí que es buena! Pos habrá que dirotru abogau pa que mos lea lo que esti escribió.
   -¡Sí, hiju, sí! ¡Pa que me sople otru duru! -protestó la airada consorte- No quiero más cuentos con los abogaos, que mos van chumpando la sangre sin qué ni para qué. Que se quede la servidumbre en tal estau y que mos pise la finca tol que le dé la gana. Mucha parcialidámuchu aquel, mientras te rascan los cuartos, y después...
    -¿Qué te queda que hacer ahora?
    -Mientras entregas las patatas y las cobras, dir en ca la sastra con el muchachu a que le tome medía pa unos pantalones; y a encargarla muchu que se los saque bien cumplíos por si da esti añu el estirón.
   -¿No le ha de dar, mujer? Una cuarta ha de crecer más o menos, como le entren bien las berzas y el tocinu.
    El rapaz, sin levantar los ojos del plato, muy esponjado por el dicho de su padre, se daba prisa a rebañar la pringue de los callos con los restos del último mendrugo, como queriendo que empezara a cumplirse entonces mismo la profecía del estirón.
   Y como al acabarse el tema de la conversación se había acabado también el apetitoso condumio y nada les quedaba que hacer allí, salieron por donde habían entrado, dejando como muestra de su paso un emplasto de barro en el sitio exacto donde habían posado el pan; y donde lo posarían de seguro los que, para sentarse, esperaban rato hacía a que terminaran y se fueran.

José Calderón Escalada, "El Duende de Campoo"

   Dedicado especialmente a los campurrianos, riconchanos, vallucos y demás personajes que pueblan estos andurriales del sur de Cantabria y que siguen viniendo los lunes al mercado de Reinosa y a realizar sus "gestiones".

domingo, 3 de marzo de 2013

El desnieve - José Calderón Escalada, "El Duende de Campoo" - España


    La giraldilla de la torre apunta con su flecha de hierro hacia el Sur. La barrena ingente de elevadísima montaña no logra contener el ímpetu de los pardos nubarrones, que vuelan sobre ellas en alas potentes y ligeras de un viento huracanado. La nieve de los glaciales se deshace rápidamente; es un arroyo cada sendero del monte, y el hilo de agua de los regajales, que se mueren de sed en el estío, se ha convertido en torrente vocinglero y avasallador. Inundáronse los ansares; de los altos taludes de las hoces se desprenden con la nieve grandes masas de tierra y piedra, que los turbiones arrastran hasta lo llano de la vega. Rásganse a intervalos los vellones grises de las nieblas en las asperezas de los picachos, dejando entrever un jirón de cielo de un azul pálido, dando paso a un haz de rayos mortecinos, que hacen brillar por un momento las gotas de las reciente llovizna, como perlas engastadas en las briznas de la pradera.

    Siguen avanzando las nieblas; encapotándose más el cielo; la cerrazón del horizonte se hace más espesa, sopla el ábrego con menos intensidad, y comienza una lluvia mansa, menuda, persistente, que cala hasta los huesos.

    Un viejo experimentado, con fama en la comarca de algunos conocimientos astronómicos, ha salido al hastial, desafiando el aguacero, a observar las per­turbaciones atmosféricas y, de vuelta a la cocina, pro­nuncia ante su mujer, que no aparta la vista de la la­bor que tiene entre manos, este dictamen: “Quedan las témporas de arriba y no habrá que temer más nie­ve este año. Las nieblas de la Colladía se han juntao a las de la Garganta y juntas bajan de vez en cuando a beber en el río grande. En resumías cuentas: Temporal pa largo, primavera húmeda, mucha hierba y güen verano”.

    Es día de mercado en la villa, y las mujerucas de los pueblos, que pasaron la mañana regateando en los puestos de la plaza y en las tiendas de los pasiegos, viéndolo y manoseándolo todo para comprar muy poca cosa, visto el mal cariz del tiempo, la abandonaron pronto, para retomar a sus hogares, capeando el temporal cada quien a su manera y según los medios de que disponía.

    Un grupo de ellas, en larga caravana y a lomos de pacientísimos borricos, con la cesta al brazo, bien repleta de cosas heterogéneas, cubierta la cabeza con la saya tosca salida hace veinte años de los telares de esta tierra, haciendo paso a los jinetes que, envueltos de pies a cabeza en sus largos capuchones, inclinando el busto para defenderse de la lluvia que azota la cara, pasan de largo al trote ligero de sus tordillos y siguiendo de cerca a la enraberá de carros, que pronto dejan atrás, por haberse parado estos a la puerta de la taberna.

    -Mujer, ¿supiste al cabu si bajó la Goyanta con lo poco que quedó de la mercancía?
    -Ayer en cuenta de venir estaba.
   -Conmigo y con Sidora salió esta mañana; pero, como hizo tortilla al salir de casa... ¿no sabes?
    -No sé na.
    -¡Hijuca, lo que te hubías reío, si estás allí!
    -Pos, ¿qué fue ellu?
    -Que con la helá anoche estaban como un cristal las pozas de la corralá. Hacíaseme que tardaba muchu y cuando fui a llamala, díjele, mientras que ella volvía la puerta pa fuera: "mire onde pisa, tía Goya, que está to mu helao". Hijuca, si bien se lo dije, mejor salió ello. No habíamos andao cuatro pasos, cuando ¡rus! la mi Goyanta esternía en el hielu, los güevos saltando del cuévanu por encima de la cabeza, y ella gritando con rabia mientras se levantaba: ¡Ya se fueron a la po­rra los mis güevos!
    -¡Mujer!
    -Hijuca, lo mismo que te lo cuento. Pos mira, después de ha salío ganando, por que se libró de la mojadura que le esperaba hoy.
    -Razón tienes; que ni un hilu secu llevamos ya.

    Y era la pura verdad. El temporal iba arreciando por momentos; el viento soplaba con fuerza cada vez mayor; quedaba poca nieve en las alturas y bajaban los ríos que metía miedo.
1957
José Calderón Escalada, "El Duende de Campoo"

Agradecemos a José L. López el recuerdo al Duende de Campoo en su Página alternativa de Reinosa y Campoo.