Chet Baker - Like Someone In Love

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miércoles, 22 de noviembre de 2017

Novela de aventuras/ 5 - Literatura fantástica/ 7 - Literatura satírica y burlesca/ 48 - Fragmento de Viajes de Gulliver - Jonathan Swift - Irlanda


Primera Parte
Un viaje a Liliput

CAPÍTULO 6

    Aunque es mi intención dedicar todo un tratado a la descripción de este Imperio, quisiera sin embargo, entretanto, brindar al curioso lector algunas ideas generales. La estatura media de sus naturales es algo menos de seis pulgadas1 y el tamaño de los animales, árboles y plantas guarda exacta proporción con ella: por ejemplo, los caballos y bueyes más altos miden entre cuatro y cinco pulgadas de alzada; las ovejas, aproximadamente pulgada y media; los gansos son del tamaño de un gorrión, y así gradualmete hacia abajo hasta llegar a los más diminutos, casi invisibles a mi vista. Pero la naturaleza había adaptado la visión de los liliputienses para alcanzar con los ojos todos los objetos de su alrededor; así pues, son capaces de ver con gran claridad, pero no muy lejos. Y para demostrar la penetración de su vista para los objetos cercanos, debo decir que he tenido ocasión de contemplar cómo un cocinero descuartizaba una alondra más pequeña que la mosca común, y cómo una muchacha enhebraba una aguja invisible con seda invisible. Los árboles más altos tienen unos siete pies2; me refiero con esto a los del gran Parque Real, cuyas copas yo podía alcanzar con el puño. Las demás plantas son por el estilo pero dejo al arbitrio del lector el imaginarlas.

    Por el momento poco he de decir de su civilización, que ha florecido en todas las ramas a lo largo de muchos siglos: la escritura es muy particular; no escriben de izquierda a derecha como los europeos, ni de derecha a izquierda como los árabes, ni de arriba abajo como los chinos, ni de abajo arriba, como los cascagios3, sino oblicuamente, de una esquina de la hoja a la opuesta, como las damas inglesas.

   A los muertos los entierran cabeza abajo, pues tienen la creencia de que pasadas once mil lunas han de resucitar y, para entonces, la Tierra, que ellos tienen por plana, se volverá del revés y así ellos, al resucitar, se encontrarán ya dispuestos y en pie. Los sabios del país reconocen lo absurdo de tal creencia, pero la práctica continúa cumpliendo la voluntad del vulgo.

    Algunas de las leyes y costumbres de este Imperio son muy peregrinas y si no fueran tan patentemente contrarias a las de mi querida patria me sentiría tentado a decir algo en su defensa. Sería sólo de desear que se cumplieran también. La primera que voy a mencionar se refiere a los delatores. Todo delito contra el Estado se castiga aquí con la máxima severidad, pero si la persona acusada puede probar claramente su inocencia en el juicio, el acusador sufre inmediatamente una muerte ignominiosa, y a costa de su fortuna y tierras se compensa al inocente por la pérdida de tiempo, el peligro sufrido, las penalidades de la cárcel y los gastos incurridos en propia defensa. Si dichos bienes no bastaran, la Corona se encarga de suplirlos con largueza. El Emperador, además, le otorga alguna muestra pública de su favor y se proclama la inocencia del reo por toda la ciudad.

    Consideran el fraude como delito más grande que el robo y quien lo comete rara vez se libra de la pena de muerte, pues arguyen que el cuidado y la cuatela, unidos al sentido común, bien pueden librar del ladrón los bienes de una persona, pero que la honradez no tiene defensa contra una astucia superior y, puesto que tiene que existir un movimiento constante de compras y ventas, así como de tratos basados en el crédito, allí donde se permite o se consiente el fraude -o no existe ley para castigarlo- el comerciante honrado lleva siempre las de perder y todas las ventajas son para el bribón. Recuerdo cómo una vez, cuando yo intercedía ante el Rey a favor de un delincuente que había malversado una gran suma confiada a él por su señor, huyendo con ella, le dije a Su Majestad, a manera de disculpa, que sólo se trataba de un mero abuso de confianza; pero al Emperador le pareció monstruoso que yo ofreciera como atenuante lo que era la mayor agravente del delito. Y la verdad es que poco me quedó por replicar aparte de la consabida respuesta de que cada nación tiene sus costumbres, pues, a decir verdad, me sentía profundamente avergonzado. [...]
Traducción de Emilio Lorenzo
1 Una pulgada: aproximadamente dos centímetros y medio. (N. de J. N.) 
2 Un pie: aproximadamente treinta centímetros y medio. (N. de J. N.) 
3 L. A. Landa sospecha que el término es invención de Swift. (N. del T.)

sábado, 21 de octubre de 2017

Literatura fantástica/ 6 - Fragmentos de Historia verdadera (El viaje a la Luna) - Luciano de Samosata - Siria-Antigua Grecia


Al igual que los atletas y quienes tratan de mantenerse en forma no sólo cuidan de su estado físico y entrenamiento, sino también de su oportuna relajación -por entender que es la parte principal de su preparación-, asimismo interesa a los intelectuales, a mi parecer, tras una prolongada lectura de los autores más serios, relajar su mente y hacerla más vigorosa para su esfuerzo futuro.
Resultaría acorde con ellos el descanso si tomaran contacto con aquellas lecturas que no sólo ofrecen pura evasión, fruto del ingenio y humor, sino las que presentan un contenido no ajeno a las Musas, como creo que ellos estimarán en el caso de esta obra; no sólo les atraerá lo novedoso del argumento, ni lo gracioso de su plan, ni el hecho de que contamos mentiras de todos los colores de modo convincente y verosímil, sino además el que cada historia apunta, no exenta de comicidad, a alguno de los antiguos poetas, historiadores y filósofos, que escribieron muchos relatos prodigiosos y legendarios; los habría citado por su nombre, si no se desprendieran, en tu caso, de la lectura. [...]

Hacia el mediodía, cuando ya no se divisaba la isla, sobrevino de repente un tifón que hizo girar la nave y, elevándola por el aire unos trescientos estadios, ya no la dejó descender al mar, sino que, hallándose en las alturas, sopló viento sobre su velamen y la arrastraba a vela hinchada.
Por siete días y otras tantas noches viajamos por el aire, y al octavo divisamos un gran país en el aire, como una isla, luminoso, redondo y resplandeciente de luz en abundancia. Nos dirigimos a él y, tras anclar, desembarcamos, y observando descubrimos que la región se hallaba habitada y cultivada. Durante el día nada divisábamos desde allí, pero al hacerse de noche empezaron a aparecérsenos muchas otras islas próximas -unas mayores, otras más pequeñas- de color semejante al del fuego. Vimos también otro país abajo, con ciudades, ríos, mares, bosques y montañas, y dedujimos que era la Tierra.
Decidimos seguir avanzando, pero fuimos detenidos al encontrar a los que ellos llaman "cabalgabuitres"1. Los cabalgabuitres son hombres que cabalgan sobre buitres enormes, y utilizan dichas aves como caballos. Los buitres son enormes y suelen tener tres cabezas; puede inferirse su tamaño del hecho siguiente: cualquiera de sus plumas es mayor y más robusta que el mástil de un gran navío mercante2. Dichos cabalgabuitres tienen como misión sobrevolar el país y conducir ante el rey a cualquier extranjero que encuentren; por ello, nos detuvieron y condujeron ante él. Éste, después de observarnos y deducirlo de nuestros vestidos, dijo: "Vosotros sois griegos, ¿verdad, extranjeros?" Al confirmárselo nosotros, preguntó: "¿Y cómo habéis llegado hasta aquí, tras atravesar un gran trecho por el aire?" Nosotros le explicamos todo. Entonces comenzó él a contarnos su propia historia: era también un ser humano, llamado Endimión, que había sido raptado de nuestro país mientras dormía y, una vez allí, llegó a ser rey del territorio. Decía que aquel país era la Luna que vemos desde abajo3. Nos exhortó a confiar y no temer peligro alguno, ofreciéndonos cuanto necesitáramos.
"Si triunfo -añadió- en la guerra que ahora mantengo contra los habitantes del Sol, viviréis muy felices a mi lado". Nosotros le preguntamos quiénes eran los enemigos y la causa del conflicto. "Faetonte -contestó--, el rey de los habitantes del Sol (pues aquél también está habitado, como la Luna), desde mucho tiempo atrás nos hace la guerra. Comenzó por el siguiente motivo. En cierta ocasión reuní a los más pobres de mi reino, con el proyecto de establecer una colonia en la Estrella de la Mañana4, que se hallaba desierta e inhabitada. Celoso Faetonte, impidió la colonización, saliendo al paso a medio camino al frente de sus cabalgahormigas5. Entonces fuimos vencidos (pues no estábamos a su altura en preparación) y nos retiramos; pero ahora deseo reanudar la guerra y fundar la colonia. Si lo deseáis, podéis participar conmigo en la expedición, y os proporcionaré a cada uno de vosotros un buitre real y el armamento necesario. Mañana partiremos". "De acuerdo -dije yo-, puesto que es tu designio."
Desde entonces permanecimos con él en calidad de huéspedes, y con la aurora nos levantamos a ocupar nuestros puestos, pues los atalayas señalaban que el enemigo estaba cerca. Integraban nuestro ejército cien mil soldados, sin contar los porteadores, los ingenieros, la infantería y los aliados extranjeros. De ellos, ochenta mil eran cabalgabuitres, y veinte mil, jinetes sobre plumaverdes6 -se trata también de un ave descomunal, que, en vez de plumas, está cubierta enteramente de hortalizas, y sus alas son en extremo semejantes a las hojas de lechuga-. A continuación estaban alineados los lanzamijos7 y los ajoguerreros8. Habían venido también aliados del rey de la Osa Mayor9 treinta mil pulgarqueros10 y cincuenta mil voladores11. De éstos, los pulgarqueros cabalgan sobre pulgas enormes, de las que reciben el nombre; el tamaño de dichas pulgas equivale al de doce elefantes. Los voladores son de infantería, pero se deslizan por el aire sin alas, y su técnica de deslizamiento es la siguiente: remangan sus túnicas talares, inclinándolas al viento como velas, y se deslizan al igual que las embarcaciones. Por lo general, ellos intervienen en las batallas como peltastas. Se decía que iban a llegar también, de las estrellas de sobre Capadocia, setenta mil gorrionbellotas12 y cinco mil cabalgagrullas13. A ésos no los vi, por lo que no me he atrevido a escribir sobre sus características, ya que se contaban de ellos portentos increíbles14. [...]

Entretanto, durante mi estancia en la Luna, observé muchas rarezas y curiosidades, que quiero relatar. En primer lugar, no nacen de mujeres, sino de hombres: se casan con hombres, y ni siquiera conocen la palabra "mujer". Hasta los veinticinco años actúan como esposas y, a partir de esa edad, como maridos. Y no quedan embarazados en el vientre, sino en la pantorrilla. A partir de la concepción, comienza a engordar la pierna; transcurrido el tiempo, dan un corte y extraen el feto muerto, pero lo exponen al viento con la boca abierta y le hacen vivir. A mi parecer, es de aquí de donde llegó hasta los griegos el término "pierna del vientre"15, porque allí se alberga el feto, en vez de en el vientre.
Pero voy a referirme a algo aún más sorprendente. Existe allí un linaje de hombres, los llamados "arbóreos"16, que nacen del modo siguiente. Cortan el testículo derecho de un hombre y lo plantan en la tierra; de él brota un corpulento árbol de carne, semejante a un falo17: tiene ramas y hojas y su fruto son las bellotas, del tamaño de un codo; cuando están ya maduras, las recolectan y extraen de su interior a los hombres.
Además, sus partes pudendas son artificiales. Algunos las tienen de marfil, pero los pobres las usan de madera, y con ellas se unen y fecundan a su pareja.
Tras la vejez, el hombre no muere, sino que, como el humo, se disuelve y convierte en aire. Su alimento es para todos el mismo: encienden fuego y asan ranas sobre el rescoldo -pues las ranas son muy abundantes allí, y vuelan-; una vez asadas, se sientan en círculo, como en torno a una mesa, aspiran el humo que asciende y se dan el festín18. Así es su comida. La bebida consiste para ellos en aire exprimido en copa, destilando un líquido como el rocío. [...]
Se considera hermoso en el lugar al hombre calvo y pelón; los melenudos, en cambio, son despreciados. Mas a los cometas19, por el contrario, los consideran hermosos por su cabellera: había allí algunos forasteros que nos hablaron de ellos. Otro detalle: tienen barbas, que crecen tímidamente sobre sus rodillas, y carecen de uñas en los pies, pues todos son solípedos. Sobre las nalgas de cada uno crece una col de gran tamaño, a guisa de cola, siempre exuberante, sin ajarse cuando caen de espaldas.
De sus narices fluye una miel muy agria y, cuando trabajan o hacen ejercicio, sudan leche por todo su cuerpo, lo que les permite elaborar queso, extendiendo sobre éste una capa de miel. De las cebollas elaboran un aceite muy denso y aromático, como perfume. Tienen muchas vides productoras de agua, pues los granos de los racimos son como el granizo y, a mi parecer, cuando sopla viento y agita dichas vides, es cuando cae sobre nosotros el granizo, al desgranarse los racimos. Usan sus vientres como alforjas, colocando en ellos los objetos de uso corriente, pues pueden abrirlos y cerrarlos. No parecen encerrar intestinos en ellos: tan sólo una espesa cabellera interior, lo que les permite albergar a los recién nacidos cuando hace frío.
El vestido de los ricos es de vidrio maleable20, y el de los pobres de hilado de bronce, pues abunda el bronce en aquellas regiones y lo trabajan reblandeciéndolo en agua, como la lana. En cuanto a las características de sus ojos, dudo en hablar de ello, por temor de que me juzguen mentiroso, dado lo increíble del relato. Ello no obstante, lo expondré. Tienen los ojos desmontables, y quien lo desea puede quitárselos y guardarlos hasta que necesite ver; entonces se los coloca y ve. Muchos, al perder los propios, los piden prestados a otros y ven. Los ricos suelen tener muchos en reserva. Tienen por orejas hojas de plátano, excepto los hombres-bellota; únicamente ellos las tienen de madera21.
Vi también otra maravilla en el palacio real. Un enorme espejo está situado sobre un pozo no muy profundo. Quien desciende al pozo oye todo cuanto se dice entre nosotros, en la Tierra; y si mira al espejo ve todas las ciudades y todos los pueblos, como si se alzara sobre ellos22. Yo vi, a la sazón, a mi familia y a todo mi pueblo, pero no puedo decir con certeza si ellos también me vieron. Quien no crea que ello es así, si alguna vez va por allí en persona, sabrá que digo la verdad. [...]
Traducción y notas de Andrés Espinosa Alarcón
Luciano de Samosata

1 Griego Hippógypoi. En pro de la intelección y expresividad, optamos por traducir estos nombres de seres fantásticos en lugar de transcribirlos.
2 Cf. Odisea IX 322 ss.11 
3 Antonio Diógenes parece ser la fuente de inspiración (Focio, lila). Cf. el Icaromenipo de Luciano.
4 Griego Heōsphóros, literalmente "Portadora de la aurora".
5 Griego Hippomyrmēkes. El término está atestiguado en ARISTÓTELES (Historia de los animales VIII 28).
6 Griego Lachanópteroi = "Alas de lechuga".
7 Griego Kenchrobóloi
8 Griego Skorodomáchoi = "Luchadores con ajos".
9 Griego Árktos.
10 Griego Psyllotoxótai.
11 Griego Anemodrómoi = "Corredores por el aire". 
12 Griego Strouthobálanoi.
13 Griego Hippogéranoi.
14 Tópico presente en HERÓDOTO, TUCÍDIDES y otros historiadores.
15 Gastroknémía. Significa "pantorrilla", parte gruesa de la pierna, en forma panzuda, pero preferimos dar en el texto la traducción etimológica del compuesto antecitado, sobre el cual Luciano deja correr su imaginación.
16 Griego Dendritai.
17 Representación plástica del miembro viril con fines mágicos y de culto religioso a la fecundidad.
18 Cf. HERÓDOTO, I 202, IV 75; ESTRABÓN, XV 1 57.
19 Cometa (griego komētés) significa etimológicamente "melenudo".
20 ¿Se trata de una parodia de HERÓDOTO, VII 65, donde se habla de vestidos de madera?
21 Como corresponde a su phýsis o peculiar naturaleza.
22 Topos o lugar común.

domingo, 19 de julio de 2015

Literatura fantástica/ 4 - Literatura satírica y burlesca/ 38 - Fragmentos de Micromegas. Historia filosófica - Voltaire - Francia


Capítulo primero
Viaje de un habitante del mundo 
de la estrella Sirio al planeta de Saturno

    En uno de esos planetas que giran alrededor de la estrella llamada Sirio había un joven de mucho ingenio a quien tuve el honor de conocer durante el último viaje que hizo a nuestro pequeño hormiguero; se llamaba Micromegas, nombre que conviene mucho a todos los grandes. Tenía ocho leguas de alto; por ocho leguas entiendo veinticuatro mil pasos geométricos de cinco pies cada uno.
    Algunos algebristas, gentes siempre útiles al público, tomarán de inmediato la pluma y llegarán a la conclusión de que si el señor Micromegas, habitante del país de Sirio, tiene de la cabeza a los pies veinticuatro mil pasos, que hacen cientoveinticinco mil pies de rey, y nosotros, ciudadanos de la Tierra, apenas tenemos más de cinco pies, mientras que si nuestro globo tiene nueve mil leguas de perímetro, llegarán a la conclusión, digo, de que es absolutamente necesario que el globo que lo ha producido tenga exactamente veintiún millones seiscientas mil veces más circunferencia que nuestra pequeña Tierra. Nada es más sencillo ni más habitual en la naturaleza. Los Estados de algunos soberanos de Alemania o de Italia, que pueden recorrerse en media hora, no son, comparados con el Imperio de Turquía, de Moscovia o de la China, más que una debilísima imagen de las prodigiosas diferencias que la naturaleza ha puesto en todos los seres.
    Por ser la talla de Su Excelencia de la altura que he dicho, todos nuestros escultores y todos nuestros pintores admitirán sin esfuerzo que su cintura puede tener cincuenta mil pies de rey de contorno; lo cual es una bonita proporción. [...]
   Nuestro viajero conocía maravillosamente las leyes de la gravitación y todas las fuerzas atractivas y repulsivas. Las utilizaba de manera tan apropiada que, unas veces con la ayuda de un rayo de sol, otras gracias a la comodidad de un cometa, iba de globo en globo, él y los suyos, como un pájaro salta de rama en rama. Recorrió la Vía Láctea en poco tiempo [...] Micromegas, tras haber dado sus buenas vueltas, llegó al globo de Saturno. Por acostumbrado que estuviese a ver cosas nuevas, al principio, contemplando la pequeñez del globo y de sus habitantes, no pudo dejar de sonreír con esa sonrisa de superioridad que a veces se les escapa a los más sabios. Porque, a la postre, Saturno no es apenas más que novecientas veces mayor que la Tierra, y los ciudadanos de ese país son enanos que sólo tienen mil toesas de alto aproximadamente. [...] Trabó estrecha amistad con el secretario de la Academia de Saturno, hombre de mucho ingenio, que en verdad no había inventado nada pero que daba muy buena cuenta de las invenciones de los demás, y hacía pasablemente pequeños versos y grandes cálculos. [...]


Capítulo VII
Conversación con los hombres

    "Oh, átomos inteligentes, en quienes el Ser eterno se ha complacido en manifestar su destreza y poder, sin duda debéis gustar de alegrías muy puras en vuestro globo; porque, teniendo tan poca materia y pareciendo todo espíritu, debéis pasar vuestra vida amando y pensando, que es la verdadera vida de los espíritus. No he visto en ninguna parte la verdadera felicidad, pero sin duda está aquí." A estas palabras todos los filósofos movieron la cabeza; y uno de ellos, más sincero que los demás, confesó de buena fe que, si se exceptúa un pequeño número de habitantes muy poco considerados, todo el resto es una reunión de locos, de malvados y de infortunados. "tenemos más materia de la que necesitamos para hacer mucho mal, dijo, si el mal viene de la materia, y demasiado espíritu si el mal viene del espíritu. ¿Sabéis, por ejemplo, que en el momento en que os hablo hay cien mil locos de nuestra especie, cubiertos con sombreros, que matan a otros cien mil animales cubiertos con turbantes, o que son matados por éstos, y que por casi toda la Tierra se hace así desde tiempo inmemorial?" El siriano se estremeció y preguntó cuál podía ser el motivo de esas horribles querellas entre animales tan frágiles: "Se trata, dijo el filósofo, de algunos montones de barro del tamaño de vuestro talón. No es que ninguno de esos millones de hombres que se hacen degollar pretenda un comino sobre esos montones de barro. Sólo se trata de saber si pertenecerá a cierto hombre que se llama Sultán, o a otro que se llama, no sé por qué, César. Ninguno de estos dos ha visto ni verá nunca el pequeño rincón de la tierra de que se trata, y casi ninguno de esos animales que se degüellan mutuamente ha visto nunca al animal por el que se degüellan.
    "- ¡Ah, desdichados!, exclamó el siriano indignado, ¿puede concebirse ese exceso de rabia obligada? Me dan ganas de dar tres pasos y aplastar de tres pisadas todo ese hormiguero de asesinos ridículos.
    - No os toméis la molestia, le respondieron; bastante trabajan ellos en su ruina. Sabed que al cabo de diez años no queda nunca la centésima parte de esos miserables; sabed que, aunque no saquen la espada, el hambre, la fatiga y la intemperancia dominan a casi todos. Además, no es a ellos a quienes hay que castigar, sino a esos bárbaros sedentarios que, desde el fondo de su gabinete, ordenan, mientras hacen su digestión, la matanza de un millón de hombres, y que luego van a dar las gracias solemnemente a Dios".
    El viajero se sintió movido a piedad por la pequeña raza humana, en la que descubría tan sorprendentes contrastes. "Puesto que vosotros sois del pequeño número de sabios, dijo a aquellos señores, y aparentemente no matáis a nadie por dinero, decidme, por favor, ¡En qué os ocupáis? - Disecamos moscas, dijo el filósofo, medimos líneas, reunimos números, estamos de acuerdo en dos o tres puntos que entendemos, y disputamos sobre dos o tres mil que no entendemos." [...]
Traducción de Mauro Armiño

Serendipia imitando a Jonathan Swift

Jonathan Swift, contemporáneo de Voltaire, publica Los Viajes de Gulliver en 1726, haciendo alusión a dos supuestas lunas que orbitaban Marte, dando sus distancias al planeta y sus períodos de rotación con gran precisión para la época. Hay que tener en cuenta que Jonathan Swiftt escribió la novela un siglo y medio antes del descubrimiento oficial de las dos lunas de Marte, Fobos y Deimos (Asaph Hall las descubre en 1877).

Voltaire, gran lector y admirador de Swift, escribe en su novela Micromegas (1752) haciendo mención a los dos satélites del planeta Marte:
"...Al salir de Júpiter atravesaron un espacio de cerca de cien millones de leguas, y costearon el planeta Marte, el cual, como todos saben es cinco veces más pequeño que nuestro glóbulo, y vieron dos lunas que sirven a este planeta y no han podido descubrir nuestros astrónomos".

Aunque siempre se ha querido ver en esto una suerte de misterio conspirativo, en ambos casos los dos autores parece que se estaban haciendo eco de una idea muy corriente en los ambientes intelectuales de la época, surgida de las primeras opiniones del astrónomo Johannes Kepler (previas a que enunciara sus famosas tres leyes), basadas a su vez en una teoría misticista relacionada con los sólidos perfectos. La precisión de los datos, en ambos casos, se debe a los cálculos mecánicos realizados a principios del s.XVIII con base en la ley de la Gravitación Universal, referidos a cuál sería el período de rotación y distancia a Marte de un supuesto cuerpo orbitante en torno a dicho planeta. Se trata por tanto de una serendipia, puesto que la óptica disponible durante la vida de ambos autores no permitía ver esos cuerpos celestes tan pequeños y que se separan tan poco de la esfera de Marte.

Debido a estas coincidencias, los dos mayores cráteres de Deimos (de unos 3 km. de diámetro cada uno) fueron bautizados como "Swift" y "Voltaire". (Wikipedia)

viernes, 17 de julio de 2015

Literatura fantástica/3 - Fragmento de Alicia en el país de las maravillas - Lewis Carroll - Inglaterra


X. LA CUADRILLA DE LA LANGOSTA

La Falsa Tortuga suspiró profundamente y se limpió los ojos con el dorso de una aleta. Miró a Alicia y trató de hablar, pero durante uno o dos minutos los sollozos ahogaron su voz.
-Igual que si se le hubiera atragantado un hueso, dijo el Grifo; y se puso a sacudirla y a darle golpes en la espalda.
Al final, la Falsa Tortuga recobró la voz y, con lágrimas en las mejillas, prosiguió:
-Puede que no hayas vivido mucho en el fondo del mar...
-No -dijo Alicia.
-... y que nunca te hayan presentado a una langosta...
-Una vez la probé... -empezó a decir Alicia, pero en seguida se contuvo, y añadió-: No, nunca.
-... ¡así que no te imaginas qué cosa más perfecta es una Cuadrilla de Langostas!
-Realmente no. ¿Qué tipo de baile es? -preguntó Alicia.
-Bueno -comenzó el Grifo-, primero formas en fila a lo largo de la orilla...
-¡Dos líneas! -exclamó la Falsa Tortuga-. Focas, tortugas, salmones, etc.; entonces, una vez limpia la pista de medusas...
-Lo cual normalmente lleva su tiempo -interrumpió el Grifo.
-... avanzas dos pasos.
-¡Cada cual con una langosta de pareja! -gritó el Grifo.
-Por supuesto -dijo la Falsa Tortuga-: avanzas dos pasos con la pareja...
-... cambias de langosta y te retiras en el mismo orden -continuó el Grifo.
-Luego -agregó la Falsa Tortuga-, ya sabes, lanzas las...
-¡Las langostas! -vociferó el Grifo, dando un brinco.
-... a alta mar, lo más lejos posible...
-¡Nadas tras ellas! -chilló el Grifo.
-¡Das un salto mortal en pleno mar! -gritó la Falsa Tortuga, haciendo salvajes cabriolas.
-¡Nuevo cambio de langosta! -chilló el Grifo.
-A tierra otra vez y... Aquí concluye la primera figura -dijo la Falsa Tortuga, bajando súbitamente la voz. Y ambas bestias, que hasta el momento habían estado saltando como locas, se volvieron a sentar, apacibles y muy contristadas, mirando a Alicia.
-Debe de ser un baile muy hermoso -dijo tímidamente la niña.
-¿Quieres verlo un poco en la práctica? -dijo la Falsa Tortuga.
-Me gustaría mucho -dijo Alicia.
-¡Pues intentemos la primera figura! -dijo la Falsa Tortuga al Grifo-. Se puede hacer sin langostas, ¿no? ¿Quién cantará?
-Canta  -dijo el Grifo. Yo no recuerdo la letra.
Y, con aire solemne, se pusieron a bailar y a dar más y más vueltas alrededor de Alicia, pisándole los pies cada vez que pasaban cerca y marcando el compás con sus patas delanteras, mientras la Falsa Tortuga cantaba con voz triste y lenta la canción:

Apúrate, caracol -le instaba una pescadilla-,
que nos persigue un delfín: la cola casi me pisa.
¡Con qué ansia las langostas y las tortugas avanzan!
En la grava aguardan todas. ¿Quieres unirte a la danza?
¡Que sí, que no, que sí, que no,
la danza sí!
¡Que no, que sí, que no, que sí,
la danza no!

¡De veras no te imaginas qué delicioso será
cuando nos alcen y arrojen con las langostas al mar!
Y el caracol dice: "Gracias"; mas al mar aún no se lanza:
"¡Es muy lejos, es muy lejos! No quiero unirme a la danza."
¡Que sí, que no, que sí, que no,
la danza sí!
¡Que no, que sí, que no, que sí,
la danza no!

Ya sabes que hay otra orilla al otro lado del mar:
más te alejas de Inglaterra, más cerca de Francia estás
-al caracol dijo ella (le brillaban las escamas)-;
no palidezcas, querido, trata de unirte a la danza.
¡Que sí, que no, que sí, que no,
la danza sí!
¡Que no, que sí, que no, que sí,
la danza no!

-Gracias, es un baile interesantísimo -comentó Alicia, encantada de que por fin hubiera terminado-; y también me ha gustado esa curiosa canción sobre la pescadilla.
-¡Ah!, hablando de pescadillas -dijo la Falsa Tortuga-, ellas... Tú naturalmente ¿las has visto?
-Sí -dijo Alicia-, las he visto a menudo en la comi... -y se contuvo a tiempo.
-No sé dónde queda Lacomí -dijo la Falsa Tortuga-; pero si tan a menudo las has visto, sin duda sabrás cómo son.
-Creo que sí -contestó pensativamente Alicia-. Tienen la cola en la boca... y están cubiertas de pan rallado.
-Te equivocas en cuanto al pan rallado -dijo la Falsa Tortuga-: el mar se lo llevaría todo. Pero sí tienen la cola en la boca, y la razón es... -Entonces la Falsa Tortuga bostezó y cerró los ojos-. Cuéntale la razón y todo eso -le dijo al Grifo.
-La razón es -dijo el Grifo- que querían ir a bailar con las langostas. Y se lanzaron a alta mar. Y tenían que caer a gran distancia. Y se sujetaban la cola con la boca. Y no pudieron soltarla nunca más. Eso es todo.
-Gracias -dijo Alicia-, es muy interesante. Nunca había oído tantas cosas sobre las pescadillas.
-Aún te puedo contar muchas más, si quieres -dijo el Grifo-. ¿Sabes por qué las llaman pescadillas?
-Nunca se me ha ocurrido pensarlo -dijo Alicia-. ¿Por qué?
-El nombre tiene que ver con escasez y con antigüedad -replicó el Grifo en tono muy solemne.
Alicia se quedó muy intrigada:
-¡Con escasez y con antigüedad! -repitió, incrédula.
-Bueno -dijo el Grifo-. ¿Tú sabes que las pescadillas son muy delgadas?
-Naturalmente -contestó Alicia.
-Pues en eso se diferencian del llamado pez gordo, que es una variedad muy acaudalada.
-La distinción no es ninguna maravilla -se atrevió a observar Alicia.
-No -dijo el Grifo-, es más bien un motivo de contínuas pesadillas económicas. Y así, no han podido sobrepasar la primera fase de crecimiento. El problema, por lo demás, es tan antiguo como la lengua; de modo que su nombre viene también marcado como peç-cedilla. Ahora ya lo sabes.
-¿Y de qué están hechas? -preguntó Alicia.
-Pues de escamillas por fuera y pacotilla por dentro -replicó no sin impaciencia el Grifo-: cualquier renacuajo te lo diría.
-De ser yo la pescadilla -dijo Alicia, que aún seguía pensando en la canción-, le habría dicho al delfín: "¡Retírate, por favor! ¡No te queremos con nosotros!"
-Estaban obligadas a llevarlo -dijo la Falsa Tortuga-. No hay pez sensato que vaya a lugar alguno sin un delfín.
-¿Es cierto? -preguntó Alicia con voz de gran sorpresa.
-Claro que sí -dijo la Falsa Tortuga-. Si un pez viniera a decirme que se iba de viaje, le preguntaría: "¿Con qué delfín?"
-¿No querrá decir más bien "Con qué fin"? - dijo Alicia.
-Quiero decir lo que digo y digo lo que quiero decir - contestó ofendida la Falsa Tortuga. [...]
Traducción de Luis Maristany

sábado, 15 de noviembre de 2014

Literatura fantástica/2 - Fragmento de La incomparable aventura de un tal Hans Ptaal - Edgar Allan Poe - Estados Unidos


Con el corazón lleno de furiosas fantasías,
de las que soy el amo,
con una lanza ardiente y un caballo de aire,
errando voy por el desierto
(La canción de Tomás el loco)

    Según los informes que llegan de Rotterdam, esta ciudad parece hallarse en alto grado de excitación intelectual. Han ocurrido allí fenómenos tan inesperados, tan novedosos, tan diferentes de las opiniones ordinarias, que no cabe duda de que a esta altura toda Europa debe estar revolucionada, la física conmovida, y la razón y la astronomía dándose de puñadas.
    Parece ser que el día... de... (ignoro la fecha exacta), una vasta multitud se había reunido, por razones que no se mencionan, en la gran plaza de la Bolsa de la muy ordenada ciudad de Rotterdam. La temperatura era excesivamente tibia para la estación y apenas se movía una hoja; la multitud no perdía su buen humor por el hecho de recibir algún amistoso chaparrón de cuando en cuando, proveniente de las enormes nubes blancas profusamente suspendidas en la bóveda azul del firmamento. Hacia mediodía, sin embargo, se advirtió una notable agitación entre los presentes; restalló el parloteo de diez mil lenguas; un segundo más tarde, diez mil caras estaban vueltas hacia el cielo, diez mil pipas caían simultáneamente de la comisura de diez mil bocas, y un grito sólo comparable al rugido del Niágara resonaba larga, poderosa y furiosamente a través de la ciudad y los alrededores de Rotterdam.
    No tardó en descubrirse la razón de este alboroto. Por detrás de la enorme masa de una de las nubes perfectamente delineadas que ya hemos mencionado, vióse surgir con toda claridad, en un espacio abierto de cielo azul, una sustancia extraña, heterogénea pero aparentemente sólida, de forma tan singular, de composición tan caprichosa, que escapaba por completo a la comprensión, aunque no a la admiración de la muchedumbre de robustos burgueses que desde abajo la contemplaban boquiabiertos. ¿Qué podía ser? En nombre de todos los diablos de Rotterdam, ¿qué pronosticaba aquella aparición? Nadie lo sabía; nadie podía imaginarlo; nadie, ni siquiera el burgomaestre Mynheer Superbus Von Underduk, tenía la menor clave para desenredar el misterio, Así pues, ya que no cabía hacer nada más razonable, todos ellos volvieron a colocarse cuidadosamente la pipa a un lado de la boca y, mientras mantenían los ojos fijamente clavados en el fenómeno, fumaron, descansaron, se contonearon como ánades, gruñendo significativamente, y luego volvieron a contonearse, gruñeron, descansaron y, finalmente... fumaron otra vez. 
    Entre tanto, el objeto de tanta curiosidad y tanto humo descendía más y más hacía aquella excelente ciudad. Pocos minutos después se encontraba lo bastante próximo para que se lo distinguiera claramente. Parecía ser... ¡Sí, indudablemente era una especie de globo! Pero un globo como jamás se había visto antes en Rotterdam. Pues, permítaseme preguntar, ¿se ha visto alguna vez un globo íntegramente fabricado con periódicos sucios? No en Holanda, por cierto; y, sin embargo, bajo las mismísimas narices del pueblo -o, mejor dicho, a cierta distancia sobre sus narices- veíase el globo en cuestión, como lo sé por los mejores testimonios, compuesto del aludido material que a nadie se le hubiera ocurrido jamás para semejante propósito. Aquello constituía un egregio insulto al buen sentido de los burgueses de Rotterdam. [...]
Traducción de Julio Cortázar

    Sería una lástima conformarse con un simple extracto de esta extraordinaria y divertida historia de Poe, de modo que aquí tienen  el texto completo traducido por Julio Cortázar. 

domingo, 17 de noviembre de 2013

Literatura fantástica/ 5 - Literatura satírica y burlesca/ 30 - Las islas voladoras - Anton Chejov - Rusia


CAPÍTULO PRIMERO

 La Conferencia

    - ¡He terminado, caballeros! -dijo Mr. John Lund, joven miembro de la Real Sociedad Geográfica, mientras se desplomaba exhausto sobre un sillón. La sala de asambleas resonó con grandes aplausos y gritos de ¡bravo! Uno tras otro, los caballeros asistentes se dirigieron hacia John Lund y le estrecharon la mano.
    Como prueba de su asombro, diecisiete caballeros rompieron diecisiete sillas y torcieron ocho cuellos, pertenecientes a otros ocho caballeros, uno de los cuales era el capitán de La Catástrofe, un yate de 100.000 toneladas.
    - ¡Caballeros! -dijo Mr. Lund, profundamente emocionado-. Considero mi más sagrada obligación el darles a ustedes las gracias por la asombrosa paciencia con la que han escuchado mi conferencia de una duración de 40 horas, 32 minutos y 14 segundos… ¡Tom Grouse! -exclamó, volviéndose hacia su viejo criado-. Despiértame dentro de cinco minutos. Dormiré, mientras los caballeros me disculpan por la descortesía de hacerlo.
    - ¡Sí, señor! -dijo el viejo Tom Grouse.
    John Lund echó hacia atrás la cabeza, y estuvo dormido en un segundo.
    John Lund era escocés de nacimiento. No había tenido una educación formal ni estudiado para obtener ningún grado, pero lo sabía todo. La suya era una de esas naturalezas maravillosas en las que el intelecto natural lleva a un innato conocimiento de todo lo que es bueno y bello. El entusiasmo con el que había sido recibido su parlamento estaba totalmente justificado. En el curso de cuarenta horas había presentado un vasto proyecto a la consideración de los honorables caballeros, cuya realización llevaría a la consecución de gran fama para Inglaterra y probaría hasta qué alturas puede llegar en ocasiones la mente humana.
    «La perforación de la Luna, de uno a otro lado, mediante una colosal barrena.» ¡Éste era el tema de la brillantemente pronunciada conferencia de Mr. Lund!


CAPÍTULO II

El Misterioso Extraño

    Sir Lund no durmió siquiera durante tres minutos. Una pesada mano descendió sobre su hombro y tuvo que despertarse. Ante él se alzaba un caballero de un metro, ocho decímetros, dos centímetros y siete milímetros de altura, flexible como un sauce y delgado como una serpiente disecada. Era completamente calvo. Enteramente vestido de negro, llevaba cuatro pares de anteojos sobre la nariz, un termómetro en el pecho y otro en la espalda.
    - ¡Seguidme! -exclamó el calvo caballero con tono sepulcral.
    - ¿Dónde?
    - ¡Seguidme, John Lund!
    - ¿Y qué pasará si no lo hago?
    - ¡Entonces me veré obligado a perforar a través de la Luna antes de que lo hagáis vos!
    - En ese caso, caballero, estoy a vuestro servicio.
    - Vuestro criado caminará detrás de nosotros.
    Mr. Lund, el caballero calvo y Tom Grouse abandonaron la sala de asambleas, saliendo a las bien iluminadas calles de Londres. Caminaron durante largo tiempo.
    - Señor -dijo Grouse a Mr. Lund-, si nuestro camino es tan largo como este caballero, de acuerdo con la ley de la fricción, ¡gastaremos nuestras suelas!
    Los caballeros meditaron un momento. Diez minutos después, tras decidir que el comentario de Grouse tenía mucha gracia, rieron ruidosamente.
    - ¿Con quién tengo el honor de compartir mis risas, caballero? -preguntó Lund a su calvo acompañante.
    - Tenéis el honor de caminar, hablar y reír con un miembro de todas las sociedades geográficas, arqueológicas y etnográficas del mundo, con alguien que posee un grado magna cum laude en cada ciencia que ha existido y que existe en la actualidad, es miembro del Club de las Artes de Moscú, fideicomisario honorífico de la Escuela de Obstetricia Bovina de Southampton, suscriptor del The Illustrated Imp, profesor de magia amarillo-verdosa y gastronomía elemental en la futura Universidad de Nueva Zelanda, director del Observatorio sin Nombre, William Bolvanius. Os estoy llevando, caballero, a… (John Lund y Tom Grouse cayeron de rodillas ante el gran hombre, del que tanto habían oído, e inclinaron sus cabezas en señal de respeto)… os estoy llevando, caballero, a mi observatorio, a treinta y dos kilómetros de aquí. ¡Caballero! El silencio es una bella cualidad en un hombre. Necesito un compañero en mi empresa, la significación de la cual seréis capaz de comprender con tan sólo los dos hemisferios de vuestro cerebro. Mi elección ha recaído en vos. Tras vuestra conferencia de cuarenta horas, es muy improbable que deseéis entablar conversación conmigo, y yo, caballero, no amo a nada tanto como a mi telescopio y a un silencio prolongado. La lengua de vuestro servidor, empero, será detenida a una orden vuestra. ¡Caballero, viva la pausa!
    Os estoy llevando… Supongo que no tendréis nada en contra, ¿no es así?
    - ¡En absoluto, caballero! Tan sólo lamento que no seamos corredores y, por otra parte, el que estos zapatos que estamos usando valgan tanto dinero.
    - Os compraré zapatos nuevos.
    - Gracias, caballero.
Aquellos de mis lectores que estén sobre ascuas por el deseo de tener un mejor conocimiento del carácter de Mr. William Bolvanius pueden leer su asombrosa obra: «¿Existió la Luna antes del Diluvio?; y, si así fue, ¿por qué no se ahogó?»
    A esta obra se le acostumbra a unir un opúsculo, posteriormente prohibido, publicado un año antes de su muerte y titulado: «Cómo convertir el Universo en polvo y salir con vida al mismo tiempo.» Estas dos obras reflejan la personalidad de este hombre, notable entre los notables, mejor que pudiera hacerlo cualquier otra cosa.
    Incidentalmente, estas dos obras describen también cómo pasó dos años en los pantanos de Australia, subsistiendo enteramente a base de cangrejos, limo y huevos de cocodrilo, y sin hacer durante todo este tiempo ni un solo fuego.
    Mientras estaba en los pantanos, inventó un microscopio igual en todo a uno ordinario, y descubrió la espina dorsal en los peces de la especie «Riba». Al volver de su largo viaje, se estableció a unos kilómetros de Londres y se dedicó enteramente a la astronomía. Siendo como era un auténtico misógino (se casó tres veces y tuvo, como consecuencia, tres espléndidos y bien desarrollados pares de cuernos), y no sintiendo deseos ocasionales de aparecer en público, llevaba la vida de un esteta. Con su sutil y diplomática mente, consiguió que su observatorio y su trabajo astronómico tan sólo fuesen conocidos por él mismo.
    Para pesar y desgracia de todos los verdaderos ingleses, debemos hacer saber que este gran hombre ya no vive en nuestros días; murió hace algunos años, oscuramente, devorado por tres cocodrilos mientras nadaba en el Nilo.


CAPÍTULO III

Los Puntos Misteriosos

    El observatorio al que llevó a Lund y al viejo Tom Grouse… (sigue aquí una larga y tremendamente aburrida descripción del observatorio, que el traductor del francés al ruso ha creído mejor no traducir para ganar tiempo y espacio).
    Allí se alzaba el telescopio perfeccionado por Bolvanius. Mr. Lund se dirigió hacia el instrumento y comenzó a observar la Luna.
    - ¿Qué es lo que veis, caballero?
    - La Luna, caballero.
    - Pero, ¿qué es lo que veis cerca de la Luna, caballero?
    - Tan sólo tengo el honor de ver la Luna, caballero.
    - Pero, ¿no veis unos puntos pálidos moviéndose cerca de la Luna, caballero?
    - ¡Pardiez, caballero! ¡Veo los puntos! ¡Sería un asno si no los viera! ¿De qué clase de puntos se trata?
    - Esos puntos tan sólo son visibles a través de mi telescopio. ¡Pero ya basta! ¡Dejad de mirar a través del aparato! Mr. Lund y Tom Grouse, yo deseo saber, tengo que saber, qué son esos puntos. ¡Estaré allí pronto! ¡Voy a hacer un viaje para verlos! Y ustedes vendrán conmigo.
    - ¡Hurra! -gritaron a un tiempo John Lund y Tom Grouse-. ¡Vivan los puntos!


CAPÍTULO IV

Catástrofe en el Firmamento

    Media hora más tarde, Mr. William Bolvanius, John Lund y Tom Grouse estaban volando hacia los misteriosos puntos en el interior de un cubo que era elevado por dieciocho globos. Estaba sellado herméticamente y provisto de aire comprimido y de aparatos para la fabricación de oxígeno {Gas inventado por los químicos. Dicen que es imposible vivir sin él.}. El inicio de este estupendo vuelo sin precedentes tuvo lugar en la noche del 13 de marzo de 1870. El viento provenía del sudoeste. La aguja de la brújula señalaba oestenoroeste. (Sigue una descripción, extremadamente aburrida, del cubo y de los dieciocho globos.) Un profundo silencio reinaba dentro del cubo. Los caballeros se arrebujaban en sus capas y fumaban cigarros. Tom Grouse, tendido en el suelo, dormía como si estuviera en su propia casa. El termómetro {Este instrumento existe en la realidad. (Notas del traductor del francés al ruso.)} registraba bajo cero. En el curso de las primeras veinte horas, no se cruzó entre ellos ni una sola palabra ni ocurrió nada de particular. Los globos habían penetrado en la región de las nubes.
    Algunos rayos comenzaron a perseguirles, pero no consiguieron darles alcance, como era natural esperar tratándose de ingleses. Al tercer día John Lund cayó enfermo de difteria y Tom Grouse tuvo un grave ataque en el bazo. El cubo colisionó con un aerolito y recibió un golpe terrible. El termómetro marcaba -76°.
    - ¿Cómo os sentís, caballero? -preguntó Bolvanius a Mr. Lund al quinto día, rompiendo finalmente el silencio.
    - Gracias, caballero -replicó Lund, emocionado-; vuestro interés me conmueve. Estoy en la agonía. Pero, ¿dónde está mi fiel Tom?
    - Está sentado en un rincón, mascando tabaco y tratando de poner la misma cara que un hombre que se hubiera casado con diez mujeres al mismo tiempo.
    - ¡Ja, ja, ja, Mr. Bolvanius!
    - Gracias, caballero.
    Mr. Bolvanius no tuvo tiempo de estrechar su mano con la del joven Lund antes de que algo terrible ocurriese. Se oyó un terrorífico golpe. Algo explotó, se escucharon un millar de disparos de cañón, y un profundo y furioso silbido llenó el aire. El cubo de cobre, habiendo alcanzado la atmósfera rarificada y siendo incapaz de soportar la presión interna, había estallado, y sus fragmentos habían sido despedidos hacia el espacio sin fin. ¡Éste era un terrible momento, único en la historia del Universo!
    Mr. Bolvanius agarró a Tom Grouse por las piernas, este último agarró a Mr. Lund por las suyas, y los tres fueron llevados como rayos hacia un misterioso abismo. Los globos se soltaron. Al no estar ya contrapesados, comenzaron a girar sobre sí mismos, explotando luego con gran ruido.
    - ¿Dónde estamos, caballero?
    - En el éter.
    - Hummm. Si estamos en el éter, ¿qué es lo que respiramos?
    - ¿Dónde está vuestra fuerza de voluntad, Mr. Lund?
    - ¡Caballeros! -gritó Tom Grouse-. ¡Tengo el honor de informarles de que, por alguna razón, estamos volando hacia abajo y no hacia arriba!
    - ¡Bendita sea mi alma, es cierto! Esto significa que ya no nos encontramos en la esfera de influencia de la gravedad. Nuestro camino nos lleva hacia la meta que nos habíamos propuesto. ¡Hurra! Mr. Lund, ¿qué tal os encontráis?
    - Bien, gracias, caballero. ¡Puedo ver la Tierra encima, caballero!
    - Eso no es la Tierra. Es uno de nuestros puntos. ¡Vamos a chocar con él en este mismo momento! ¡¡¡BOOOM!!!


CAPÍTULO V

La Isla de Johann Goth 

    Tom Grouse fue el primero en recuperar el conocimiento. Se restregó los ojos y comenzó a examinar el territorio en el que Bolvanius, Lund y él yacían. Se despojó de uno de sus calcetines y comenzó a dar friegas con él a los dos caballeros. Éstos recobraron de inmediato el conocimiento.
    - ¿Dónde estamos? -preguntó Lund.
    - ¡En una de las islas que forman el archipiélago de las Islas Voladoras! ¡Hurra!
    - ¡Hurra! ¡Mirad allí, caballero! ¡Hemos superado a Colón!
    Otras varias islas volaban por encima de la que les albergaba (sigue la descripción de un cuadro comprensible tan sólo para un inglés). Comenzaron a explorar la isla. Tenía… de largo y… de ancho (números, números, ¡una epidemia de números!). Tom Grouse consiguió un éxito al hallar un árbol cuya savia tenía exactamente el sabor del vodka ruso. Cosa extraña, los árboles eran más bajos que la hierba (?). La isla estaba desierta. Ninguna criatura viva había puesto el pie en ella.
    - Ved, caballero, ¿qué es esto? -preguntó Mr. Lund a Bolvanius, recogiendo un manojo de papeles.
    - Extraño… sorprendente… maravilloso… -murmuró Bolvanius.
    Los papeles resultaron ser las notas tomadas por un hombre llamado Johann Goth, escritos en algún lenguaje bárbaro, creo que ruso.
    - ¡Maldición! -exclamó Mr. Bolvanius-. ¡Alguien ha estado aquí antes que nosotros! ¿Quién pudo haber sido? ¡Maldición! ¡Oh, rayos del cielo, machacad mi potente cerebro! ¡Dejad que le eche las manos encima, tan sólo dejad que se las eche! ¡Me lo tragaré de un bocado!
    El caballero Bolvanius, alzando los brazos, rió salvajemente. Una extraña luz brillaba en sus ojos.
    Se había vuelto loco.


CAPÍTULO VI

El Regreso

    - ¡Hurra! -gritaron los habitantes de El Havre, abarrotando cada centímetro del muelle. El aire vibraba con gritos jubilosos, campanas y música. La masa oscura que los había estado amenazando durante todo el día con una posible muerte estaba descendiendo sobre el puerto y no sobre la ciudad. Los barcos se hacían rápidamente a mar abierto. La masa negra que había ocultado el sol durante tantos días chapuzó pesadamente (pesamment), entre los gritos exultantes de la multitud y el tronar de la música, en las aguas del puerto, salpicando la totalidad de los muelles. Inmediatamente se hundió. Un minuto después había desaparecido toda traza de ella, exceptuando las olas que cruzaban la superficie en todas direcciones. Tres hombres flotaban en medio de las aguas: el enloquecido Bolvanius, John Lund y Tom Grouse. Fueron subidos rápidamente a bordo de unas barquichuelas.
    - ¡No hemos comido en cincuenta y siete días! -murmuró Mr. Lund, delgado como un artista hambriento. Y relató lo sucedido.
    La isla de Johann Goth ya no existía. El peso de los tres bravos hombres la había hecho repentinamente más pesada.
    Dejó la zona neutral de gravitación, fue atraída hacia la Tierra, y se hundió en el puerto de El Havre.


CONCLUSIÓN

    John Lund está ahora trabajando en el problema de perforar la Luna de lado a lado. Se acerca el momento en que la Luna se verá embellecida con un hermoso agujero. El agujero será propiedad de los ingleses.
    Tom Grouse vive ahora en Irlanda y se dedica a la agricultura. Cría gallinas y da palizas a su única hija, a la que está educando al estilo espartano. Los problemas científicos todavía le preocupan: está furioso consigo mismo por no haber pensado en recoger ninguna semilla del árbol de la Isla Voladora cuya savia tenía el mismo, el mismísimo sabor que el vodka ruso.
    Tonterías. Lo único sin lo cual no se puede vivir es el dinero.

domingo, 20 de junio de 2010

Literatura fantástica/1 - Fragmento de Alicia a través del espejo - Lewis Carroll - Inglaterra

Alice Liddell (a la derecha) con sus hermanas - Lewis Carroll
- Parece usted muy diestro en eso de explicar palabras -dijo Alicia-. Señor, ¿tendría la bondad de explicarme el significado del poema llamado Jabberwocky?
- Escuchémoslo -dijo Humpty Dumpty-. Puedo explicar todos los poemas que se han inventado y muchos de los que no se han inventado todavía.
Esto resultaba muy prometedor; Alicia recitó, pues, la primera estrofa:

Era cenora y los flexosos tovos
en los relonces giroscopiaban, perfibraban.
Mísvolos vagaban los borogovos
y los verdirranos extrarrantes gruchisflaban.

- Con esto basta y sobra para empezar -le interrumpió Humpty Dumpty-: ya tenemos aquí un buen montón de palabras difíciles. En primer lugar, cenora, que significa las cuatro de la tarde, la hora en que se empieza a preparar la cena.
- Muy bien -dijo Alicia-: ¿y flexosos?
- Bueno, flexosos quiere decir "flexible" y "viscoso". Es como una palabra maletín, ¿comprendes?: hay dos significados contenidos en un mismo vocablo.
- Ahora lo veo -respondió pensativamente Alicia-: ¿y qué son tovos?
- Bueno, los tovos son un poco como tejones... y un poco como lagartos... con algo de sacacorchos.
- Deben de ser criaturas de aspecto bien curioso.
- Lo son -dijo Humpty Dumpty-. Además, hacen sus nidos bajo los relojes de sol y se alimentan de queso.
- ¿Y qué es giroscopiar y perfibrar?
- Giroscopiar es dar vueltas y más vueltas como un giroscopio. Perfibrar es vibrar y perforar o hacer agujeros con un taladro.
- Y relonces serán, supongo, el césped que rodea a los relojes de sol, ¿no? -dijo Alicia, sorprendida de su propio ingenio.
- Exactamente. Y relonces, también, silabeando las iniciales, por su relación con la longitud del césped... delante y detrás del cuadrante solar...
- Y a los lados también... con un mínimo de once metros...
- Así es. En cuanto a mísvolos, eso significa "miserable" y "frívolo" a la vez (otra palabra maletín). Y un borogovo es un pájaro flaco de especto deleznable, con las plumas erizadas en todos los sentidos..., algo así como un mocho viviente.

Ilustración de Sir John Tenniel- ¿Y qué son verdirranos extrarrantes? -dijo Alicia-. Temo estar abusando con tanta pregunta.
- Bueno, verdirrano es una especie de marrano verde; extrarrante significa "errante", "fuera de sí"... y no estoy muy seguro pero creo que se dice también por el color "aberrante" de este tipo de cerdo.
- ¿Y qué quiere decir gruchisflar?
- Bueno, gruchisflar está entre gruñir y silbar con una especie de estornudo en el medio: quizás algún día lo oigas por ahí, en el bosque... y cuando lo hayas oído... ¡tendrás más que de sobra! ¿Pero quién te ha recitado todos estos versos tan difíciles?
- Los leí en un libro -dijo Alicia-. Pero alguien..., creo que fue Tweedledee..., me ha recitado versos mucho más fáciles que éstos.
- Por lo que a versos se refiere -exclamó Humpty Dumpty levantando una de sus manos-, ya sabes que puedo recitar tanto o mejor que cualquiera, si viene al caso...
- Bien, pero aunque venga, no es preciso hacer caso... -le atajó Alicia, para que no se lanzara a declamar.
- El poema que voy a recitar -prosiguió sin reparar en la respuesta de la niña- fue escrito enteramente para tu deleite y entretenimiento.
Alicia comprendió que no había más remedio que escucharlo; así que se sentó y le dio resignadamente las gracias.

Cuando blancos están los campos en invierno
te canto esta canción para tu gozo interno.

- ... sólo que, propiamente, no la canto -comentó.
- Ya lo veo -dijo Alicia.
- Si eres capaz de ver si la canto o no -observó severamente Humpty Dumpty- es que tienes una vista más aguda que la mayoría de los mortales. -Alicia se calló.

Cuando al final el campo rebrote en primavera
trataré de expresarte mi intención verdadera.

- Muchísimas gracias -dijo Alicia.

Cuando los días tan largos se vuelvan en verano
comprenderás mi canto un poco más temprano.

Cuando secos los tallos estén en el otoño,
imagínate en ellos pintado algún retoño.

- Lo haré, si entonces aún logro acordarme -le aseguró Alicia.
- No es preciso que sigas haciendo comentarios de este tipo -dijo Humpty Dumpty-: no tienen ni pies ni cabeza y me ponen nervioso.

He enviado esta nota a los peces del mar:
"Es cuanto más o menos yo puedo desear."

Los viles pececitos, a mi urgente misiva,
contestan con lacónica expresión negativa.

Ésta fue su respuesta a vuelta de correo:
"Lo haríamos, señor, de ser capaces, pero..."

- Me temo que no lo entiendo muy bien -dijo Alicia.
- Lo que sigue es más fácil -replicó Humpty Dumpty.

Les envié enseguida una nueva misiva:
"No me deis nunca más otra nueva evasiva."

Los peces contestaron no sin cierta ironía:
"¡Qué genio! Controlad vuestro arranque de ira."

Los previne una vez, los previne dos veces:
¡a escucharme se niegan los desdichados peces!

Me agencié en la cocina la olla más contundente,
que juzgué para el caso como más convincente.

Tac-tac da el corazón: todo castigo es poco.
Llené la gran caldera: el pulso me iba loco.

Mas alguien vino a verme; ¡cuánto llanto derrama
por los peces enfermos que yacen en la cama!

Le dije claramente, le dije con franqueza:
"Pues vas y los despiertas con vigor y firmeza."

Mi voz era tan recia que parecía un rugido:
se lo dije furioso, se lo grité al oído.

Al recitar esta estrofa, Humpty Dumpty alzó tanto la voz que casi sonó como un aullido y Alicia, estremecida, pensó: "¡Por nada del mundo hubiera yo querido estar en la piel de ese mensajero!"

"¿Por qué, si no soy sordo -me dijo aquel maldito,
tan tieso como un huso- clamas a voz en grito?"

Y el tipo tieso y fatuo, muy pagado de sí,
me dijo: "Bien, yo iría a despertarlos si..."

Cogí un tirabuzón que encontré en un estante
y los fui a despertar por mi cuenta al instante.

Y cuando vi la puerta que estaba con cerrojo,
la empujé y sacudí y golpeé con enojo.

Pero al ver que la puerta tenía puesto el cierre,
la maniobré con rabia, articulé una erre...

Hubo una larga pausa.
- ¿Eso es todo? -preguntó tímidamente Alicia.
- Todo -dijo Humpty Dumpty-. ¡Y adiós!
Traducción de Luis Maristany

Charles Lutwidge Dodgson, Lewis Carroll, buen matemático y mejor fotógrafo, escribió Alice's Adventures in Wonderland en 1865, trasladando al papel las historias que tres años antes había narrado durante un viaje en barca por el Támesis a sus tres pequeñas amigas, las hermanas Liddell, hijas del decano de Christ Church: Lorina, Alice y Edith, Prima, Secunda y Tertia del poema inicial, que contaban entonces trece, diez y ocho años. Tuvo un éxito inmediato y clamoroso, de modo que en 1871 publicó Through the Looking-Glass, una especie de segunda parte. El fragmento que acaban de leer pertenece a esta obra. Más tarde, en 1876, publicaría el poema La caza del Snark. Todos ellos en la más pura tradición del nonsense, tan querido por los británicos.
En sus últimos años se dedicó a escribir trabajos de lógica simbólica.
Cuentan que a la reina Victoria le gustó tanto Alicia en el País de las Maravillas, que ordenó le enviasen inmediatamente todo lo que escribiese Carroll a partir de entonces. El primer libro que recibió fue un tratado de Matemáticas.