Un sueño soñaba anoche
soñito del alma mía,
soñaba con mis amores,
que en mis brazos los tenía.
Vi entrar señora tan blanca,
muy más que la nieve fría.
-¿Por dónde has entrado, amor?
¿Cómo has entrado, mi vida?
Las puertas están cerradas
ventanas y celosías.
-No soy el amor, amante:
la Muerte que Dios te envía
-¡Ay, Muerte tan rigurosa,
déjame vivir un día
-Un día no puede ser,
una hora tienes de vida.
Muy deprisa se calzaba,
más deprisa se vestía;
ya se va para la calle,
en donde su amor vivía.
-¡Ábreme la puerta, blanca,
ábreme la puerta, niña
-¿Cómo te podré yo abrir
si la ocasión no es venida?
Mi padre no fue al palacio,
mi madre no está dormida.
-Si no me abres esta noche,
ya no me abrirás, querida;
la Muerte me está buscando,
junto a ti vida sería.
-Vete bajo la ventana
donde labraba y cosía,
te echaré cordón de seda
para que subas arriba,
y si el cordón no alcanzare,
mis trenzas añadiría.
La fina seda se rompe;
la Muerte que allí venía:
-Vamos, el enamorado,
que la hora ya está cumplida.
ROMANCE DEL REY DON SANCHO ORDÓÑEZ (ROMANCES DEL CONDE FERNÁN GONZÁLEZ)
Castellanos y leoneses tienen grandes divisiones.
El conde Fernán González y el buen rey don Sancho Ordóñez,
sobre el partir de las tierras, y el poner de los mojones,
llamábanse hi-de-putas, hijos de padres traidores;
echan mano a las espadas, derriban ricos mantones:
no les pueden poner treguas cuantos en la corte son,
pónenselas dos hermanos, aquestos benditos monjes.
Pónenlas por quince dias, que no pueden por más, non
que se vayan a los prados que dicen de Carrión.
Si mucho madruga el rey, el conde no dormia, no;
el conde partió de Burgos, y el rey partió de León.
Venido se han a juntar al vado de Carrión,
y a la pasada del río movieron una quistión:
los del rey que pasarían, y los del conde que non.
El rey, como era risueño, la su mula revolvió;
el conde con lozanía su caballo arremetió;
con el agua y el arena al buen rey ensalpicó.
Allí hablara el buen rey, su gesto muy demudado:
-¡Cómo sois soberbio, el conde! ¡cómo sois desmesurado!
si no fuera por las treguas que los monjes nos han dado,
la cabeza de los hombros ya vos la hubiera quitado;
con la sangre que os sacara yo tiñera aqueste vado.
El conde le respondiera, como aquel que era osado:
-Eso que decís, buen rey, véolo mal aliñado;
vos venís en gruesa mula, yo en ligero caballo;
vos traeis sayo de seda, yo traigo un arnés tranzado;
vos traeis alfanje de oro, yo traigo lanza en mi mano;
vos traeis cetro de rey, yo un venablo acerado;
vos con guantes olorosos, yo con los de acero claro;
vos con la gorra de fiesta, yo con un casco afinado;
vos traeis ciento de mula, yo trescientos de caballo.
Ellos en aquesto estando, los frailes que han allegado:
-¡Tate, tate, caballeros! ¡tate, tate, hijosdalgo!
¡Cuán mal cumplisteis la treguas que nos habíades mandado!
Allí hablara el buen rey: -Yo las cumpliré de grado.
Pero respondiera el conde: -Yo de pies puesto en el campo.
Cuando vido aquesto el rey, no quiso pasar el vado;
vuélvese para sus tierras; malamente va enojado.
Grandes bascas va haciendo, reciamente va jurando
que había de matar al conde y destruir su condado,
y mandó llamar a cortes; por los grandes ha enviado:
todos ellos son venidos, sólo el conde ha faltado.
Mensajero se le hace a que cumpla su mandado:
el mensajero que fue de esta suerte le ha hablado.
ROMANCE DEL CONDE FERNÁN GONZÁLEZ
(ROMANCES DEL CONDE FERNÁN GONZÁLEZ)
-Buen conde Fernán González, el rey envía por vos,
que vayades a las cortes que se hacían en León;
que si vos allá vais, conde, daros han buen galardón:
daros ha a Palenzuela y a Palencia la mayor,
daros ha a las nueve villas, con ellas a Carrión,
daros ha a Torquemada, la torre de Mormojón.
Buen conde, si allá no ides daros hían por traidor.
Allí respondiera el conde y dijera esta razón:
-Mensajero eres, amigo, no mereces culpa, no;
yo no he miedo al rey, ni a cuantos con él son.
Villas y castillos tengo, todos a mi mandar son;
de ellos me dejó mi padre, de ellos me ganara yo;
los que me dejó el mi padre poblélos de ricos hombres,
las que me ganara yo poblélas de labradores;
quien no tenía más que un buey dábale otro, que eran dos,
al que casaba su hija dole yo muy rico don;
cada día que amanece por mí hacen oración,
no la hacían por el rey, que no lo merece, non,
él les puso muchos pechos1 y quitáraselos yo.
1 Abū al-Hasan 'Ali ben Saad (أبو الحسن علي), rey de Granada, llamado Muley Hassan o Muley Hacén, penúltimo monarca de Granada, padre de Boabdil el Chico. Perdió Alhama a manos de los cristianos el 28 de febrero de 1482, en represalia por la toma nazarí de Zahara, lo que significó el inicio de la Guerra de Granada.
Una leyenda dice que, hastiado de su trato con los hombres, dispuso que a su fallecimiento fuese enterrado en el lugar más alto, cercano al cielo y alejado de la civilización: en el pico Mulhacén (de ahí el nombre de la máxima altura de la península ibérica). Desde entonces fueron muchas las búsquedas que se realizaron en la montaña para localizar la tumba del monarca, pero nunca fue encontrada. (Wiki)
2 Caxas de guerra: tambores.
3 Batalla: hueste.
4 Es verosímil la enérgica intervención de tal personaje, autoridad oficial en derecho y aquí con el prestigio de la edad. Pocos años después, algunos alfaquíes de Granada instaron al entonces rey Boabdil para que fuera a socorrer a Baza, otro lugar estratégico en la defensa del reino agonizante. Fue inútil, y perdieron sus cabezas. Probablemente ignoraban que Boabdil cobraba ya una pensión de los Reyes Católicos y había pactado la transformación de Granada y parte de su territorio en un Ducado vasallo del reino español.
5 La poderosa familia granadina de los Abencerrajes.
6 Alude a la estirpe de Pedro Venegas, de origen cristiano. Un hijo suyo llegó a ser visir y privado de Muley Hassan.
Romance del rey moro que perdió Alhama - Joaquín Díaz
Media noche era por filo, los gallos querien cantar,
conde Claros con amores no podía reposar;
grandes sospiros va dando que amor le haze penar,
que el amor de Claraniña no le dexa sossegar.
Cuando vino la mañana que quería alborear,
salto diera de la cama que parece un gabilán:
-Levantad, mi camarero, dadme vestir y calçar.-
Presto estava el camarero para havérselo de dar.
Diérale calças de grana, borzeguís de cordován;
diérale jubón de seda aforrado en zarzahán;
diérale un manto rico que no se puede apreciar:
trezientas piedras preciosas alderedor del collar.
Tráele un rico cavallo que en la corte no hay su par,
que la silla con el freno bien valía una ciudad,
con trezientos cascaveles alderedor del petral:
los ciento eran de oro, y los ciento de metal
y los ciento son de plata por los sones concordar.
Ivase para el palacio, para el palacio real.
A la infanta Claraniña allá la fuera a hallar,
trezientas damas con ella que la van acompañar.
Tan linda va Claraniña, que a todos haze penar.
Conde Claros que la vido luego va descavalgar;
las rodillas por el suelo le començó de hablar:
-Mantenga Dios a tu alteza.- -Conde Claros, bien vengáis.-
Las palabras que prosigue eran para enamorar:
-Conde Claros, conde Claros, el señor de Montalván,
¡cómo avéis hermoso cuerpo para con moros lidiar!-
Respondiera el conde Claros, tal respuesta le fue a dar:
-Mejor le tengo, señora, para con damas holgar.
Si yo os tuviesse esta noche, señora, a mi mandar,
otro día en la mañana con cien moros pelear,
si a todos no los venciesse me mandássedes matar.-
-Calledes, conde, calledes, y no os queráis alabar.
Los que quieren servir damas assí lo suelen hablar
y al entrar en las batallas bien se saben escusar.-
-Si no lo creéis, señora, por las obras se verá.
Siete años son passados que os empecé de amar,
que de noche yo no duermo, ni de día puedo holgar.-
-Siempre tuvistes, el conde, de las damas os burlar.
Mas dexadme ir a los baños, a los baños a bañar;
cuando yo sea bañada estoy a vuestro mandar.-
Allí respondiera el conde, tal respuesta le fue a dar:
-Bien sabedes vos, señora, que soy caçador real;
caça que tengo en la mano nunca la puedo dexar.-
Tomárala por la mano y para un vergel se van;
a la sombra de un ciprés, debaxo de un rosal,
de la cintura arriba tan dulces besos se dan,
de la cintura abaxo como hombre y muger se han.
Mas Fortuna que es adversa, que a plazeres da pesar,
por aí passó un caçador, que no deviera passar,
detrás de una podenca, que ravia deviera matar.
Vido estar al conde Claros con la infanta a bel holgar.
El conde cuando lo vido empeçóle de llamar:
-Ven acá tú, el caçador, assí Dios te guarde de mal;
de todo lo que has visto tú nos tengas poridad.
Darte he yo mil marcos de oro, y si más quisieres, más;
casarte he con una donzella que era mi prima carnal:
darte he en arras y en dote la villa de Montalván;
de otra parte la infanta mucho más te puede dar.-
El caçador sin ventura no les quiso escuchar.
Vase para los palacios adonde el buen rey está.
-Manténgate Dios, el rey, y a tu corona real.
Una nueva yo te traigo dolorosa y de pesar,
que no te cumple traer corona ni en cavallo cavalgar,
corona de la cabeça bien te la puedes quitar
si tal deshonra como ésta la huviesses de comportar:
que he hallado a la infanta y a Claros de Montalván
besándola y abraçándola en vuestro huerto real:
de la cintura abaxo como hombre y muger se han.
El rey con grande enojo al caçador mandó matar,
porque havía sido osado de tales nuevas llevar.
Mandó llamar alguaziles a priessa y no de vagar;
mandó armar quinientos hombres para los acompañar,
para que prendan al conde y le ayan de tomar;
mandara cerrar las puertas, las puertas de la ciudad.
A las puertas del palacio allá le fueron a hallar.
Preso llevan al buen conde con mucha seguridad,
unos grillos a los pies que bien pesan un quintal,
las esposas a las manos que era dolor de mirar,
una cadena a su cuello que de hierro es el collar;
caválganle en una mula por más deshonra le dar.
Metiéronle en una torre de muy gran escuridad;
las llaves de la prisión el rey las quiso llevar,
porque sin licencia suya nadie le pueda hablar.
Por él rogavan los grandes, cuantos en la corte están;
por él rogava Oliveros, por él rogava Roldán
y ruegan los doze Pares de Francia la natural;
y los monjes de sant Ana con los de la Trinidad
llevavan un crucifixo para mejor le rogar;
con ellos va un arçobispo y un perlado cardenal.
Mas el rey con gran enojo a nadie quiso escuchar;
antes, de muy enojado, sus grandes mandó llamar.
Cuando ya los tuvo juntos empeçóles de hablar:
-Amigos y hijos míos, a lo que vos hize llamar:
ya sabéis del conde Claros, el señor de Montalván,
de cómo le he criado hasta ponelle en edad
y le he guardado su tierra, que su padre le fue a dar,
el que morir no devía, Reinaldos de Montalván;
y por hazerle más grande de lo mío le quise dar:
hízele gobernador de mi reino natural.
Él por darme galardón, mirad, en qué fue a tocar:
que quiso forçar la infanta, hija mía natural.
Hombre que lo tal comete ¿qué sentencia le han de dar?-
Todos dizen a una voz que lo ayan de degollar.
Y assí la sentencia dada, el buen rey la fue a firmar.
El arçobispo que esto viera al buen rey fuera a hablar,
pidiéndole por merced licencia le quiera dar
para ir a ver el conde su muerte le denunciar.
-Plázeme -dixo el buen rey-, plázeme de voluntad,
mas con esta condición: que solo avéis de andar
con aqueste pagezico de quien puedo bien fiar.-
Ya se parte el arçobispo y a las cárceles se va.
Las guardas desque lo vieron luego le dexan entrar;
con él iva el pagezico que le va acompañar.
Cuando vido estar al conde en tal prisión y pesar,
las palabras que le dize dolor es de le escuchar:
-Pésame de vos, el conde, cuanto me puede pesar,
que los yerros por amores dignos son de perdonar.
De vos me pesa, el buen conde, porque assí os quieren tratar,
que los yerros que hezistes dignos son de perdonar.
Por vos he rogado al rey; nunca me quiso escuchar,
antes ha dado sentencia que os ayan de degollar.
Yo os lo dixe, sobrino, que os dexéssedes de amar,
que el que las mugeres ama atal galardón le dan:
que aya de morir por ellas y en cárceles penar.-
Respondiera el buen conde con esfuerço singular:
-Calléis por Dios, el mi tío, no me queráis enojar.
Quien no ama a las mugeres no se puede hombre llamar;
mas la vida que yo tengo por ellas quiero gastar.-
Respondía el pagezico, tal respuesta le fue a dar:
-Conde bienaventurado siempre os deven llamar,
porque muerte tan honrada por vos aya de passar.
Más enbidia he de vos, conde que manzilla ni pesar;
más querría ser vos, conde, que el rey que os manda matar,
porque muerte tan honrada por mí huviesse de passar.
Llama yerro a la Fortuna quien no la sabe gozar.
La priessa del cadahalso vos, conde, la devéis dar;
si no es dada la sentencia, vos la devéis de firmar.-
El conde que esto oyera tal respuesta le fue a dar;
-Por Dios te ruego, el paje, en amor de caridad,
que vayas a la princesa de mi parte a le rogar,
que suplico a su alteza que ella me salga a mirar,
que en la hora de mi muerte yo la pueda contemplar,
que si mis ojos la veen mi alma no penará.-
Ya se parte el pagezico, ya se parte, ya se va,
llorando de los sus ojos que quisiera rebentar.
Topara con la princesa, bien oiréis lo que dirá:
-Agora es tiempo, señora, que ayáis de remediar,
que vuestro querido, el conde, lo llevan a degollar.-
La infanta que esto oyera, en la tierra muerta cae.
Damas, dueñas y donzellas no la pueden retornar
hasta que llegó su aya, la que la fue a criar:
-¿Qué es aquesto, la infanta? Aquesto ¿qué puede estar?-
-¡Ay triste de mí, mezquina, que no sé qué remedio dar!,
que si al conde me matan avré desesperar.-
-Saliéssedes vos, mi hija, saliéssedeslo a quitar.-
Ya se parte la infanta, ya se parte, ya se va.
Fuese para el mercado donde lo han de sacar;
vido estar el cadahalso en que lo han de justiciar,
damas, dueñas y donzellas que lo salen a mirar;
Vio venir la gente d'armas que lo traen a matar,
los pregoneros delante por su yerro publicar.
Con el poder de la gente ella no podía passar.
-Apartadvos, gente d'armas, todos me hazed lugar,
si no... ¡por vida del rey, a todos mande matar!-
La gente que la conoce luego le hazen lugar
hasta que llegó al conde y le empeçara de hablar:
-Esforçá, esforçá, el buen conde, y no queráis desmayar,
que aunque yo pierda la vida, la vuestra se ha de salvar.-
El alguazil que esto oyera començó de caminar;
vase para los palacios adonde el buen rey está.
-Cavalgue la vuestra alteza, apriessa y no de vagar,
que salida es la infanta para el conde nos quitar.
Los unos manda que maten y los otros enforcar.
Si tu alteza no socorre, yo no puedo remediar.-
El buen rey de que esto oyera començó de caminar,
y fuese para el mercado adonde el buen conde está.
-¿Qué es aquesto, la infanta? Aquesto, ¿qué puede estar?
La sentencia que yo he dado ¿vos la queréis revocar?
Yo juro por mi corona, por mi corona real,
que si heredero tuviesse que me huviesse de heredar,
que a vos y al conde Claros vivos vos haría quemar.-
-Que vos me matéis, mi padre, muy bien me podéis matar.
Mas suplico a vuestra alteza que se quiera él acordar
de los servicios passados de Reinaldos de Montalván,
que murió en las batallas, por su corona ensalçar:
por los servicios del padre al hijo devéis galardonar;
por malquerer de traidores vos no lo devéis matar,
que su muerte será causa que me aya de disfamar.
Mas suplico a vuestra alteza que se quiera consejar,
que los reyes con furor no deven sentencia dar,
porque el conde es de linaje del reino muy principal,
porque él era de los Doze que a tu mesa comen pan:
sus amigos y parientes todos te querrían mal,
rebolverte han cruda guerra, tus reinos se perderán.-
El rey que aquesto oyera començara a demandar:
-Consejo os pido, los míos, que me queráis consejar.-
Luego todos se apartaron por su consejo tomar.
El consejo que le dieron, que lo aya de perdonar
por quitar males y bregas y por la princesa affamar.
Todos firman el perdón, el buen rey fue a firmar.
También le aconsejaron, consejo le fueron dar,
pues la infanta quería al conde con ella aya de casar,
Ya perdonavan al conde, ya lo mandan desferrar.
Descavalga de una mula, el arçobispo a los desposar;
él tomólos de las manos y assí los huvo a juntar.
Los enojos y pesares en plazer van a tornar.
Yo me adamé una amiga dentro en mi corazón;
Catalina había por nombre, no la puedo olvidar, no.
Rogóme que la llevase a las tierras de Aragón.
-Catalina, sois mochacha, no podréis caminar, no.
-Tanto andaré, el caballero, tanto andaré como vos;
si lo dejáis por dineros, llevaré para los dos,
ducados para Castilla, florines para Aragón.-
Ellos en aquesto estando, la justicia que llegó.
Nunca fuera caballero de damas tan bien servido,
como fuera Lanzarote cuando de Bretaña vino,
que dueñas curaban dél, doncellas del su rocino.
Esa dueña Quintañona, ésa le escanciaba el vino,
la linda reina Ginebra se lo acostaba consigo;
y estando al mejor sabor, que sueño no había dormido,
la reina toda turbada un pleito ha conmovido:
-Lanzarote, Lanzarote, si antes hubieras venido
no hablara el orgulloso las palabras que había dicho,
que a pesar de vos, señor, se acostaría conmigo.-
Ya se arma Lanzarote de gran pesar conmovido,
despídese de su amiga, pregunta por el camino.
Topó con el orgulloso debajo de un verde pino;
combátense de las lanzas, a las hachas han venido.
Ya desmaya el orgulloso, ya cae en tierra tendido,
cortárale la cabeza sin haber ningún partido;
Vuélvese para su amiga, donde fue bien recibido.
¡Quién hubiese tal ventura sobre las aguas del mar
como hubo el conde Arnaldos la mañana de San Juan!
Con un falcón en la mano la caza iba a cazar,
vio venir una galera que a tierra quiere llegar,
las velas traía de seda, la ejarcia de un cendal;
marinero que la manda diciendo viene un cantar
que la mar facía en calma, los vientos hace amainar,
los peces que andan nel hondo arriba los hace andar,
las aves que andan volando nel mástel las faz posar.
Allí fabló el conde Arnaldos, bien oiréis lo que dirá:
"Por Dios te ruego, marinero, dígasme ora ese cantar."
Respondióle el marinero, tal respuesta le fue a dar:
"Yo no digo esta canción sino a quien conmigo va."
El romance del conde Arnaldos se ha conservado en cuatro versiones antiguas impresas (en un pliego suelto del siglo XVI, en el Cancionero de Londres, en el Cancionero de romances de 1550 y en el Cancionero de romances sin año) y varias otras en la tradición oral sefardí moderna. Hay entre ellas divergencias múltiples, pero sí es común a casi todas la notable extensión del poema, frente a la versión conservada en el Cancionero de romances sin año. Esta versión, que es la aquí editada, se centra en el poder del canto órfico del marinero, ya que la "ventura" de la que se habla en el primer verso no llega a saberse cuál sea, y la negativa del marinero a contarla potencia su ambigüedad y su magia.
[...] La imposibilidad de situar la fecha precisa del origen del romance y de su contenido primitivo ha dado lugar a las más variadas interpretaciones: para unos tiene un sentido "místico-alegórico", otros lo miran como reflejo del poder mágico de la música o como un canto que lleva consigo el secreto del mar, otros le atribuyen un simbolismo "mágico-erótico" e incluso diabólico, interpretaciones que muestran el interés que en sí tiene este romance. FRANCISCO RICO
"Que por mayo era, por mayo, cuando hace la calor,
cuando los trigos encañan y están los campos en flor,
cuando canta la calandria y responde el ruiseñor,
cuando los enamorados van a servir al amor;
sino yo triste, cuitado, que vivo en esta prisión;
que ni sé cuándo es de día ni cuándo las noches son,
sino por una avecilla que me cantaba al albor;
matómela un ballestero; ¡déle Dios mal galardón!
Cabellos de mi cabeza lléganme al corvejón,
los cabellos de mi barba por manteles tengo yo,
las uñas de las mis manos, por cuchillo tajador.
Si lo hacía el buen rey, hácelo como señor;
si lo hace el carcelero, hácelo como traidor.
Mas quien ahora me diese un pájaro hablador,
siquiera fuese calandria, o tordico o ruiseñor,
criado fuese entre damas y avezado a la razón;
que le lleve una embajada a mi esposa Leonor,
que me envíe una empanada, no de trucha ni salmón,
sino de una lima sorda y de un pico tajador:
la lima para los hierros y el pico para la torre."
Oídolo había el rey, mandóle quitar prisión.
Es posible que el romance formase parte de un cantar de gesta; pero al quedar aislado y perderse la memoria de aquél, la fuerza poética del fragmento se potenció extraordinariamente.
ROMANCE DE LA JURA DE SANTA GADEA (ROMANCES ÉPICOS - CICLO DEL CID)
En Santa Gadea de Burgos do juran los hijosdalgo,
allí toma juramento el Cid al rey castellano,
sobre un cerrojo de hierro y una ballesta de palo.
Las juras eran tan recias que al buen rey ponen espanto.
-Villanos te maten, rey, villanos, que non hidalgos;
abarcas traigan calzadas, que no zapatos con lazo;
capas traigan aguaderas, no capuces ni tabardos;
con camisones de estopa, no de holanda ni labrados;
cabalguen en sendas burras, que no en mulas ni en caballos;
las riendas traigan de cuerda, no de cueros fogueados;
mátente por las aradas, no en camino ni en poblado;
con cuchillos cachicuernos, no con puñales dorados;
sáquente el corazón vivo, por el derecho costado,
si no dices la verdad de lo que te es preguntado:
si tú fuiste o consentiste en la muerte de tu hermano.
Las juras eran tan fuertes que el rey no las ha otorgado.
Allí habló un caballero de los suyos más privado:
-Haced la jura, buen rey, no tengáis de eso cuidado,
que nunca fue rey traidor ni Papa descomulgado.
Jura entonces el buen rey, que en tal nunca se ha hallado.
Después habla con el Cid malamente y enojado:
-Mucho me aprietas, Rodrigo, Cid, muy mal me has conjurado;
mas si hoy me tomas la jura, después besarás mi mano.
-Aqueso será, buen rey, como fuer galardonado,
porque allá en cualquier tierra dan sueldo a los hijosdalgo.
-¡Vete de mis tierras, Cid, mal caballero probado,
y no me entres más en ellas dende este día en un año!
-Que me place -dijo el Cid-, que me place de buen grado,
por ser la primera cosa que mandas en tu reinado.
Tú me destierras por uno, yo me destierro por cuatro.
Ya se partía el buen Cid, sin al rey besar la mano;
ya se parte de sus tierras, de Vivar y sus palacios:
las puertas deja cerradas, los alamudes echados,
las cadenas deja llenas de podencos y de galgos;
sólo lleva sus halcones, los pollos y los mudados.
Con él iban los trescientos caballeros hijosdalgo;
los unos iban a mula y los otros a caballo;
todos llevan lanza en puño, con el hierro acicalado,
y llevan sendas adargas con borlas de colorado.
Por una ribera arriba al Cid van acompañando;
acompañándolo iban mientras él iba cazando.
La jura de Santa Gadea en Burgos, cuyo relato aparece prosificado en las crónicas del siglo XIII (la Primera crónica general y la Crónica particular del Cid), parece proceder de un cantar de gesta perdido del siglo XII, intermedio quizás entre el Cantar de Sancho II y el Cantar del Cid. Es cierto que este episodio constituye un acertado final para el primero de los dos (sería el motivo principal el de la fidelidad del Cid a don Sancho) y, al tiempo, un adecuado principio para el Cantar del Cid (se justificaría así el destierro). [...]
El romance, partiera o no de un hecho histórico, adquiere en el ámbito literario un valor que le otorga la independencia suficiente como para obviar el problema de la autenticidad del hecho. FRANCISCO RICO
moro que en tal signo nace, no debe decir mentira.
Allí respondiera el moro, bien oiréis lo que decía:
-No te la diré, señor, aunque me cueste la vida,
porque soy hijo de un moro y una cristiana cautiva;
siendo yo niño y muchacho mi madre me lo decía:
que mentira no dijese, que era grande villanía;
por tanto pregunta, rey, que la verdad te diría.
-Yo te agradezco, Abenámar, aquesta tu cortesía.
¿Qué castillos son aquellos? ¡Altos son y relucían!
-El Alhambra era, señor, y la otra la mezquita;
los otros los Alixares, labrados a maravilla.
El moro que los labraba cien doblas ganaba al día,
y el día que no los labra otras tantas se perdía.
El otro es Generalife, huerta que par no tenía;
el otro Torres Bermejas, castillo de gran valía.
Allí habló el rey don Juan, bien oiréis lo que decía:
-Si tú quisieses, Granada, contigo me casaría;
daréte en arras y dote a Córdoba y a Sevilla.
-Casada soy, rey don Juan, casada soy, que no viuda;
el moro que a mí me tiene muy grande bien me quería.
Uno de los romances fronterizos más conocidos y celebrados es éste dedicado a Abenámar, personaje identificado por algunos con Yusuf ibn al-Mawl, que intervino en uno de los tres destronamientos de Abú-Allah Muhammad VIII, el Izquierdo, uniendo sus fuerzas con el monarca castellano Juan II, con quien obtuvo el triunfo en la batalla de Higueruela. Reinó durante seis meses, falleciendo después. Otros piensan que Abenámar fue el capitán Abenalamit, quien, después de una temporada de paz en la que estuvo a sueldo de Juan II, pidió a éste licencia para dirigirse a Túnez, licencia que el rey le concedió, como atestiguan varias crónicas: la Crónica de Juan II, de Pérez de Guzmán, la Crónica del Halconero de Carrillo de Huete, y la refundición que de ésta hizo Lope de Barrientos.
En el romance se aprecia la confrontación de culturas en el siglo XV. (Datos extraídos de una edición del Romancero a cargo de Francisco Rico)
Los romances comienzan a ser mencionados, recogidos e imitados en el siglo XV, pero ya entonces los llamaban viejos. Fueron transmitidos por tradición oral y publicados a partir del siglo XVI.
La palabra romance aparece por primera vez en el Prohemio del Marqués de Santillana, escrito entre 1445 y 1448: Infinitos poetas son aquellos que, sin ningún orden, regla ni cuento, facen estos cantares e romances , de que las gentes de baja e servil condición se alegran.
Todos los romances viejos son anónimos. Carvajales es el primer poeta conocido que firma dos romances (1442), publicados en el Cancionero de Stúñiga.
Origen de los Romances
Hay varias teorías: Manuel Milà i Fontanals, Marcelino Menéndez Pelayo y Ramón Menéndez Pidal creen que los romances son restos de los cantares de gesta. Los juglares y troveros recitaban aquellos restos que recordaban -modificándolos- en caminos, plazas y ferias, y la gente los memorizaba. Había juglares de variada condición: juglares de boca -con instrumentos de viento-, juglares de péñola -con instrumentos de cuerda-, tromperos, saltadores, juglaresas, cantaderas, troteras, entendederas y omes de atambor.
Agustín Durán y Julio Cejador piensan que el romance fue la primera manifestación de la epopeya castellana: Tal poesía -dice Durán- empezó por el inculto pueblo, se continuó por los juglares, y más tarde se aceptó por los poetas para devolverla a su origen más bella y perfecta.
Sea como fuere, es razonable pensar que el origen de los romances coincide con la época en que los castellanos comienzan a reafirmarse en su lengua y su cultura, espoleados por los éxitos en el campo militar, que querían hacer patentes. Debió ser, por tanto, en los siglos X y XI.
Estructura del Romance
El romance está formado por versos octosílabos, aunque el romancillo consta de menos sílabas y el romance histórico generalmente de más. Los versos suelen ir en grupos de cuatro y -esto es fundamental- los impares son libres, carecen de rima, y los pares son asonantes.*
Clasificación de los Romances
Distintos estudiosos han clasificado los romances de muy diversas maneras, pero quizá una de las clasificaciones más completas sea la de Marcelino Menéndez Pelayo:
I. Romances históricos:
a) El rey don Rodrigo y la pérdida de España.
b) Bernaldo del Carpio.
c) El Conde Fernán González y sus sucesores.
d) Los Infantes de Lara.
e) El Cid.
f) Romances históricos varios.
g) El rey don Pedro.
i) Romances históricos de tipo no castellano.
II. Romances del ciclo carolingio.
III. Romances del ciclo bretón.
IV. Romances novelescos sueltos.
V. Romances líricos.
* La asonancia se da entre dos o más palabras cuando en sus terminaciones tienen vocales iguales desde la última acentuada: rosa, boda, honda..., son palabras asonantes.
(Información extraída del prólogo de FEDERICO CARLOS SAINZ DE ROBLES para una edición del Romancero)
ROMANCE QUE DICE:
MIRA NERO DE TARPEYA (ROMANCE HISTÓRICO)
Mira Nero, de Tarpeya, a Roma cómo se ardía:
gritos dan niños y viejos y él de nada se dolía;
el grito de las matronas sobre los cielos subía,
como ovejas sin pastor unas a otras corrían,
perdidas, descarriadas, a las torres se acogían.
Los siete montes romanos lloro y fuego los hundía;
en el grande Capitolio suena muy gran vocería,
por el collado Aventino gran gentío discurría,
en Cabalo y en Rotundo la gente apenas cabía;
por el rico Coliseo gran número se subía.
Lloraban los dictadores, los cónsules a porfía,
daban voces los tribunos, los magistrados plañían,
los cuestores lamentaban, los senadores gemían,
llora la orden ecuestre, toda la caballería,
por la crueldad de Nerón, que lo ve y toma alegría.
Siete días con sus noches la ciudad toda se ardía;
por tierra yacen las casas, los templos de tallería,
los palacios muy antiguos, de alabastro y sillería,
por tierra van en ceniza sus lazos y pedrería;
las moradas de los dioses han triste postrimería:
el templo capitolino do Júpiter se servía,
el grande templo de Apolo, y el que de Mars se decía,
sus tesoros y riquezas el fuego los derretía;
por los carneros y osarios la gente se defendía.
De la torre de Mecenas mirábala toda vía
el ahijado de Claudio, que a su padre parecía,
el que a Séneca dio muerte, el que matara a su tía,
el que antes de nueve meses que Tiberio se moría,
con prodigios y señales en este mundo nacía;
el que siguió los cristianos, el padre de tiranía,
de ver abrasar a Roma gran deleite recibía,
vestido en cénico traje descantaba en poesía.
Todos le ruegan que amanse su crueldad y porfía:
Doriforo se lo ruega, Esforo la combatía,
a sus pies Rubrio se lanza, acepte lo que pedía,
Claudia Augusta se lo ruega, ruégaselo Mesalina;
ni lo hace por Popea, ni por su madre Agripina,
no hace caso de Antonia, que la mayor se decía,
ni de padre tío Claudio ni de Lépida su tía;
Aulo Plauco se lo habla, Rufino se lo pedía,
por Británico ni Druso ninguna cuenta hacía;
los ayos se lo rogaban, el Censor y el que tenía,
a sus pies se tiende Octavio, esa queja no quería.
Cada poema es único. En cada obra late, con mayor o menor grado, toda la poesía. Cada lector busca algo en el poema. Y no es insólito que lo encuentre: ya lo llevaba dentro.