Chet Baker - Like Someone In Love

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jueves, 26 de enero de 2017

The Dry Salvages - T. S. Eliot - Inglés nacido en Estados Unidos


(The Dry Salvages -acaso originalmente les trois 
sauvages- es un pequeño conjunto de rocas en las 
que se levanta un faro. Se encuentran en la costa 
noreste de Cape Ann, Massachusetts. Salvages se 
pronuncia de modo que rime con assuages
Groaner es una boya silbante.) 


No sé mucho de dioses, mas supongo que el río
Es un dios pardo y fuerte —hosco, indómito,
    intratable,
Paciente hasta cierto punto, al principio reconocido
    como frontera;
Útil, poco de fiar, como transportador del comercio,
Luego sólo un problema para los constructores
    de puentes.
Ya resuelto el problema queda casi olvidado el gran
    dios pardo
Por quienes viven en ciudades—sin embargo,
    es implacable siempre,
Fiel a sus estaciones y sus cóleras
Destructor que recuerda
Cuanto prefieren olvidar los humanos.
No es objeto de honras
Ni actos propiciatorios por parte de los veneradores
    de las máquinas;
Está siempre esperando, acechando, esperando.
En la cuna del niño su ritmo estuvo presente,
En el frondoso ailanto del jardín en abril,
El olor de las uvas en la mesa otoñal
Y el círculo nocturno ante la luz de gas del invierno

El río está dentro de nosotros, el mar en torno
    nuestro;
El mar es también el borde de la tierra,
El granito en que se adentran las olas,
Las playas donde arroja
Sugerencias de una creación anterior y distinta:
La estrella de mar, el límulo, el espinazo
    de la ballena;
Las pozas donde ofrece a nuestra curiosidad
La anémona de mar y las algas más delicadas.
Arroja nuestras pérdidas: la jábega rota, la nasa de
    langostas maltrecha, el remo quebrado
Y los arreos de extranjeros muertos.
El mar tiene muchas voces,
Muchos dioses y muchas voces.
La sal está en la rosa silvestre,
La niebla en los abetos.
                                    El aullido del mar
Y su bramido son voces diferentes
Que a menudo se escuchan juntas: el gemir
    en los aparejos,
La amenaza y caricia de la ola que estalla
    mar adentro,
La rompiente lejana contra la dentadura de granito
Y el lamento que avisa del promontorio
    que se acerca
Todas son voces del mar, y la boya silbante
Al girar hacia tierra, y la gaviota.
Y bajo la opresión de la niebla silenciosa
El redoble de la campana, tañida sin prisa
Por la ola que se hincha allá en el fondo,
Mide el tiempo, no nuestro tiempo
Sino un tiempo más antiguo
Que el tiempo de los cronómetros, más antiguo
Que el tiempo medido por las mujeres que
    en su angustia y su insomnio
Calculan el porvenir, tratan de destejer, devanar,
    desenredar
Y remendar pasado y futuro,
Entre la medianoche y el amanecer,
Cuando es engaño ya todo el pasado,
El futuro no tiene porvenir,
Antes de que amanezca y cambien la guardia
Cuando el tiempo se detiene,
Y el tiempo no acaba nunca,
Y la ola que se hincha allá en el fondo
Y es y era desde el principio
Hace sonar la campana.


II 

¿Dónde termina aquello, este mudo gemido,
La extinción silenciosa de la flor otoñal
Que soltando sus pétalos queda inmovilizada?
¿Hay fin para los restos que flotan naufragados
Y el hueso que en la playa musita la irrezable
Plegaria a la terrible anunciación?

No hay fin y todo es suma: el desmedido Resultado
de días y horas sin final.
La emoción reflexiona ensimismada
En años de vivir entre los destrozados
Restos de lo que se creyó lo más confiable—
Y por ello más apto a la renunciación.

Hay la última suma, el desvaído
Orgullo que resiente su declive fatal,
La devoción lejana que parece borrada
Como un barco que hace agua por los cuatro
    costados,
O escuchar en silencio tañer la irremediable
Campana que te invoca, última anunciación.

¿En dónde encontrarán su fin perdido
Los que bogan al fondo de la niebla letal?
Inconcebible un tiempo sin la mar encrespada
O un océano ya limpio de restos oxidados
O un futuro no expuesto, como el irretornable
Pasado, a no tener destino, tampoco solución.

Pensemos en aquellos, desaguando el roído
Navío, desplegando las velas contra el viento brutal,
Entre bancos de arena que no está erosionada,
Cobrando su salario en muelles maltratados,
Sin zarpar en el alba para un viaje incosteable
Tras una pesca inútil que no vale su acción.

No tiene fin, no acaba, este mudo gemido,
Tampoco el marchitarse encuentra su final,
El dolor que no duele y se resuelve en nada,
El mar a la deriva, los restos destrozados,
La plegaria del hueso a la Muerte, su Diosa; tan sólo
    la irrezable
Plegaria a ti elevada, única Anunciación.

A medida que envejecemos, parece
Que el pasado tiene otra estructura y deja de ser una
mera secuencia—
O incluso un desarrollo. Esto es una falacia parcial
Estimulada por nociones superficiales de evolución
Que se vuelven en la mentalidad popular
Medios para el repudio del pasado.
En los momentos de felicidad—no la sensación
    de bienestar,
Fruición, plenitud, seguridad o afecto,
O hasta una excelente cena, no esto sino la súbita
    iluminación—
Tuvimos la experiencia pero no captamos
    el significado
Y el acercamiento al significado restaura
    la experiencia
En forma diferente, más allá de cualquier
    significado
Que asignemos a la felicidad. Antes he dicho
Que la experiencia revivida en el significado
No es la experiencia de una sola vida
Sino de muchas generaciones —sin olvidar
Algo que acaso es inefable:
La mirada hacia atrás más allá de la seguridad
De la historia escrita, la mirada hacia atrás furtiva
Hacia el terror primitivo.
Entonces llegamos a descubrir que los momentos
    de dolor
(No se discute si se deben o no a un malentendido O
a haber esperado lo erróneo o temido lo erróneo)
Son también permanentes
Con una permanencia igual a la del tiempo.
Mejor que en el nuestro lo apreciamos
En el sufrimiento de los demás, casi experimentado
Al implicarnos a nosotros mismos.
Porque nuestro pasado está cubierto por las
corrientes de la acción,
En cambio el sufrimiento ajeno sigue siendo una
    experiencia
Sin reservas ni desgaste por la erosión posterior.
La gente cambia y sonríe pero su sufrimiento
    permanece.
El tiempo destructor es también el tiempo
    preservador,
Como el río con su carga de negros muertos y reses
    muertas y jaulas de gallinas,
La manzana amarga y el mordisco en la manzana.
Y la roca mellada en las aguas sin calma,
Las olas que la cubren, la niebla que la oculta
En un día sereno, es nada más un monumento;
En tiempo navegable es siempre una señal
Para fijar el rumbo; pero en la estación sombría
O bajo la repentina furia del mar
Es lo que siempre ha sido.


III 

A veces me pregunto si es esto lo que Krishna quiso
    decir
— Entre otras cosas— o una manera de expresar
    lo mismo:
Que el futuro es una canción desvanecida, una rosa
    real o un ramo de lavanda,
De ansioso lamento por los que aún no están aquí
    para lamentarse,
Prensado entre las hojas amarillentas de un libro que
    nunca ha sido abierto.
Y el camino que sube es el camino que baja,
El camino de ida es el camino de vuelta.
No podemos afrontarlo realmente aunque
    de seguro
El tiempo no es curandero: el paciente ya no está
    aquí.
Cuando arranca el tren y los pasajeros se han
    instalado
Con sus frutas, periódicos y cartas comerciales
(Y parten del andén quienes fueron a despedirlos)
Sus caras se relajan y pasan de la preocupación
    al alivio
Al ritmo soñoliento de cien horas.
¡Adelante, viajeros! No escapan del pasado
Hacia vidas distintas ni hacia ningún futuro.
Ustedes no son los mismos que salieron
    de la estación
Ni los que llegarán a terminal alguna,
Mientras los rieles convergentes se deslizan unidos
    detrás de ustedes;
Y en la cubierta del murmurante trasatlántico,
Al observar la estela que a sus espaldas se ensancha,
No pensarán: "Ya terminó el pasado"
Ni "el futuro está por delante".
Cuando la noche cae en las antenas y en las jarcias
Hay una voz que contrapuntea (aunque no al oído,
Al susurrante caracol del tiempo,
Ni tampoco en ninguna lengua):
"Adelante, ustedes que creen estar viajando,
No son los mismos que vieron alejarse el puerto
Ni los que desembarcarán.
Aquí, entre la orilla próxima y la orilla distante,
Mientras el tiempo se retira, consideren con el mismo
    ánimo
El pasado y futuro.
En ese instante que no es de acción ni de inacción
Pueden aceptar esto: 'En toda esfera del ser
La mente humana debe estar ocupada
Por la hora de la muerte'
(Y la hora de la muerte es cada momento.)
Esta es la única acción que fructificará en las vidas
    del prójimo.
Y no piensen en el fruto de la acción.
Adelante.
          Oh viajeros, oh gente de mar,
Ustedes que llegaron a puerto y ustedes
    cuyos cuerpos
Sufrirán el proceso y el juicio del océano
U otro acontecimiento, este es su verdadero
    destino"
—Dijo Krishna, como cuando amonestó a Arjuna
En el campo de batalla.
                                No adiós
Sino adelante, viajeros.


IV 

Señora, en tu santuario que está en el promontorio,
Ruega por todos los navegantes,
Los dedicados a la pesca y aquellos
Que se ocupan en lícitos negocios
Y quienes los dirigen.

Reza también por las mujeres que han visto
Zarpar y no volver a sus maridos o a sus hijos,
Figlia del Tuo Figlio, Reina del Cielo.

Ruega también por cuantos se embarcaron
Y terminaron su viaje en la arena,
En los labios del mar
O en la sombría garganta que no los rechazará
O allí donde no puede ya alcanzarlos
El tañido de la campana del mar,
Su ángelus perpetuo.



Comunicarse con Marte, dialogar con espíritus,
Informar sobre la conducta del monstruo marino,
Trazar horóscopos, leer en las entrañas de las aves
    o en bolas de cristal,
Diagnosticar enfermedades por la firma, evocar
La biografía por las líneas de la mano
Y la tragedia por los dedos; predecir
Mediante sortilegios u hojas de té,
Adivinar lo inevitable gracias a la baraja,
Juguetear con hexagramas, o barbitúricos,
    escudriñar
La imagen que recurre en terrores preconscientes—
Explorar el útero o el féretro o los sueños:
Todos estos son los habituales pasatiempos y drogas
Y secciones de prensa; y siempre lo serán,
Especialmente algunos de ellos
Cuando exista aflicción en las naciones, perplejidad
En las costas de Asia o en la Edgware Road.
La curiosidad humana explora pasado y futuro
Y se aferra a esa dimensión. Pero aprehender
El punto en que interceden lo temporal y lo eterno
Es tarea del santo —o más que tarea
Algo que se da y quita,
En la muerte de amor de una vida entera,
Fervor y desprendimiento y entrega.
Para la mayoría de nosotros sólo existe el momento
Desatendido, el momento fuera y dentro
    del tiempo,
El acceso de distracción que se pierde en un rayo
    de luz solar,
El invisible tomillo silvestre o los relámpagos de
    invierno
O la catarata o la música tan profundamente
    escuchada
Que no se escucha en absoluto,
Pero somos la música mientras dura la música.
Estas son nada más sugerencias y conjeturas,
Sugerencias que engendran conjeturas; lo demás
Es oración, observancia, disciplina, pensamiento
    y acciones.
La sugerencia medio adivinada, el don
    semientendido, es la Encarnación.
Aquí es real la junta imposible
De las esferas de existencia.
Aquí pasado y futuro se conquistan y reconcilian
Donde la acción sería de otra manera movimiento
De lo que tan sólo es movido
Y no tiene fuente propia de movimiento
Sino que es impulsado por poderes demoníacos
    y terrenales.
Y la acción justa es libertad
Respecto al pasado y también al futuro.
Para la mayoría de nosotros éste es el objetivo
Que aquí jamás alcanzaremos.
Sólo estamos invictos porque seguimos intentando;
Nosotros, los finalmente satisfechos
Si nuestra reversión temporal nutre
(A no mucha distancia del ciprés)
La vida del suelo significante.
De Cuatro cuartetos, 1943
Traducción de José Emilio Pacheco

martes, 1 de noviembre de 2016

El Tiempo // El reloj de arena - Arte poética - Elegía de un parque - Jorge Luis Borges - Argentina / Oda al tiempo - Pablo Neruda - Chile / La leyenda del Tiempo - Federico García Lorca - España / Contraelegía - José Emilio Pacheco - México / Aquí se habla del tiempo perdido que como dice el dicho, los santos lloran - Renato Leduc - México / Pasatiempo - Mario Benedetti - Uruguay / Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda al reloj - Instrucciones para dar cuerda al reloj - Subjetividad del tiempo - Julio Cortázar - Argentina


El reloj de arena

Está bien que se mida con la dura
sombra que una columna en el estío
arroja o con el agua de aquel río
en que Heráclito vio nuestra locura.

El tiempo, ya que al tiempo y al destino
se parecen los dos: la imponderable
sombra diurna y el curso irrevocable
del agua que prosigue su camino.

Está bien, pero el tiempo en los desiertos
otra sustancia halló, suave y pesada,
que parece haber sido imaginada
para medir el tiempo de los muertos.

Surge así el alegórico instrumento
de los grabados de los diccionarios,
la pieza que los grises anticuarios
relegarán al mundo ceniciento.

Del alfil desparejo, de la espada
inerme, del borroso telescopio,
del sándalo mordido por el opio,
del polvo, del azar y de la nada.

¿Quién no se ha demorado ante el severo
y tétrico instrumento que acompaña
en la diestra del dios a la guadaña
y cuyas líneas repitió Durero?

Por el ápice abierto el cono inverso
deja caer la minuciosa arena,
oro gradual que se desprende y llena
el cóncavo cristal de su universo.

Hay un agrado en observar la arcana
arena que resbala y que declina
y, a punto de caer, se arremolina
con una prisa que es del todo humana.

La arena de los ciclos es la misma
e infinita es la historia de la arena;
así, bajo tus dichas o tu pena,
la invulnerable eternidad se abisma.

No se detiene nunca la caída.
Yo me desangro, no el cristal. El rito
de decantar la arena es infinito
y con la arena se nos va la vida.

En los minutos de la arena creo
sentir el tiempo cósmico: la historia
que encierra en sus espejos la memoria
o que ha disuelto el mágico Leteo.

El pilar de humo y el pilar de fuego,
Cartago y Roma y su apretada guerra,
Simón Mago, los siete pies de tierra
que el rey sajón ofrece al rey noruego.

Todo lo arrastra y pierde este incansable
hilo sutil de arena numerosa.
No he de salvarme yo, fortuita cosa
de tiempo, que es materia deleznable.


Arte poética

Mirar el río hecho de tiempo y agua 
y recordar que el tiempo es otro río, 
saber que nos perdemos como el río 
y que los rostros pasan como el agua. 

Sentir que la vigilia es otro sueño 
que sueña no soñar y que la muerte 
que teme nuestra carne es esa muerte 
de cada noche, que se llama sueño. 

Ver en el día o en el año un símbolo 
de los días del hombre y de sus años, 
convertir el ultraje de los años 
en una música, un rumor y un símbolo, 

ver en la muerte el sueño, en el ocaso 
un triste oro, tal es la poesía 
que es inmortal y pobre. La poesía
vuelve como la aurora y el ocaso. 

A veces en las tardes una cara 
nos mira desde el fondo de un espejo; 
el arte debe ser como ese espejo 
que nos revela nuestra propia cara. 

Cuentan que Ulises, harto de prodigios, 
lloró de amor al divisar su Itaca 
verde y humilde. El arte es esa Itaca 
de verde eternidad, no de prodigios. 

También es como el río interminable 
que pasa y queda y es cristal de un mismo 
Heráclito inconstante, que es el mismo 
y es otro, como el río interminable.


Elegía de un parque

Se perdió el laberinto. Se perdieron
todos los eucaliptos ordenados,
los toldos del verano y la vigilia
del incesante espejo, repitiendo
cada expresión de cada rostro humano,
cada fugacidad. El detenido
reloj, la entretejida madreselva,
la glorieta, las frívolas estatuas,
el otro lado de la tarde, el trino,
el mirador y el ocio de la fuente
son cosas del pasado. ¿Del pasado?
Si no hubo un principio ni habrá un término,
si nos aguarda una infinita suma
de blancos días y de negras noches,
ya somos el pasado que seremos.
Somos el tiempo, el río indivisible,
somos Uxmal, Cartago y la borrada
muralla del romano y el perdido
parque que conmemoran estos versos.



Oda al tiempo

Dentro de ti tu edad
creciendo,
dentro de mí mi edad
andando.
El tiempo es decidido,
no suena su campana,
se acrecienta, camina,
por dentro de nosotros,
aparece
como un agua profunda
en la mirada
y junto a las castañas
quemadas de tus ojos
una brizna, la huella
de un minúsculo río,
una estrellita seca
ascendiendo a tu boca.
Sube el tiempo
sus hilos
a tu pelo,
pero en mi corazón
como una madreselva
es tu fragancia,
viviente como el fuego.
Es bello
como lo que vivimos
envejecer viviendo.
Cada dia
fue piedra transparente,
cada noche
para nosotros fue una rosa negra,
y este surco en tu rostro o en el mío
son piedra o flor,
recuerdo de un relámpago.
Mis ojos se han gastado en tu hermosura,
pero tú eres mis ojos.
Yo fatigué tal vez bajo mis besos
tu pecho duplicado,
pero todos han visto en mi alegría
tu resplandor secreto.
Amor, qué importa
que el tiempo,
el mismo que elevó como dos llamas
o espigas paralelas
mi cuerpo y tu dulzura,
mañana los mantenga
o los desgrane
y con sus mismos dedos invisibles
borre la identidad que nos separa
dándonos la victoria
de un solo ser final bajo la tierra.
De Odas elementales, 1954

Así que pasen cinco años
La leyenda del Tiempo

Acto tercero

Cuadro primero

Bosque. Grandes troncos. En el centro, un teatro rodeado de cortinas barrocas con el telón echado. Una escalerita une el tabladillo con el escenario. Al levantarse el telón cruzan entre los troncos dos Figuras vestidas de negro, con las caras blancas de yeso y las manos también blancas. Suena una música lejana. Sale el Arlequín. Viste de negro y verde. Lleva dos caretas, una en cada mano y ocultas en la espalda. Acciona de modo rítmico, como un bailarín.

ARLEQUÍN

El sueño va sobre el Tiempo
flotando como un velero.
Nadie puede abrir semillas
en el corazón del Sueño.

     (Se pone una careta de alegrísima expresión.)

¡Ay, cómo canta el alba! ¡Cómo canta!
¡Qué témpanos de hielo azul levanta!

                                         (Se quita la careta.)

El Tiempo va sobre el Sueño
hundido hasta los cabellos.
Ayer y mañana comen
oscuras flores de duelo.

         (Se pone una careta de expresión dormida.)

¡Ay, cómo canta la noche! ¡Cómo canta!
¡Qué espesura de anémonas levanta!

                                                    (Se la quita.)

Sobre la misma columna,
abrazados Sueño y Tiempo,
cruza el gemido del niño,
la lengua rota del viejo.

                                               (Con una careta.)

¡Ay, cómo canta el alba! ¡Cómo canta!

                                            (Con la otra careta.)

¡Qué espesura de anémonas levanta!

Y si el Sueño finge muros
en la llanura del Tiempo,
el Tiempo le hace creer
que nace en aquel momento.

¡Ay, cómo canta la noche! ¡Cómo canta!
¡Qué témpanos de hielo azul levanta!
De Así que pasen cinco años, 1933
La leyenda del Tiempo - Camarón de la Isla y Paco de Lucía, 1979
Música: Ricardo Pachón



Contraelegía 

Mi único tema es lo que ya no está.
Y mi obsesión se llama lo perdido.
Mi punzante estribillo es nunca más.
Y sin embargo amo este cambio perpetuo,
este variar segundo tras segundo,
porque sin él lo que llamamos vida
        sería de piedra.
De Irás y no volverás, 1973



Aquí se habla del tiempo perdido que como dice el dicho, los santos lloran

Sabia virtud de conocer el tiempo;
a tiempo amar y desatarse a tiempo;
como dice el refrán: dar tiempo al tiempo...
que de amor y dolor alivia el tiempo.

Aquel amor a quien amé a destiempo
martirizóme tanto y tanto tiempo
que no sentí jamás correr el tiempo,
tan acremente como en ese tiempo.

Amar queriendo como en otro tiempo
-ignoraba yo aún que el tiempo es oro-
cuánto tiempo perdí -ay- cuánto tiempo.

Y hoy que de amores ya no tengo tiempo,
amor de aquellos tiempos, cómo añoro
la dicha inicua de perder el tiempo...
De Breve glosa al Libro de buen amor, 1939
Renato Leduc



Pasatiempo

Cuando éramos niños 
los viejos tenían como treinta 
un charco era un océano 
la muerte lisa y llana 
no existía 

luego cuando muchachos 
los viejos eran gente de cuarenta 
un estanque era océano 
la muerte solamente 
una palabra 

ya cuando nos casamos 
los ancianos estaban en cincuenta 
un lago era un océano 
la muerte era la muerte 
de los otros 

ahora veteranos 
ya le dimos alcance a la verdad 
el océano es por fin el océano 
pero la muerte empieza a ser 
la nuestra.


Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda al reloj


     Piensa en esto: cuando te regalan un reloj te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire. No te dan solamente el reloj, que los cumplas muy felices y esperamos que te dure porque es de buena marca, suizo con áncora de rubíes; no te regalan solamente ese menudo picapedrero que atarás a la muñeca y pasearás contigo. Te regalan -no lo saben, lo terrible es que no lo saben-, te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo, algo que es tuyo pero no es tu cuerpo, que hay que atar a tu cuerpo con su correa como un bracito desesperado colgándose de tu muñeca. Te regalan la necesidad de darle cuerda todos los días, la obligación de darle cuerda para que siga siendo un reloj; te regalan la obsesión de atender a la hora exacta en las vitrinas de las joyerías, en el anuncio por la radio, en el servicio telefónico. Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa. Te regalan su marca, y la seguridad de que es una marca mejor que las otras, te regalan la tendencia a comparar tu reloj con los demás relojes. No te regalan un reloj, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj.


Instrucciones para dar cuerda al reloj

      Allá en el fondo está la muerte, pero no tenga miedo. Sujete el reloj con una mano, tome con dos dedos la llave de la cuerda, remóntela suavemente. Ahora se abre otro plazo, los árboles despliegan sus hojas, las barcas corren regatas, el tiempo como un abanico se va llenando de sí mismo y de él brotan el aire, las brisas de la tierra, la sombra de una mujer, el perfume del pan.
     ¿Qué más quiere, qué más quiere? Átelo pronto a su muñeca, déjelo latir en libertad, imítelo anhelante. El miedo herrumba las áncoras, cada cosa que pudo alcanzarse y fue olvidada va corroyendo las venas del reloj, gangrenando la fría sangre de sus pequeños rubíes. Y allá en el fondo está la muerte si no corremos y llegamos antes y comprendemos que ya no importa.


Subjetividad del tiempo

Julio Cortázar
También pueden echar un vistazo al poema Tiempo sin tiempo de Mario Benedetti, y a los Tempus fugit, Carpe DiemMemento mori  o Ubi sunt? que aparecen en este blog.
________________________
Dedicado al poeta argentino Carlos Perrotti, que a menudo nos habla del Tiempo y sus paradojas.

jueves, 23 de junio de 2016

Fragmento de Lluvias - Saint-John Perse - Francia / Nota introductoria de José Emilio Pacheco - México


NOTA INTRODUCTORIA 

La imagen de aquel Libro de Arena sin principio ni fin podría aspirar a describir la obra de Saint-John Perse: a despecho de cambios y variaciones, su poesía es la misma desde "Imágenes para Crusoe", que escribió en 1904, hasta "Canto para un equinoccio", publicado en 1971. Abiertas en cualquier parte sus Oeuvres complètes (Bibliothèque de la Pléiade, 1972), siempre serán tan nuevas como el asombro que producen.

Silenciosamente como había vivido, Saint-John Perse murió el 20 de septiembre de 1975. Podemos aplicarle sin riesgo un calificativo que abaratamos al dilapidarlo: un gran poeta, el mayor de este siglo para algunos con derecho a ser oídos porque se llaman T. S. Eliot o Giuseppe Ungaretti.

Perse es un poeta latinoamericano: nació en el Caribe recreado por Carpentier en El Siglo de las Luces. El 31 de marzo de 1887 abrió los ojos en la isla de Saint Leger-les-Feuilles, propiedad de su familia, cerca de Guadalupe, Antillas francesas. Criollo en el sentido novohispano del término, Alexis Saint-Leger Leger proviene de otro paraíso de los colonos e infierno para los colonizados, un lugar de encuentro de civilizaciones: americana, europea, africana, asiática. No regresó nunca pero la presencia del Caribe y el sentimiento de orfandad y exilio por haber perdido un mundo que fue el suyo lo acompañaron siempre.

En Elogios, que André Gide le publicó en 1911, Perse celebra su infancia, habla de la isla que sería idílica si no supiéramos el precio en sufrimiento humano que exige el colonialismo; fija una niñez poblada por la imaginería de los tristes tropiques que pagaron la Bella Época europea y norteamericana.

Aquel joven trasladado a Europa, que de algún modo iba a ser en su obra el enlace entre los poetas videntes del XIX y los surrealistas del XX, se salvó de ir al matadero en que sucumbió su generación. A principios de 1916 fue a China como diplomático. Viajó por el Tibet, el desierto del Gobi, los mares del Sur. En 1924 publicó Anábasis, ya con el nombre de Saint-John Perse pues Saint-Leger se había convertido en el segundo de Aristide Briand en el Ministerio de Asuntos Extranjeros: la política exterior de Francia no podía estar en manos de alguien dedicado a un oficio tan poco respetable socialmente como el de escribir poemas.

Nada era semejante a Anábasis en la poesía europea de ese momento. Perse hablaba en el francés más elegante pero en él había ecos de los poetas que aparecieron con la invención del alfabeto y su voz era la de un bárbaro, alguien que definitivamente no miraba al mundo desde París. Anábasis deslumbró a los pocos capaces de conseguir el breve cuaderno. Eliot lo tradujo dos veces. En español Perse encontró muchos buenos traductores y uno excepcional que fue el mejor intérprete de toda su obra: el poeta colombiano Jorge Zalamea. (Este Material de Lectura quiere ser también un mínimo homenaje a él.)

El poeta se vio obligado a callar públicamente mientras el diplomático negociaba los acuerdos de Locarno, el pacto franco-soviético, la entrada de la URSS en la Sociedad de las Naciones y, en la conferencia de Munich, se oponía en vano a la política de apaciguamiento que dejaba sucumbir a la República española y entregaba a Hitler el dominio de Europa.

Cuando los nazis entraron en París, Saint-Leger renunció y se exilió en los Estados Unidos antes que colaborar con el gobierno de Vichy. Pétain lo despojó de su nacionalidad francesa; la Gestapo allanó su departamento y quemó los tres libros escritos por Saint-John Perse durante los años en que no publicó nada.

En Washington sobrevivió como asesor de la Biblioteca del Congreso. El diplomático quedó abolido, se mantuvo únicamente el poeta. Fue su etapa más fecunda: de 1941 a 1946 Exilio, Lluvias, Nieves, Poema a la extranjera, Vientos. Once años después Amers, ("Marcas", "Señales en el mar", pero también y como es obvio "Amargos"). En 1960, el año en que recibió el Premio Nobel, Crónica, poema de la vejez. En 1972, Pájaros. Fuera de algunas composiciones sueltas, cartas y textos de homenaje a otros escritores y artistas, ésta es toda la obra de Saint-John Perse.

Jamás leyó sus poemas en público ni participó en mesas redondas: hizo una breve aparición la noche en que recibió el Nobel. Allí dijo: "La poesía se niega a disociar el arte de la vida y el amor del conocimiento. Es acción, poder, innovación que desplaza los límites... La oscuridad que se le reprocha no le es consustancial. Lo propio de la poesía es iluminar. . ."

¿De qué trata la obra de Perse? Él mismo dio la respuesta: "Pero es del hombre de quien se trata, de su presencia humana." Leerla es como observar las olas que se rompen contra la escollera. Un espectáculo que de tan fascinante puede resultar abrumador. Este gran poeta no escribió versos: sus formas fueron el poema en prosa (que Baudelaire consideró la expresión del mundo moderno) y el versículo, la forma de una sociedad primitiva en que el asombro ante la materia lleva a deificarla y el sol se convierte en dios dador de la vida.

Dios está ausente de esta épica/crónica/tragedia, relatada (cantada) por un espectador que habla desde una eternidad a ras de tierra, no cede a la angustia, expresa su confianza en los seres humanos que habitan un mundo en descomposición y renovación incesantes; en la humanidad que permanece cuando todo —nieves, lluvias, vientos, señales en el mar— se ha evaporado.

Su poesía crece con la naturalidad majestuosa de un gran árbol del trópico y mira la corriente de la historia en su fluir perpetuo: guerras, conquistas, imperios, exilios, rebeliones. Se refiere a la sociedad actual como si estuviera en el alba de las comunidades humanas y a los primitivos como si fuesen nuestros contemporáneos. Su visión es planetaria, es la mirada abarcadora de un poeta nacido en una isla sudamericana, fiel a la utopía que junto a la violencia explotadora fundó este nuevo mundo. Sin decirlo Perse nunca renuncia al anhelo de una sociedad menos injusta y desdichada que la nuestra. Su interminable alabanza de la Tierra no le impide ver que el hombre marcha siempre y edifica; cree que la historia ha llegado al lugar de su quietud, pero al plantar el árbol que dé sombra a sus construcciones pone la semilla de la raíz que cuarteará el muro; en su bagaje lleva las termes que carcomerán sus palacios. La ciudad será ruina, morada del desierto y de la vegetación devoradora. A lo lejos la nueva caravana proyecta su sombra en las arenas. Nada perdura, sí, pero tampoco nada detiene el peregrinaje en busca de la Ciudad Justa.

Perse escribió que el objeto más hermoso del mundo era el cráneo de cristal de roca que preside como una deidad subterránea la sala azteca del Museo Británico. Acaso cuando nuestra civilización sea polvo y ceniza como lo es ahora el mundo de Moctezuma, la poesía de Saint-John Perse será ese cráneo de cristal de roca pulido por las tempestades y los siglos, invulnerable en su enceguecedora fijeza.


LLUVIAS 
A Katherine y Francis Biddle

VII 

"Innumerables son nuestras vías y nuestras mansiones inciertas. Tal se abreva en lo divino cuyo labio es de arcilla. Vosotras, lavadoras de los muertos en las aguas-madres de la mañana —y está la tierra todavía en las zarzas de la guerra— lavad también la faz de los vivos; lavad, ¡oh Lluvias!, la faz triste de los violentos... pues sus vías son estrechas y sus mansiones inciertas.

"Lavad, ¡oh Lluvias!, un lugar de piedra para los fuertes. A las grandes mesas se sentarán, al socaire de su fuerza, aquellos que no embriagó el vino de los hombres, aquellos que no mancilló el gusto de las lágrimas ni el sueño, aquellos que no se curan de su nombre en las trompetas de hueso... a las grandes mesas se sentarán, al socaire de su fuerza, en lugar de piedra para los fuertes.

"Lavad la duda y la prudencia al paso de la acción, lavad la duda y la decencia en el campo de la visión. Lavad, ¡oh Lluvias!, la catarata del ojo del hombre de bien, del ojo del hombre de ideas sanas, lavad la catarata del ojo del hombre de buen gusto, del ojo del hombre de buen tono; la catarata del hombre de mérito, la catarata del hombre de talento; lavad la escama del ojo del Maestro y del Mecenas, del ojo del Justo y del Notable... del ojo de los hombres calificados por la prudencia y la decencia.

"Lavad, lavad la benevolencia del corazón de los grandes Intercesores, el decoro de la frente de los grandes Educadores, y la mancilla del lenguaje de los labios públicos. Lavad, ¡oh Lluvias!, la mano del Juez y del Preboste; la mano de la partera y de la amortajadora, las manos lamidas de inválidos y ciegos, y la mano baja, en la frente de los hombres, que sueña todavía con riendas y con foete... con el asentimiento de los grandes Intercesores, de los grandes Educadores.

"Lavad, lavad la historia de los pueblos en las altas tablas conmemorativas: los grandes anales oficiales, las grandes crónicas del Clero y los boletines académicos. Lavad las bulas y las cartas, y los Cuadernos del Tercer Estado; los Convenants, los Pactos de alianza y las grandes actas federales; lavad, lavad, ¡oh Lluvias!, todas las vitelas y todos los pergaminos, color de muros de asilos y leproserías, color de marfil fósil y de viejos dientes de mulas... Lavad, lavad, ¡oh Lluvias!, las altas tablas conmemorativas.

"¡Oh Lluvias! lavad del corazón del hombre los más bellos dichos del hombre: las más bellas sentencias, las más bellas secuencias, las frases mejor hechas, las páginas mejor nacidas. Lavad, lavad del corazón de los hombres su gusto de cantilenas, de elegías; su gusto de villanescas y rondós; sus grandes aciertos de expresión; lavad la sal del aticismo y la miel del eufuismo; lavad, lavad las sábanas del sueño y las sábanas del saber: del corazón del hombre sin repulsa, del corazón del hombre sin asco, lavad, lavad, ¡oh Lluvias!, los más bellos dones del hombre... del corazón de los hombres mejor dotados para las grandes obras de razón."
Traducción de Jorge Zalamea

viernes, 29 de agosto de 2014

Literatura y ciencia/ 12 - Derrota de Bill Gates - José Emilio Pacheco - México


Después del gran calor y el brillo intolerante del sol
la tormenta eléctrica,
la lluvia que no anunció su llegada.
Y el trueno inmenso, emperador de los aires,
hace que el mundo estalle en los conductores eléctricos,
borra la luz,
nos deja en las tinieblas incomputables
y nos vuelve por un instante
sombras de un mundo antiguo sin electrónica,
aprendices de espectro, aire en el aire.

martes, 28 de enero de 2014

Presencia - José Emilio Pacheco - México / Poeta ante las Musas - Antonio Casares - España


¿Qué va a quedar de mí cuando me muera
sino esta llave ilesa de agonía,
estas pocas palabras con que el día,
dejó cenizas de su sombra fiera?

¿Qué va a quedar de mí cuando me hiera
esa daga final? Acaso mía
será la noche fúnebre y vacía
que vuelva a ser de pronto primavera.

No quedará el trabajo, ni la pena
de creer y de amar. El tiempo abierto,
semejante a los mares y al desierto,

ha de borrar de la confusa arena
todo lo que me salva o encadena.
Más si alguien vive yo estaré despierto.

  José Emilio Pacheco, ensayista, colaborador de prensa, traductor, novelista, pero sobre todo poeta, falleció el domingo pasado en Ciudad de México a los 74 años. Descanse.
     Ganador de todos los premios literarios de la  lengua española habidos y por haber -entre ellos el Reina Sofía de Poesía Iberoamericana (2009) y el Cervantes (2009), cuyo importe de 125.000 € donó a clínicas y hospitales- era considerado por muchos de sus paisanos como el "poeta de México", pero él no estaba de acuerdo: ni siquiera soy el mejor poeta de mi barrio, ¿no ven que soy vecino de Juan Gelmán?, decía el bueno de Pacheco, conocido por su humildad y su estilo "casero", como lo definió Elena Poniatovska. Precisamente a su gran amigo Gelman le dedicó la última columna en prensa, escrita poco antes de morir.
    Pacheco era uno de los últimos representantes de lo que se llamó "Generación de los años cincuenta": Carlos Monsiváis, Eduardo Lizalde, Sergio Pitol, Juan Vicente Melo, Vicente Leñero, Sergio Galindo, Salvador Elizondo...

    Hay más poemas de José Emilio Pacheco en este blog.

    El poeta Antonio Casares le dedica estos versos:

Difícil es morir con dignidad.
                           (JOSÉ EMILIO PACHECO)
Cuando estés en presencia de las Musas
y te pregunten qué es lo que has hecho
para cambiar, como Rimbaud, la vida
o transformar el mundo con tus versos,
responde que has amado las palabras,
la libertad, la rosa de los sueños,
el cielo de los altos ideales,
el destino, aunque fuera adverso,
y si no es suficiente con decírselo,
y prefieren escuchar tu silencio,
y te miran con cierta displicencia,
como si miraran a un díscolo Orfeo,
no se lo tengas demasiado en cuenta,
de sobra saben cuánto amas el verbo,
cuánta belleza hay en tu poesía,
cuánto hay en ti de poeta verdadero,
cuánto les debes a su inspiración,
cuánto te deben, cuánto te debemos,
por hacer más hermosa la existencia,
por hacer habitable el universo,
por la eterna belleza de tu obra,
por llamarte José Emilio Pacheco.

                                      (Santander, 27 de enero de 2014)

viernes, 23 de abril de 2010

23 de Abril: Premio Cervantes - José Emilio Pacheco - México

José Emilio Pacheco, Premio Cervantes 2009Hoy se ha celebrado en el Paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares, como cada 23 de Abril desde 1976, la entrega del Premio Cervantes, que como saben este año ha recaído en el poeta, ensayista y narrador mexicano José Emilio Pacheco.

Me gustaría que el Premio Cervantes hubiera sido para Cervantes. Cómo hubiera aliviado sus últimos años el recibirlo. Se sabe que el inmenso éxito de su libro en poco o nada remedió su penuria, ha dicho Pacheco en su discurso de aceptación. No hay en la literatura española una vida más llena de humillaciones y fracasos.
Cómo nos duele verlo o ver a su rival Lope de Vega humillándose ante los duques, condes y marqueses. La situación sólo ha cambiado de nombres. Casi todos los escritores somos, a querer o no, miembros de una orden mendicante. No es culpa de nuestra vileza esencial sino de un acontecimiento ya bimilenario que tiende a agudizarse en la era electrónica.
Y es que la penuria de los escritores viene de Roma, cuando en la era de Augusto quedó establecido el mercado del libro.

[El Quijote] no es cosa de risa. Me parece muy triste cuanto le sucede. Nadie puede sacarme de esa visión doliente.

Respecto a la concesión del premio, Pacheco ha dicho: La ministra me dio la noticia y me hundió en una irrealidad quijotesca de la que aún no despierto.

En cuanto a la realidad actual: Nada de lo que ocurre en este cruel 2010 -de los terremotos a la nube de ceniza, de la miseria creciente a la inusitada violencia que devasta a países como México- era previsible al comenzar el año. Todo cambia día a día, todo se corrompe, todo se destruye.
Sin embargo, en medio de la catástrofe, al centro del horror que nos cerca por todas partes, siguen en pie, y hoy como nunca son capaces de darnos respuestas, el misterio y la gloria del Quijote.

Discurso íntegro de José Emilio Pacheco.

Hay varios poemas de José Emilio en este blog.

miércoles, 2 de diciembre de 2009

Tarde o temprano - José Emilio Pacheco - México

Detalle de Tianguis en Tenochtitlán - Fresco sobre muro de Diego Rivera
Homenaje a Nezahualcoyolt*
I
No tenemos raíces en la tierra.
No estaremos en ella para siempre:
sólo un instante breve.

También se quiebra el jade
y rompe el oro
y hasta el plumaje del quetzal se desgarra.

No tendremos la vida para siempre:
sólo un instante breve.

II
En el libro del mundo Dios escribe
con flores a los hombres
y con cantos
les da luz y tinieblas.

Después los va borrando:
guerreros, príncipes,
con tinta negra los revierte a la sombra.

No somos reyes:
somos figuras de un libro de estampas.

III
Dios no fincó su hogar en parte alguna.
Solo, en el fondo de su cielo hueco,
está Dios inventando la palabra.

¿Alguien lo vio en la tierra?

Aquí se hastía,
no es amigo de nadie.

Todos llegamos al lugar del misterio.

IV
De cuatro en cuatro nos iremos muriendo
aquí sobre la tierra.

Somos como pinturas que se borran,
flores secas, plumajes apagados.

Ahora entiendo este misterio, este enigma:
el poder y la gloria no son nada:
con el jade y el oro bajaremos
al lugar de los muertos.

De lo que ven mis ojos desde el trono
no quedará ni el polvo en esta tierra.

* A partir de las traducciones de Angel María Garibay
y Miguel León Portilla

José Emilio Pacheco


A José Emilio Pacheco le acaban de conceder el Premio Cervantes 2009. ¿Qué ha dicho el poeta al respecto?:

"Aún tengo la sensación de estar viviendo en la irrealidad..." "No soy ni el mejor poeta de mi barrio, porque entre otras cosas mi vecino es Juan Gelman. Tampoco creo haber dejado el rastro de ningún pupilaje. Lo importante es el poema. Y este premio, de algún modo, no es sólo para mí, sino para la literatura mexicana, para los libros. Porque yo he tenido todo esto sin esperarlo, sin pretenderlo..."

No es pose ni falsa modestia, si hacemos caso a lo que dicen de él sus compañeros poetas:

"José Emilio es un ser profundamente humano, letraherido y muy humilde..." "Es un gran poeta sencillo y sabio y merece con creces los honores que le han llovido..." "José Emilio, renovador de la sátira y del placer de la anonimia, merece por su altura, sencillez y calidad lírica, este premio de premios." (Luis Antonio de Villena)

"Toda la antropología de Levi-Strauss se funda en la oposición entre naturaleza y cultura, no como realidades aisladas sino en contínua comunicación. La sociedad, a imagen del universo, es un sistema de oposiciones y mediaciones. Lo mismo sucede con los temperamentos poéticos. Por ejemplo, la poesía de José Emilio Pacheco se inscribe no en el mundo de la naturaleza sino en el de la cultura y, dentro de éste, en su mitad en sombra. Cada poema de Pacheco es un homenaje al no; para José Emilio el tiempo es el agente de la destrucción universal y la historia es un paisaje de ruinas..." "Por fortuna no siempre es así. Puesto que todos somos dobles, una y otra vez irrumpe en sus poemas la voz del sí. El paso del tiempo, la destrucción, la asunción por el hombre moderno de todas las catástrofes y desmanes de sus antepasados más las suyas propias, así como los elementos culturales (el mundo clásico greco-latino) que, además en su caso, se mezclan con el mestizaje, la tradición y la vanguardia de las últimas décadas del pasado siglo, son algunos elementos claves para entenderlo."
(César Antonio Molina)

"En sus versos, hechos de formas clásicas y modernas, se puede tocar la emoción..." "Estoy seguro que en México y en otros puntos de América se celebra este premio como en la casa de José Emilio. No importa que sea verdad que haya cumplido 70 años y que le den ahora el Premio Cervantes. Allá se le va a querer siempre como el jovenzano afable y prometedor, de lentes, que iba a todas partes con unas chamarretas rústicas y azules..." "Es un experto en Jorge Luis Borges, traductor de Oscar Wilde y de Tennessee Williams, especialista en literatura mexicana del siglo XIX y autor de una columna periodística legendaria que se llama Inventario. Tiene abierto en la tierra un expediente de persona buena y humilde, pero eso no lo valoran los jurados." (Raúl Rivero)

A mí sólo me importa
el testimonio
del momento que pasa
las palabras
que dicta en su fluir
el tiempo en vuelo.
J.E.P

miércoles, 5 de agosto de 2009

Idilio - José Emilio Pacheco - México

Josep Guinovart
Con aire de fatiga entraba el mar
en el desfiladero
El viento helado
dispersaba la nieve de la montaña
y tú
parecías un poco de primavera
anticipo
de la vida bullente bajo los hielos
calor
para la tierra muerta
cauterio
de su corteza ensangrentada
Me enseñaste los nombres de las aves
la edad
de los pinos inconsolables
la hora
en que suben y bajan las mareas

En la diafanidad de la mañana
se borraban las penas
la nostalgia
del extranjero
el rumor
de guerras y desastres
El mundo
volvía a ser un jardín
que repoblaban
los primeros fantasmas
una página en blanco
una vasija
en donde sólo cupo aquel instante

El mar latía
En tus ojos
se anulaban los siglos
la miseria
que llamamos historia
el horror
que agazapa su insidia en el futuro
Y el viento
era otra vez la libertad
que en vano
intentamos fijar
en las banderas

Como un tañido funerario entró
hasta el bosque un olor de muerte
Las aguas
se mancharon de yodo y de veneno
Y los guardias
llegaron a ahuyentarnos
Porque sin darnos cuenta pisábamos
el terreno prohibido
de la fábrica atroz
en que elaboran
defoliador y gas paralizante

Hay otros poemas de Pacheco en este blog.

martes, 12 de mayo de 2009

Ecuación de primer grado con una incógnita - José Emilio Pacheco - México

The Singing Fish - Joan Miró En el último río de la ciudad, por error
o incongruencia fantasmagórica, vi
de repente un pez casi muerto. Boqueaba
envenenado por el agua inmunda, letal
como el aire nuestro. Qué frenesí
el de sus labios redondos,
el cero móvil de su boca.
Tal vez la nada
o la palabra inexpresable,
la última voz
de la naturaleza en el valle.
Para él no había salvación
sino escoger entre dos formas de asfixia.
Y no me deja en paz la doble agonía,
el suplicio del agua y su habitante.
Su mirada doliente en mí,
su voluntad de ser escuchado,
su irrevocable sentencia.
Nunca sabré lo que intentaba decirme
el pez sin voz que sólo hablaba el idioma
omnipotente de nuestra madre la muerte.

A quien pueda interesar - José Emilio Pacheco - México

El puente roto y el sueño - Salvador Dalí 1945
Que otros hagan aún
el gran poema
los libros unitarios
las rotundas
obras que sean espejo
de armonía

A mí sólo me importa
el testimonio
del momento que pasa
las palabras
que dicta en su fluir
el tiempo en vuelo

La poesía que busco
es como un diario
en donde no hay proyecto ni medida
José Emilio Pacheco

José Emilio Pacheco acaba de obtener el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana en su decimoctava edición.
El premio reconoce cada año el conjunto de la obra de un autor vivo cuyo valor constituya un aporte relevante al patrimonio cultural iberoamericano.
El jurado estaba formado por el presidente de Patrimonio Nacional, Yago Pico de Coaña; el rector de la Universidad de Salamanca, José Ramón Alonso; el director de la Real Academia Española (RAE), Víctor García de la Concha; los escritores Pablo García Baena, José Saramago, Luis Antonio de Villena, Jaime Siles, José Manuel Caballero Bonald, José Miguel Santiago Castelo y Carmen Posadas; Pilar Martín-Laborda, vocal asesora de programas culturales del patrimonio nacional, Anunciada Fernández de Córdova, embajadora de España en la República de Eslovenia, Milagros del Corral, directora de la Biblioteca Nacional, Genoveva Iriarte, directora del Instituto Caro y Cuervo, las hispanistas Petra Serien, Marie-Claire Zimmermann y Susana Regazzoni, José Manuel Mendes, director del Instituto del Libro Portugués y Javier Sanjosé Lera y Mª Angeles Pérez López, del Departamento de Lengua y Literatura de la Universidad de Salamanca.

Jaime Siles, miembro del jurado: "Pacheco es el único poeta posterior a Octavio Paz que ha creado un universo auténticamente propio, trabajando prácticamente todos los tonos del lenguaje, el poema confidencial, el irónico, el de lo cotidiano… El premio no lo descubre, simplemente le ratifica".

Luis Antonio de Villena, miembro también del jurado y amigo del galardonado dice que "el lenguaje de Pacheco parece coloquial, pero está profundamente elaborado" y destaca "el tono satírico en muchos de sus poemas". "Es un hombre de un caos vitalísimo y caótico, de un caos creativo excepcional".

"No lo sé, nunca me veo como lector de mi propio trabajo -asegura Pacheco-, creo que tendería a congelar mi trabajo, a perder mi libertad. Uno escribe lo que se le ocurre y unas veces sale bien y otras, la mayoría, sale muy mal. Admiro mucho a la gente que puede hablar con aplomo de su obra y de sus propósitos, yo no lo sé hacer, prefiero escribir y que el lector juzgue y dicte sin que yo le imponga interpretaciones".

Pacheco, novelista, cuentista, prosista, ensayista y traductor, confeso admirador de Juan Gelman, Gonzalo Rojas o Antonio Gamoneda, publicará este año dos libros. El primero, titulado La edad de las tinieblas, estará compuesto por poemas en prosa. "Esa obra será extraña para la literatura mexicana, porque en la historia literaria del país hay pocos libros que sólo sean de poemas en prosa". El segundo llevará por título Como la lluvia, en referencia a un poema encontrado en las ruinas de Pompeya. Se trata de un texto "muy largo" (de unas 150 páginas), compuesto por "toda clases de versos, haikus, epigramas, poemas rimados y sin rima".