Cabalgando sobre la alfombra de flores, el garboso jinete pasa.
Su fusta toca la carroza de nubes multicolores1, en que viaja una
[belleza.
Ésta, sonriendo, alza la cortina de perlas.
Y, señalando un lejano pabellón rojo, murmura: "Allí está mi
[casa".
Un sueño soñaba anoche
soñito del alma mía,
soñaba con mis amores,
que en mis brazos los tenía.
Vi entrar señora tan blanca,
muy más que la nieve fría.
-¿Por dónde has entrado, amor?
¿Cómo has entrado, mi vida?
Las puertas están cerradas
ventanas y celosías.
-No soy el amor, amante:
la Muerte que Dios te envía
-¡Ay, Muerte tan rigurosa,
déjame vivir un día
-Un día no puede ser,
una hora tienes de vida.
Muy deprisa se calzaba,
más deprisa se vestía;
ya se va para la calle,
en donde su amor vivía.
-¡Ábreme la puerta, blanca,
ábreme la puerta, niña
-¿Cómo te podré yo abrir
si la ocasión no es venida?
Mi padre no fue al palacio,
mi madre no está dormida.
-Si no me abres esta noche,
ya no me abrirás, querida;
la Muerte me está buscando,
junto a ti vida sería.
-Vete bajo la ventana
donde labraba y cosía,
te echaré cordón de seda
para que subas arriba,
y si el cordón no alcanzare,
mis trenzas añadiría.
La fina seda se rompe;
la Muerte que allí venía:
-Vamos, el enamorado,
que la hora ya está cumplida.
Entre los macuas y los banayis, existe el siguiente mito sobre la creación de los primeros seres humanos:
Al principio, Muluku (ser supremo), hizo dos agujeros en la tierra: de uno surgió un hombre, y del otro, una mujer. La divinidad les dio la tierra cultivable, una azada, un hacha, una marmita, un plato y cierta cantidad de mijo, al propio tiempo que les ordenaba que trabajasen el suelo, sembrasen el mijo en él y se construyesen una casa donde cocer sus alimentos. Mas la pareja humana, en vez de cumplir lo prescrito por Muluku, comieron el mijo sin cocer, rompieron los platos, llenaron la olla de basura y buscaron su refugio en el bosque. Al verse desobedecido, dios llamó a una pareja de monos y les dio los mismos consejos y el mismo ajuar. Los simios se pusieron a trabajar, cocieron el mijo y comieron de él. Entonces se sintió satisfecho y tomó la resolución de cortar el rabo al mico y a la mona para adherírselos al hombre y a la mujer. A los primeros les dijo, ¡sed hombres!, y a los segundos ¡volveos monos!
Transparentes los aires, transparentes
la hoz de la mañana,
los blancos montes tibios, los gestos de las olas,
todo ese mar, todo ese mar que cumple
su profunda tarea,
el mar ensimismado,
el mar, a esa hora de miel en que el instinto
zumba como una abeja somnolienta...
Sol, amor, azucenas dilatadas, marinas,
Ramas rubias sensibles y tiernas como cuerpos,
vastas arenas pálidas.
Transparentes los aires, transparentes
las voces, el silencio.
A orillas del amor, del mar, de la mañana,
en la arena caliente, temblante de blancura,
cada uno es un fruto madurando su muerte.
Vivir en los hoteles
que he leído, en sus cuartos que he soñado,
y no ser nadie: terrible azar.
¿Recordáis, amigos, el tiempo
en que trazábamos un dibujo de la vida
amable y completa, dorada
por el pensamiento fino y la ironía?
Misántropos, con una honesta
arrogancia entregados a la idea moral
de los placeres,
buscábamos en los lugares
de una geografía inventada
el sitio exacto, el último,
queriendo que nada nos doliera
nunca más.
Y ya lo veis,
ahora deambulamos por hoteles perdidos
en donde no ser nadie,
a la espera de un golpe de fortuna
que nos revele cuanto los años
se propusieron esconder.
Cada poema es único. En cada obra late, con mayor o menor grado, toda la poesía. Cada lector busca algo en el poema. Y no es insólito que lo encuentre: ya lo llevaba dentro.