Chet Baker - Like Someone In Love

miércoles, 1 de julio de 2015

Literatura y jazz/ 51 - Nuevo fragmento de Concierto barroco - Alejo Carpentier - Cuba


Y sonará la trompeta...
CORINTIOS, I, 52
viii

[...] Una gran tristeza se cernía, aquella noche, sobre la ciudad enferma y socavada. Pero Filomeno no estaba triste. Nunca estaba triste. Esta noche, dentro de media hora, sería el Concierto -el tan esperado concierto de quien hacía vibrar la trompeta como el Dios de Zacarías, el Señor de Isaías, o como lo reclamaba el coro del más jubiloso salmo de las Escrituras. Y como tenía muchas tareas que cumplir todavía dondequiera que una música se definiera en valores de ritmo fue, con paso ligero, hacia la sala de conciertos cuyos carteles anunciaban que, dentro de un momento, empezaría a sonar el cobre impar de Louis Armstrong. Y parecíale a Filomeno que, al fin y al cabo, lo único vivo, actual, proyectado, asaeteado hacia el futuro, que para él quedaba en esta ciudad lacustre, era el ritmo, los ritmos, a la vez elementales y pitagóricos, presentes acá abajo, inexistentes en otros lugares donde los hombres habían comprobado -muy recientemente, por cierto- que las esferas no tenían más músicas que las de sus propias esferas, monótono contrapunto de geometrías rotatorias, ya que los atribulados habitantes de esta Tierra, al haberse encaramado a la luna divinizada del Egipto, de Súmer y de Babilonia, sólo habían hallado en ella un basurero sideral de piedras inservibles, un rastro rocalloso y polvoriento, anunciadores de otros rastros mayores, puestos en órbitas más lejanas, ya mostrados en imágenes reveladas y reveladoras de que, en fin de cuentas, la Tierra esta, bastante jodida a ratos, no era ni tan mierda ni tan indigna de agradecimiento como decían algunos -que era, dijérase lo que se dijera, la Casa más habitable del Sistema- y que el Hombre que conocíamos, muy maldito y fregado en su género, sin más gentes con quienes medirse en su ruleta de mecánicas solares (acaso Elegido por ello, nada demostraba lo contrario) no tenía mejor tarea que entenderse con sus asuntos personales. Que buscaba la solución de sus problemas en los Hierros de Ogún o en los caminos de Eleguá, en el Arca de la Alianza o en la Expulsión de los Mercaderes, en el gran bazar platónico de las Ideas y artículos de consumo o en la apuesta famosa de Pascal & Co. Aseguradores, en la Palabra o en la Tea -eso, era cosa suya. Filomeno, por lo pronto, se las entendía con la música terrenal -que a él, la música de las esferas, lo tenía sin cuidado. Presentó su ticket a la entrada del teatro, lo condujo a su butaca una acomodadora de nalgas extraordinarias -el negro lo veía todo con singular percepción de lo inmediato y palpable- y apareció en truenos, grandes truenos que lo eran de aplausos y exultación, el prodigioso Louis. Y, embocando la trompeta, atacó, como él sólo sabía hacerlo, la melodía de Go down Moses, antes de pasar a la de Jonah and the Whale, alzada por el pabellón de cobre hacia los cielos del teatro donde volaban, inmovilizados en un tránsito de su vuelo, los rosados ministriles de una angélica canturia, debida, acaso, a los claros pinceles de Tiépolo. Y la Biblia volvió a hacerse ritmo y habitar entre nosotros con Ezekiel Saw De Wheel, antes de desembocar en un Hallelujah, Hallelujah, que evocó, para Filomeno, de repente, la persona de Aquel -el Jorge Federico de aquella noche- que descansaba, bajo una abarrocada estatua de Roubiliac, en el gran Club de los Mármoles de la Abadía de Westminster, junto al Purcell que tanto sabía, también, de místicas y triunfales trompetas. Y concertábanse ya en nueva ejecución, tras del virtuoso, los instrumentos reunidos en el escenario: saxofones, clarinetes, contrabajo, guitarra eléctrica, tambores cubanos, maracas (¿no serían, acaso, aquellas "tipinaguas" mentadas alguna vez por el poeta Balboa?), címbalos, maderas chocadas en mano a mano que sonaban a martillos de platería, cajas destimbradas, escobillas de flecos, címbalos y triángulos-sistros, y el piano de tapa levantada que ni se acordaba de haberse llamado, en otros tiempos, algo así como "un clave bien temperado". -"El profeta Daniel, ése que tanto había aprendido en Caldea, habló de una orquesta de cobres, salterio, cítara, arpas y sambucas, que mucho debió parecerse a ésta", pensó Filomeno... Pero ahora reventaban todos, tras de la trompeta de Louis Armstrong en un enérgico strike-up de deslumbrantes variaciones sobre el tema de I Can't Give You Anything But Love, Baby -nuevo concierto barroco al que, por inesperado portento, vinieron a mezclarse, caídas de una claraboya, las horas dadas por los moros de la torre del Orologio.
La Habana-París, 1974
I Can't Give You Anything But LoveLouis Armstrong, 1942

lunes, 29 de junio de 2015

Quijotescas/ 27 - Locus amoenus/ 5 - Fragmento del Capítulo XI de la Primera parte de Don Quijote de la Mancha - Miguel de Cervantes Saavedra - España


CAPÍTULO XI
De lo que sucedió a Don Quijote con unos cabreros

[...] Después que don Quijote hubo bien satisfecho su estómago, tomó un puño de bellotas en la mano, y, mirándolas atentamente, soltó la voz a semejantes razones:

    –Dichosa edad y siglos dichosos aquéllos a quien los antiguos pusieron nombre de dorados, y no porque en ellos el oro, que en esta nuestra edad de hierro tanto se estima, se alcanzase en aquella venturosa sin fatiga alguna, sino porque entonces los que en ella vivían ignoraban estas dos palabras de tuyo y mío. Eran en aquella santa edad todas las cosas comunes; a nadie le era necesario, para alcanzar su ordinario sustento, tomar otro trabajo que alzar la mano y alcanzarle de las robustas encinas, que liberalmente les estaban convidando con su dulce y sazonado fruto. Las claras fuentes y corrientes ríos, en magnífica abundancia, sabrosas y transparentes aguas les ofrecían. En las quiebras de las peñas y en lo hueco de los árboles formaban su república las solícitas y discretas abejas, ofreciendo a cualquiera mano, sin interés alguno, la fértil cosecha de su dulcísimo trabajo. Los valientes1 alcornoques despedían de sí, sin otro artificio que el de su cortesía, sus anchas y livianas cortezas, con que se comenzaron a cubrir las casas, sobre rústicas estacas sustentadas, no más que para defensa de las inclemencias del cielo. Todo era paz entonces, todo amistad, todo concordia; aún no se había atrevido la pesada reja del corvo arado a abrir ni visitar las entrañas piadosas de nuestra primera madre, que ella, sin ser forzada, ofrecía, por todas las partes de su fértil y espacioso seno, lo que pudiese hartar, sustentar y deleitar a los hijos que entonces la poseían. Entonces sí que andaban las simples y hermosas zagalejas de valle en valle y de otero en otero, en trenza y en cabello, sin más vestidos de aquellos que eran menester para cubrir honestamente lo que la honestidad quiere y ha querido siempre que se cubra; y no eran sus adornos de los que ahora se usan, a quien la púrpura de Tiro y la por tantos modos martirizada seda encarecen, sino de algunas hojas verdes de lampazos y yedra entretejidas, con lo que quizá iban tan pomposas y compuestas como van agora nuestras cortesanas con las raras y peregrinas invenciones que la curiosidad ociosa les ha mostrado. Entonces se decoraban2 los concetos amorosos del alma simple y sencillamente, del mesmo modo y manera que ella los concebía, sin buscar artificioso rodeo de palabras para encarecerlos. No había la fraude, el engaño ni la malicia mezcládose con la verdad y llaneza. La justicia se estaba en sus proprios términos, sin que la osasen turbar ni ofender los del favor y los del interese, que tanto ahora la menoscaban, turban y persiguen. La ley del encaje3 aún no se había sentado en el entendimiento del juez, porque entonces no había qué juzgar, ni quién fuese juzgado. Las doncellas y la honestidad andaban, como tengo dicho, por dondequiera, solas y señeras, sin temor que la ajena desenvoltura y lascivo intento les menoscabasen, y su perdición nacía de su gusto y propria voluntad. Y agora, en estos nuestros detestables siglos, no está segura ninguna, aunque la oculte y cierre otro nuevo laberinto, como el de Creta; porque allí, por los resquicios o por el aire, con el celo de la maldita solicitud, se les entra la amorosa pestilencia y les hace dar con todo su recogimiento al traste. Para cuya seguridad, andando más los tiempos y creciendo más la malicia, se instituyó la orden de los caballeros andantes, para defender las doncellas, amparar las viudas y socorrer a los huérfanos y a los menesterosos. Desta orden soy yo, hermanos cabreros, a quien agradezco el gasaje4 y buen acogimiento que hacéis a mí y a mi escudero; que, aunque por ley natural están todos los que viven obligados a favorecer a los caballeros andantes, todavía, por saber que sin saber vosotros esta obligación me acogistes y regalastes, es razón que, con la voluntad a mí posible, os agradezca la vuestra.

    Toda esta larga arenga –que se pudiera muy bien escusar– dijo nuestro caballero porque las bellotas que le dieron le trujeron a la memoria la edad dorada y antojósele hacer aquel inútil razonamiento a los cabreros, que, sin respondelle palabra, embobados y suspensos, le estuvieron escuchando. Sancho, asimesmo, callaba y comía bellotas, y visitaba muy a menudo el segundo zaque5, que, porque se enfriase el vino, le tenían colgado de un alcornoque. [...]

1 Grandes.
2 Se recitaban de memoria.
3 Resolución arbitraria tomada por un juez.
4 Agasajo.
5 Odre pequeño.

sábado, 27 de junio de 2015

Locus amoenus/ 4 - Fragmento de Las Metamorfosis - Ovidio - Roma


Libro I
    [...] La edad de oro fue la creada en primer lugar, edad que sin autoridad y sin ley, por propia iniciativa, cultivaba la lealtad y el bien. No existían el castigo ni el temor, no se fijaban, grabadas en bronce, palabras amenazadoras, ni las muchedumbres suplicantes escrutaban temblando el rostro de sus jueces, sino que sin autoridades vivían seguros. Ningún pino, cortado para visitar un mundo extranjero, había descendido aún de sus montañas a las límpidas aguas, y no conocían los mortales otras palabras que las suyas. Todavía no estaban las ciudades ceñidas por fosos escarpados; no había trompetas rectas ni trompas curvas de bronce, ni cascos, ni espadas; sin necesidad de soldados los pueblos pasaban la vida tranquilos y en medio de suave calma. También la misma tierra, a quien nada se exigía, sin que la rozase el azadón ni la despedazase reja alguna, por sí misma lo daba todo; y los hombres, contentos con alimentos producidos sin que nadie lo exigiera, cogían los frutos del madroño, las fresas de las montañas, las cerezas del cornejo, las moras que se apiñan en los duros zarzales, y las bellotas que habían caído del copudo árbol de Júpiter.1
    Había una primavera eterna, y apacibles céfiros2 de tibia brisa acariciaban las flores nacidas sin simiente. Pero además la tierra, sin labrar, producía cereales, y el campo, sin que se le hubiera dejado en barbecho, emblanquecía de espigas cuajadas de grano. Corrían también ríos de leche, ríos de néctar, y rubias mieles goteaban de la encina verdeante.
    Una vez que, después de haber sido Saturno precipitado al Tártaro tenebroso,3 el mundo estuvo sometido a Júpiter, llegó la generación de plata, peor que el oro, pero más valiosa que el rubicundo bronce. Júpiter empequeñeció la duración de la primavera antigua, haciendo que el año transcurriese, dividido en cuatro tramos, a través de inviernos, veranos, otoños inseguros y fugaces primaveras. Entonces por vez primera el aire, encendido por tórridos calores, se puso candente, y quedó colgante el hielo producido por los vientos. Entonces por vez primera penetraron los hombres bajo techado; sus casas fueron las cuevas, los espesos matorrales y las ramas entrelazadas con corteza de troncos. Entonces por vez primera fueron las semillas de Ceres4 enterradas en largos surcos y gimieron los novillos bajo la opresión del yugo.
    Tras esta apareció en tercer lugar la generación de bronce, más cruel de carácter y más inclinada a las armas salvajes, pero no por eso criminal. La última es de duro hierro; de repente irrumpió toda clase de perversidades en una edad de más vil metal; huyeron la honradez, la verdad, la buena fe, y en su lugar vinieron los engaños, las maquinaciones, las asechanzas, la violencia y la criminal pasión de poseer. Desplegaban las velas a los vientos, sin que el navegante los conociese aún apenas, y los maderos que por largo tiempo se habían erguido en las altas montañas saltaron en las olas desconocidas, y el precavido agrimensor señaló con largas líneas las divisiones de una tierra que antes era común como los rayos del sol y como los aires. Y no sólo se exigían a la tierra opulentas cosechas y alimentos que ella debía dar, sino que se penetró en las entrañas de la tierra y se escavaron los tesoros, estímulo de la depravación, que ella había escondido llevándolos junto a las sombras de la Estige.5 Y ya había aparecido el hierro dañino y el oro más dañino que el hierro; apareció la guerra, que combate valiéndose de ambos y con mano sangrienta blande las armas que tintinean. Se vive de la rapiña; ni un huésped puede tener seguridad de su huésped, ni un suegro de su yerno; incluso entre hermanos es rara la avenencia. El marido maquina la ruina de su esposa, y esta la de su esposo. Madrastras horribles preparan los lívidos venenos del acónito; el hijo averigua antes de tiempo la edad de su padre. [...]
Traducción y notas de Antonio Ruiz de Elvira
Ovidio
1 La encina. Era célebre la encina profética de Zeus en Dodona, Epiro, en la costa norteoccidental de Grecia, junto al actual monte Olytsika.
2 En plural se aplica a cualquier brisa suave, y no ya al viento del oeste.
3 Saturno, es decir, el titán Cronos, había destronado del imperio del mundo, con la ayuda de su madre Gea, a su padre Urano. A su vez fue destronado por su hijo Júpiter con la ayuda de algunos de los titanes, sus tíos, que, prisioneros primero de su padre Urano y arrojados por éste al Tártaro (la región más tenebrosa y horrible del mundo subterráneo de los muertos), y habiendo recibido después el mismo trato de parte de su hermano Cronos, eran imprescindibles, por decreto del Destino, para la victoria de Zeus contra su padre, por lo que éste los liberó, y tuvo lugar así la Titanomaquia o lucha de los dioses jóvenes contra Saturno y algunos de sus hermanos.
4 Las semillas son propiedad de Ceres o Deméter, hermana de Júpiter, diosa de la tierra fecunda y de la agricultura.
La Estige, laguna o río del Infierno o mundo subterráneo, es el más famoso de los cursos de agua de ese reino, y viene a ser, por sinécdoque, un nombre muy usual del Infierno.

Al inicio de las Metamorfosis, afirma Ovidio que es su intención hablar de los cuerpos que cambiaron de forma, y ruega a los dioses, a quienes achaca esas transformaciones, que secunden su propósito, guiando el poema desde el origen del mundo hasta su época. Como preámbulo no dice más, ateniéndose al precepto dado por Horacio de ser sucinto en la presentación de la obra, igual que habían hecho Homero en su Ilíada y Virgilio en su Eneida.
Acto seguido, el poeta describe los comienzos del mundo y de la vida, partiendo del Caos originario. [...]
Poco más adelante, todavía dentro del primer libro, se narra el diluvio universal, decretado en una asamblea de los dioses, la única asamblea de los divinos propiamente dicha en todas las Metamorfosis. A raíz del mismo, los únicos seres que sobreviven en la tierra, Deucalión y Pirra, hermanos y esposos, como Júpiter y Juno, arrojan a sus espaldas los "huesos de su madre", de tal modo que los arrojados por Pirra se convierten en mujeres y los arrojados por Deucalión en varones. [...]
La narración de Ovidio procede al modo de un largo y fascinante travelling a través de pasajes previamente conocidos por los lectores de la Eneida y de la Odisea, sólo que lo que interesa a nuestro autor son fundamentalmente las maravillas y metamorfosis, y así asistimos, por ejemplo, a la conversión en cerdos de los compañeros de Ulises, o a la transformación, operada también por Circe, de la hermosísima Escila en el monstruo que en la costa itálica asusta a los navegantes con sus perros ladradores prendidos de las ingles. [...] (Del prólogo de BARTOLOMÉ SEGURA RAMOS para la edición de "Clásicos Latinos" de Círculo de Lectores, S. A., 1997)

Ovidio tenía un alto concepto de sí mismo, como se puede apreciar en la "despedida" de las Metamorfosis, donde dice:
Y ya he dado fin a una obra que no podrán aniquilar ni la cólera de Júpiter ni el fuego ni el hierro ni el tiempo devorador. Que ese día que no tiene derecho a otra cosa más que a mi cuerpo acabe cuando quiera con el transcurso de mi vida incierta; pero en la mejor parte de mi yo viajaré inmortal por encima de los astros de las alturas, y mi nombre será indestructible, y por donde se extiende el poder de Roma sobre la tierra subyugada, la gente me leerá de viva voz, y gracias a la fama, si algo de verídico tienen los presentimientos de los poetas, viviré por todos los siglos.

Pero algo parecido había dicho ya Horacio. También Lucrecio. Parece que era común entre los poetas latinos para encarecer y prestigiar su obra.

jueves, 25 de junio de 2015

Fragmento de Años luz - James Salter - Estados Unidos


PRIMERA PARTE

1

Surcamos el río negro, sus bancos lisos como piedras. Ni un barco, ni un bote, ni una mota de blanco. El viento ha roto, agrietado la superficie del agua. Es ancho, interminable este gran estuario. El río es salobre, azul por el frío. Discurre borroso por debajo de nosotros. Las aves marinas que lo sobrevuelan giran y desaparecen. Surcamos velozmente el ancho río, un sueño del pasado. Rebasadas sus aguas profundas, el fondo empalidece la superficie, traspasamos los bajíos, las embarcaciones varadas en la playa para pasar el invierno, los embarcaderos desolados. Y, alados como gaviotas, nos elevamos, viramos, miramos atrás.
    El día es blanco como papel. Las ventanas están congeladas. Las canteras están vacías, la mina de plata inundada. El Hudson es aquí vasto, vasto e inmóvil. Una región oscura, un paraje de esturiones y de carpas. En otoño plateaba de sábalos. Los gansos dibujaban en el cielo su larga y cambiante uve. La marea sube desde el mar. 
    Dicen que los indios buscaban un río que "discurriera en los dos sentidos". Lo encontraron aquí. La cuña de sal penetra no menos de cincuenta kilómetros; a veces llega hasta Poughkeepsie. Aquí había lechos enormes de ostras, focas en el puerto, caza inagotable en los bosques. Este gran tajo glacial, con sus bahías nupciales, las calas de apio silvestre y arroz, el río majestuoso. Los pájaros, como signos de puntuación, cruzan en vuelo uniforme. Parece que se aproximan despacio, luego aceleran y pasan por encima como flechas. El cielo es incoloro. Atisbo de lluvia.
    Todo esto era holandés. Después fue inglés, como tantas otras cosas. El río es un reflejo. Contiene sólo silencio, un frío relumbrante. Los árboles están pelados. Las anguilas duermen. El cauce es tan hondo que podrían surcarlo transatlánticos; si quisieran, dejarían pasmadas a las ciudades de tierra adentro. En las marismas hay tortugas y cangrejos, garzas, gaviotas Bonaparte. Las cloacas de las ciudades vierten más arriba. El río es sucio, pero se lava a sí mismo. Los peces, aletargados, fluyen con la marea.
    A lo largo de las riberas hay casas de piedra, que ya no están de moda, y casas de madera, oreadas y escuetas. Todavía existen fincas, pervivencias de las grandes parcelas del pasado. Cerca del agua, una espaciosa mansión victoriana, de ladrillo pintado de blanco, sobrevolada por altas copas de árboles, un jardín tapiado, un invernadero derruido con herrajes a lo largo de la cubierta. Una casa junto al río, demasiado baja para el sol de la tarde. La inundaba, en cambio, la luz de la mañana, la luz del este. El mediodía era glorioso. La pintura se ha oscurecido en ciertos puntos desnudos. Los senderos de grava se deshacen; en los cobertizos anidan pájaros. [...]
Traducción de Jaime Zulaika

martes, 23 de junio de 2015

Locus amoenus/ 3 - Noche serena - Fray Luis de León - España


Cuando contemplo el cielo
de innumerables luces adornado,
y miro hacia el suelo
de noche rodeado,
en sueño y en olvido sepultado,

el amor y la pena
despiertan en mi pecho un ansia ardiente;
despiden larga vena
los ojos hechos fuente,
Loarte1, y digo al fin con voz doliente:

"Morada de grandeza,2
templo de claridad y hermosura,
el alma, que a tu alteza
nació, ¿qué desventura
la tiene en esta cárcel3 baja, escura?

¿Qué mortal desatino
de la verdad aleja así el sentido,
que, de tu bien divino
olvidado, perdido
sigue la vana sombra, el bien fingido?4

El hombre está entregado
al sueño, de su suerte no cuidando;
y con paso callado,
el cielo, vueltas dando,
las horas del vivir le va hurtando.5

¡Oh, despertad, mortales!
Mirad con atención en vuestro daño.
Las almas inmortales,
hechas a bien tamaño,
¿podrán vivir de sombra y de engaño?

¡Ay, levantad los ojos
aquesta celestial eterna esfera!
Burlaréis los antojos6
de aquesa lisonjera
vida, con cuanto teme y cuanto espera.

¿Es más que un breve punto
el bajo y torpe suelo, comparado
con ese gran trasunto,7
do vive mejorado
lo que es, lo que será, lo que ha pasado?

Quien mira el gran concierto
de aquestos resplandores eternales,8
su movimiento cierto,
sus pasos desiguales
y en proporción concorde tan iguales;

la luna cómo mueve
la plateada rueda, y va en pos della9
la luz do el saber llueve,10
y la graciosa estrella
de amor11 la sigue reluciente y bella;

y cómo otro camino
prosigue el sanguinoso Marte12 airado,
y el Júpiter benino13
de bienes mil cercado,
serena el cielo con su rayo armado;

rodéase en la cumbre
Saturno, padre de los siglos de oro;14
tras él la muchedumbre
del reluciente coro15
su luz va repartiendo y su tesoro:

¿quién es el que esto mira
y precia la bajeza de la tierra,
y no gime y suspira
y rompe lo que encierra
el alma, y destos bienes la destierra?

Aquí vive el contento,
aquí reina la paz; aquí, asentado
en rico y alto asiento,
está el Amor sagrado,16
de glorias y deleites rodeado.

Inmensa hermosura
aquí se muestra toda, y resplandece
clarísima luz pura,
que jamás anochece;
eterna primavera aquí florece.

¡Oh, campos verdaderos!
¡Oh, prados con verdad frescos y amenos!
¡Riquísimos mineros!17
¡Oh, deleitosos senos!18
¡Repuestos valles, de mil bienes llenos!"
Notas de David López del Castillo
Fray Luis de León

1 Diego Oloarte, destinatario de la oda.
2 El cielo, donde viven las almas inmortales. 
3 La cárcel del alma es el cuerpo y el mundo material que lo rodea.  
4 La realidad, simple sombra emanada del bien divino. 
5 Esta alusión al paso del tiempo anticipa en cierta medida la visión barroca de la vida como sueño del que despertamos con la muerte. 
6 Pueden entenderse como las trampas o estorbos a la visión (anteojos, semejantes a los que se colocan a los caballos) o, más propiamente, como los deseos o caprichos de los bienes terrenales. 
7 La esfera celeste, donde las ideas habitan junto a Dios. 
8 Las estrellas. 
9 La rueda más cercana a la tierra es la que sigue la órbita lunar. 
10 La segunda rueda corresponde a Mercurio, transmisor de sabiduría. 
11 Venus, en la tercera órbita. 
12 La quinta rueda (el poeta se salta la cuarta, la del Sol), gobernada por el sangriento (sanguinoso) Marte, dios de la guerra. 
13 La sexta rueda, regida por el rayo de Júpiter, apaciguador del cielo. 
14 En la séptima y última gira Saturno, rodeado de tres luces (satélites diríamos hoy), proporcionando paz y abundancia, como en la Edad de Oro. 
15 Las estrellas fijas. 
16 El Espíritu Santo. 
17 Fuentes o manantiales. 
18 Se convierte aquí el ciclo en un locus amoenus, un lugar escondido, en cuyos bien abastecidos o repuestos valles abundan las riquezas.

domingo, 21 de junio de 2015

Poesía tradicional española (poesía de los Cancioneros) - Anónimo - España


    Estos poemillas de autor desconocido y muy difícil datación enraizaron en el pueblo, que los hizo suyos cantándolos a lo largo de un tiempo indeterminado (años, décadas, tal vez siglos en algún caso), hasta que por su éxito fueron recogidos en cancioneros musicales durante el siglo XVI. Suelen ser zéjeles o villancicos surgidos de un núcleo inicial (la cabeza) que da pie a una secuencia de versos de arte menor que suele repetirse (estribillo). Su estilo se caracteriza por los recursos de repetición, principalmente anáforas y paralelismos, y por un lenguaje arcaizante y simbólico. El tema dominante es el mal de amor, casi siempre de una joven burlada o abandonada.

I

Gentil caballero,
dédesme hora un beso,
siquiera por el daño
que me habéis fecho.

Venía el caballero,
venía de Sevilla,
en huerta de monjas
limones cogía, y la prioresa
prendas le pedía:
siquiera por el daño
que me habéis fecho.


II

Quiero dormir y no puedo,
que el amor me quita el sueño.

Manda pregonar el rey
por Granada y por Sevilla
que todo hombre enamorado
que se case con su amiga:
que el amor me quita el sueño.

Que se case con su amiga.
¿Qué haré, triste, cuitado,
que era casada la mía?
Que el amor me quita el sueño.

Quiero dormir y no puedo,
que el amor me quita el sueño.


III

De velar1 viene la niña,
de velar venía.

-Digasme tú, el ermitaño,
así Dios te dé alegría
si has visto por aquí pasar
las cosas que yo más quería.
De velar venía.

-Por mi fe, buen caballero,
la verdad yo te diría:
yo la vi por aquí pasar
tres horas antes del día.
De velar venía.

Lloraba de los sus ojos,
de la su boca decía:
-Mal haya el enamorado
que su fe no mantenía.
De velar venía.

Y maldito sea aquel hombre
que su palabra rompía,
más que más con las mujeres
a quien más se le debía.
De velar venía.

-Mas maldita sea la hembra
que de los hombres se fía,
porque aquella es engañada
la que en palabras confía.
De velar venía.
Introducción y nota de David López del Castillo
1 Pasar la noche en vela. En este contexto tiene connotaciones eróticas.

Lírica popular castellana

viernes, 19 de junio de 2015

El Romancero/ 10 - Romance del rey moro que perdió Alhama - Anónimo - España


ROMANCE DEL REY MORO QUE PERDIÓ ALHAMA
(ROMANCES HISTÓRICOS)

Passeávase el rey moro1    por la ciudad de Granada,
desde las puertas de Elvira    hasta las de Bivarrambla.
                         ¡Ay de mi Alhama!
Cartas le fueron venidas    que Alhama era ganada.
Las cartas echó en el fuego    y al mensagero matara.
                         ¡Ay de mi Alhama!
Descavalga de una mula    y en un caballo cavalga;
por el Zacatín arriba    subido se había al Alhambra.
                         ¡Ay de mi Alhama!
Como en el Alhambra estuvo,    al mismo punto mandava
que se toquen sus trompetas,    los añafiles de plata,
                         ¡Ay de mi Alhama!
y que las caxas de guerra2    apriessa toquen alarma,
porque lo oigan sus moricos,    los de la Vega y Granada.
                         ¡Ay de mi Alhama!
Los moros que el son oyeron    que al sangriento Marte llama,
uno a uno y dos a dos    juntádose ha gran batalla.3
                         ¡Ay de mi Alhama!
Allí habló un moro viejo,    d'esta manera hablava:
-¿Para qué nos llamas, rey?    ¿Para qué es esta llamada?-
                         ¡Ay de mi Alhama!
-Avéis de saber, amigos,    una nueva desdichada:
que cristianos con braveza    ya nos han ganado a Alhama.-
                         ¡Ay de mi Alhama!
Allí habló un alfaquí4    de barba crecida y cana:
-Bien se te emplea, buen rey,    buen rey, bien se te empleava:
                         ¡Ay de mi Alhama!
mataste los Bencerrajes5,    que eran la flor de Granada,
cogiste los tornadizos6    de Córdova la nombrada.
                         ¡Ay de mi Alhama!
Por esso mereces, rey,    una pena bien doblada:
que te pierdas tú y el reino    y que se pierda Granada.-
Notas de Giuseppe Di Stefano
Romances

1 Abū al-Hasan 'Ali ben Saad (أبو الحسن علي), rey de Granada, llamado Muley Hassan o Muley Hacén, penúltimo monarca de Granada, padre de Boabdil el Chico. Perdió Alhama a manos de los cristianos el 28 de febrero de 1482, en represalia por la toma nazarí de Zahara, lo que significó el inicio de la Guerra de Granada.
Una leyenda dice que, hastiado de su trato con los hombres, dispuso que a su fallecimiento fuese enterrado en el lugar más alto, cercano al cielo y alejado de la civilización: en el pico Mulhacén (de ahí el nombre de la máxima altura de la península ibérica). Desde entonces fueron muchas las búsquedas que se realizaron en la montaña para localizar la tumba del monarca, pero nunca fue encontrada. (Wiki)
2 Caxas de guerra: tambores.
3 Batalla: hueste.
4 Es verosímil la enérgica intervención de tal personaje, autoridad oficial en derecho y aquí con el prestigio de la edad. Pocos años después, algunos alfaquíes de Granada instaron al entonces rey Boabdil para que fuera a socorrer a Baza, otro lugar estratégico en la defensa del reino agonizante. Fue inútil, y perdieron sus cabezas. Probablemente ignoraban que Boabdil cobraba ya una pensión de los Reyes Católicos y había pactado la transformación de Granada y parte de su territorio en un Ducado vasallo del reino español.
5 La poderosa familia granadina de los Abencerrajes.
6 Alude a la estirpe de Pedro Venegas, de origen cristiano. Un hijo suyo llegó a ser visir y privado de Muley Hassan.

Romance del rey moro que perdió Alhama - Joaquín Díaz