Había un señor llamado Gran Personaje
para quien Cielo y Tierra no eran más que
una mañana de su vida,
una miríada de tiempo,
apenas un instante,
el sol y la luna,
una puerta y una ventana a sus ojos,
las ocho direcciones, la frontera del país y
viajaba por doquier sin dejar huellas ni rastro,
sin tener domicilio fijo, ni choza, ni habitación,
por cortinas el cielo, por mantas la tierra,
él vagaba por todos lados según sus ganas.
Cuando descansaba sostenía un vaso y
cuando andaba llevaba una botella,
que el vino, y sólo el vino, tenía como pertenencias,
¡qué le importaba a él el resto!
Y había un noble, un tal Gran Duque Importante y
un erudito retirado, el Señor Me lo Sé Todo,
quienes escucharon rumores
del comportamiento de nuestro héroe
y se acercaron a él para discutir
acerca de esto y de aquello.
Sacudiendo sus mangas y llenando su pecho
con miradas fulminantes y dientes apretados
estuvieron dando cátedra
acerca de los ritos y las leyes y
qué sí y que no, bueno y malo,
se levantaban como picas.
A todo esto el Gran Personaje
tomó su jarra llena hasta el cuello
y se bebió todas las líneas,
sacudió su barba,
se reclinó contra un tronco y
estiró sus piernas,
apoyó su cabeza en una madera y
cómodo con su trapos,
sin pensar siquiera, sin ninguna ansiedad,
su felicidad suave e inalterable,
ora totalmente perplejo por el vino
ora apenas atento,
escuchaba en calma el rugir del trueno,
o fijaba su mirada sin ver
en la gran cabeza del sabelotodo.
El frío o el calor no le afectan,
de ganancias o deseos no padece tirones,
mira hacia las cosas mundanas, con todos sus enredos,
como si pasaran hojitas flotando por el río,
con sus dos lugartenientes
esperando respuestas a su lado
él contempla cómo las tijeretas vuelan,
sus ires y venires...