Lo sé porque me duele la espalda
y tengo en la boca canicas de colores de tardes de recreo.
Guardaba los secretos en cajas de cartón agujereadas
llenas de gusanos blancos y suaves
y lloraba cuando decidían volverse mariposas
y cubrirlo todo con huevos diminutos.
Lloraba y hacía llorar a la lluvia
y desconsolada mojaba los pies en cada charco.
También tuve galápagos que enterré en cajas grandes de cerillas
y lloré mucho porque aquéllos no se volvieron nada,
decidieron un día darse la vuelta y esperar a morir panza arriba.
Es triste siendo niña ver morir pequeños seres
que tantas horas pasan robándote los ojos.
Descubrir a la carpa ahogada en su locura
y cuidar estorninos caídos de su nido
y muertos desde el instante en que su madre los tira.
Enterrarlos a todos y cubrir su silencio con flores de jara
e imitar a los viejos en sus rezos susurrados
y creer que están vivos porque brilla la noche
y los grillos son ellos que se han vuelto fantasmas.
