De lo que se trata es del intercambio: ella tiene hambre, yo
no tengo conocimiento; y si cada uno espera que caiga su
ración del cielo, ya podemos despedirnos sin aliviar la carga.
Siempre ha habido estos pactos: ella con un naipe distinto
en cada caso, yo eligiendo la carta para ver si acierto;
ella, yegua de Parménides llevándome camino arriba, yo
olfateando el rastro con precipitación;
y así, necesitados ambos de lo que el otro tiene y no guarda
para sí, buscamos lo excitable de la especie para alcanzar el
peso, la saliva del otro, la célebre unión de las mitades.
Ella siempre con historias exitosas (todas tristes), y yo
atestiguando lo que he dicho:
que si espera en la calle
se debe al intercambio,
si entra en el bar y llama por teléfono,
si disloca hasta morir la mandíbula del alma
y se ríe cuando corresponde llorar
se debe al intercambio: esas partes separadas en
busca de lo mismo.
Y es todo lo que sé.
Pero ella sabe más:
sin salir de la esquina
conoce el mar por el tripulante a deshora,
el mercado por el olor de unas manos,
la vaca por el carnicero;
y si no quiere ni oír
hablar del corazón, acostumbrada
como está a la charla,
es porque sabe que ahí cruje la madera.
El corazón es puro esteticismo.
El tiempo ayuda al mito de lo que no sucede.
Él vendrá o ha venido, no se sabe a fe cierta,
abundan los rumores mas no hay pruebas,
pudo ser aquel viejo de la capa raída
o el callado extranjero que no salió del cuarto
durante días, ¿quién podría asegurarlo?
Mejor no decir nada, mantener la vigilia,
dar órdenes precisas a guardias y aduaneros,
dibujar en el sueño el rostro de quien nunca
dio señales de vida ni declaró su nombre,
en la espera y deseo de que alguna mañana
se anuncie en una vuelta del camino,
incorpore su rostro a nuestro asombro
tan sólo por hallar a sus creadores,
por saber que fue cierta nuestra imaginación.
1.
He aquí el muchacho saltarín, el muchacho
que salta mientras hablo.
Está a sus anchas en el camino real,
a oídos de la casa alta, su ciego
alero, los árboles; conozco este lugar.
La senda, en gruesas líneas fuera del campo de visión,
se acaba en cualquier parte pero no en Lyonnesse,
aunque es de Lyonnesse de donde he de traerte,
por huertos tenebrosos, a través de las lomas
de tojo de la antigua tierra comunal
devuelta en todas partes al futuro de la memoria.
2.
Brinca porque siente una seria
alegría al brincar. Los ojos de la chica
tienen vedado el paso, o bien ella
está a un paso, a cubierto, y nosotros,
sin saber cómo, debemos saberlo.
Apuesto que idolatra su cabeza plebeya
de balín, sus aladas zapatillas de lona
de nuevo Hermes, su abollado casco de juguete
sujeto con elásticos. Está ganando
una guerra justa y trascendental
contra la gravedad.
3.
Tal vez sea un caso de levitación. Yo
podría hacerlo. Dar a su nuevo cuerpo
mi remembranza. Tales incidentes ocurren.
4.
Sigue saltando, saltarín; el muchacho que fui
grita vamos.
El pasado 30 de junio fallecía de forma repentina en su casa de Cambridge el poeta Geoffrey Hill, considerado por muchos críticos —entre ellos Harold Bloom o George Steiner— como la figura central de la poesía británica de posguerra. Su muerte es algo así como el final de una era: con ella se apaga definitivamente la constelación de grandes nombres —Philip Larkin, Ted Hughes o Charles Tomlinson— que dominó la poesía de las islas durante medio siglo, renovando el curso de la tradición nativa sin descuidar las vetas más apreciables de la vanguardia.
Hill ocupó desde muy pronto un lugar aparte por la severidad y el rigor formal de su propuesta. Desde la publicación en 1959 de su primer libro, For the Unfallen, fue saludado como un talento indiscutible: la intensidad barroca de su escritura era un modelo de precisión y energía capaz de resolverse a cada instante en versos memorables, y a la vez de crear conjuntos mayores que la suma de sus partes, pegados al matiz, la imagen luminosa y esa forma de meditación pública que es el soliloquio. Él mismo definió la poesía como "un triste y colérico consuelo" [...]
Hombre de amplias y singulares lecturas, sus maestros literarios fueron Milton y los metafísicos ingleses, la poesía barroca española —que leyó con sabiduría: su versión del soneto "Qué tengo yo, que mi amistad procuras", de Lope de Vega, incluida en Tenebrae (1978), es sencillamente un prodigio— y luego, dando un salto en el tiempo, el esteticismo puritano de John Ruskin y Gerald Manley Hopkins. La influencia del romanticismo le llegó tarde, pero informa algunos poemas breves de senectud donde la visión de la naturaleza es siempre correlato de un malestar moral (solo Hill es capaz de mirar un paisaje y persuadirnos de que duele). Aunque tiene puntos de contacto con el Eliot de Cuatro cuartetos, su estilo es mucho más denso y alusivo.
Hill fue célebre durante años por la parquedad de su obra. Pero el tratamiento a base de litio con que combatió su depresión crónica a comienzos de la década de los noventa lo convirtió en un poeta de inmensa productividad. El viejo laconismo dio paso a una escritura locuaz, traviesa y erudita que todo lo convierte en materia de canto y de cuento. Entre sus libros destacan King Log (1968), Mercian Hymns (1971), Canaan (1997), The Triumph of Love (1999), Speech! Speech! (2000), Without Title (2006) o A Treatise of Civil Power (2007). En España el Taller de Traducción Literaria de la Universidad de la Laguna editó en 2003 una breve muestra de sus primeros dos libros con el título de Veintisiete poemas, a la que siguió en 2006 una edición bilingüe de Himnos de Mercia (DVD Ediciones). JORDI DOCE
Nous sommes revenus à notre origine.
Ce fut le lieu de l'évidence, mais déchirée.
Les fenêtres mêlaient trop de lumières,
Les escaliers gravissaient trop d'étoiles
Qui sont des arches qui s'effondrent, des gravats,
Le feu semblait brûler dans un autre monde.
Et maintenant des oiseaux volent de chambre en chambre,
Les volets sont tombés, le lit est couvert de pierres,
L'âtre plein de débris du ciel qui vont s'éteindre.
Là nous parlions, le soir, presque à voix basse
A cause des rumeurs des voûtes, là pourtant
Nous formions nos projets : mais une barque,
Chargée de pierres rouges, s'éloignait
Irrésistiblement d'une rive, et l'oubli
Posait déjà sa cendre sur les rêves
Que nous recommencions sans fin, peuplant d'images
Le feu qui a brûlé jusqu'au dernier jour.
Est-il vrai, mon amie,
Qu'il n'y a qu'un seul mot pour désigner
Dans la langue qu'on nomme la poésie
Le soleil du matin et celui du soir,
Un seul le cri de joie et le cri d'angoisse,
Un seul l'amont désert et les coups de haches,
Un seul le lit défait et le ciel d'orage,
Un seul l'enfant qui naît et le dieu mort ?
Oui, je le crois, je veux le croire, mais quelles sont
Ces ombres qui emportent le miroir ?
Et vois, la ronce prend parmi les pierres
Sur la voie d'herbe encore mal frayée
Où se portaient nos pas vers les jeunes arbres.
Il me semble aujourd'hui, ici, que la parole
Est cette auge à demi brisée, dont se répand
A chaque aube de pluie l'eau inutile.
L'herbe et dans l'herbe l'eau qui brille, comme un fleuve.
Tout est toujours à remailler du monde.
Le paradis est épars, je le sais,
C'est la tâche terrestre d'en reconnaître
Les fleurs disséminées dans l'herbe pauvre,
Mais l'ange a disparu, une lumière
Qui ne fut plus soudain que soleil couchant.
Et comme Adam et Ève nous marcherons
Une dernière fois dans le jardin.
Comme Adam le premier regret, comme Ève le premier
Courage nous voudrons et ne voudrons pas
Franchir la porte basse qui s'entrouvre
Là-bas, à l'autre bout des longes, colorée
Comme auguralement d'un dernier rayon.
L'avenir se prend-il dans l'origine
Comme le ciel consent à un miroir courbe,
Pourrons-nous recueillir de cette lumière
Qui a été le miracle d'ici
La semence dans nos mains sombres, pour d'autres flaques
Au secret d'autres champs "barrées de pierres"?
Certes, le lieu pour vaincre, pour nous vaincre, c'est ici
Dont nous partons, ce soir. Ici sans fin
Comme cette eau qui s'échappe de l'auge.
El adiós Hemos vuelto a nuestro origen. Fue el lugar de la evidencia, aunque desgarrada. Las ventanas mezclaban demasiadas luces, Las escaleras trepaban demasiadas estrellas Que son arcos que se hunden, escombros, El fuego parecía arder en otro mundo. Y ahora hay pájaros que vuelan de una habitación a la otra, Los postigos se cayeron, la cama está cubierta de piedras, La chimenea llena de restos del cielo que van a apagarse. Allí, por las tardes, hablábamos casi en voz baja Debido a los rumores de las bóvedas, allí, sin embargo, Formábamos nuestros proyectos: pero una barca, Cargada con piedras rojas, se alejaba Irresistiblemente de una orilla, y el olvido Depositaba ya su ceniza en los sueños Que sin fin recomenzábamos, poblando con imágenes El fuego que ardió hasta el último día. ¿Es cierto, amiga mía, Que no hay más que una palabra para nombrar En la lengua que llamamos poesía El sol de la mañana y el de la tarde, Una para el grito de alegría y el de angustia, Una para el desierto río arriba y los golpes de hacha, Una para la cama deshecha y el cielo tormentoso, Una para el niño que nace y el dios muerto? Sí, lo creo, quiero creerlo, pero ¿qué sombras Son ésas que se llevan el espejo? Y, mira, la zarza crece entre las piedras En el camino de hierba aún apenas abierto Por el que nuestros pasos iban hacia los jóvenes árboles. Hoy me parece, aquí, que la palabra Es el pesebre medio roto del que se escapa En cada amanecer de lluvia el agua inútil. La hierba y en la hierba el agua que brilla, como un río. Todo está siempre a la espera de que una vez más se lo ate al [mundo. Sé que el paraíso está diseminado, Es tarea terrestre el reconocer Sus flores dispersas en la hierba pobre, Pero el ángel ha desaparecido, una luz Que no fue, de golpe, sino un sol poniente. Y como Adán y Eva caminaremos Por última vez en el jardín. Como Adán el primer pesar, como Eva la primera Osadía, querremos y no querremos Pasar por la puerta baja que se entreabre Allá a lo lejos, en la otra punta del ronzal, coloreada Como auguralmente por un último rayo. ¿Se toma el porvenir en el origen Como cabe el cielo en un cóncavo espejo? ¿Podremos recoger, de esa luz Que fue de aquí el milagro, En nuestras sombrías manos la simiente, para otros charcos En el secreto de otros campos "cercados de piedras"? Por cierto, está aquí el lugar para vencer, para vencernos, El lugar de donde salimos esta tarde. Aquí sin fin Como esa agua que se escapa del pesebre.
Un oiseau chante ne sais où
C'est je crois ton âme qui veille
Parmi tous les soldats d'un sou
Et l'oiseau charme mon oreille
Écoute il chante tendrement
Je ne sais pas sur quelle branche
Et partout il va me charmant
Nuit et jour semaine et dimanche
Mais que dire de cet oiseau
Que dire des métamorphoses
De l'âme en chant dans l'arbrisseau
Du cœur en ciel du ciel en roses
L'oiseau des soldats c'est l'amour
Et mon amour c'est une fille
La rose est moins parfaite et pour
Moi seul l'oiseau bleu s'égosille
Oiseau bleu comme le cœur bleu
De mon amour au cœur céleste
Ton chant si doux répète-le
À la mitrailleuse funeste
Qui chaque à l'horizon et puis
Sont-ce les astres que l'on sème
Ainsi vont les jours et les nuits
Amour bleu comme est le cœur même
Un pájaro canta Canta un pájaro no sé dónde Debe ser tu alma siempre en vela Que entre los soldados se esconde Su canto me encanta y desvela Escucha canta tiernamente No sé desde qué rama canta Mas noche y día eternamente Semana y domingo me encanta Qué decir del pájaro que ama Su transformación milagrosa Del alma que canta en la rama De amor en cielo y cielo en rosa Ave del soldado es amor y es mi amor una hermosa niña La rosa es menos bella y por Mí solo el pájaro azul trina Ave azul como el corazón Azul que entre mi pecho llora Haz que oiga tu dulce canción La funesta ametralladora Que restalla en la lejanía Siembran astros con su canción? Va así la noche va así el día Amor azul como mi corazón
1
Ah, mon vieux José Afonso,
vuelvo a tus fotos de África,
o mejor he de decir de las Áfricas, así en plural,
de las cien o de las mil, de las Áfricas ocultas
que aguardan ser miradas por tu cámara
de épica resistencia, de honesto respeto
hacia la soledad de su íntima desecación.
2
Ah, mon vieux José Afonso,
esas fotos de seres invisibles y paisajes reales
como sueños están aquí en mi memoria,
me las he traído hasta esta isla de Madeira
desde donde estoy escribiéndote estos versos,
a las cinco de la tarde, en un pequeño bar
de Funchal, junto al castillo, por la zona alta.
3
Allá a lo lejos, atravesando el mar océano,
una línea, directamente trazada desde el centro
de esta mesa con mantel de plástico rojo a cuadros,
llega hasta Cabo Verde y sus nombres de islas y lugares,
que despiertan en mí la poderosa idea amada
y viva del viaje largo, de las tiernas nostalgias,
del humo de un café donde suena la morna
en la voz de Cize, llenando el entorno
de una atmósfera de tristeza y encanto.
4
Esos nombres que flotan como músicas en mi cabeza:
Sao Vicente, Baía das Gatas, Mindelo,
Tarrafal, Calhau, Praia, Monte Cara,
desiertos en blanco y gris, en negro y blanco,
en los colores mismos de una ardiente sequedad,
de una tea abrasada, calcinada, avarienta.
5
Pero también van en el equipaje de mi memoria
otras Áfricas allá lejanas, pobres, orgullosas:
Angola, Sao Tomé, Maputo, Bissau,
mundos más que lugares, bordes del mar,
valles barridos por vientos que azotan a las palmeras,
matojos de hierba que ya no es ni será verde,
sólo ese plateado grisáceo de tus fotos,
tierra negra de la desolación,
fantasma de los vergeles bíblicos, ceniza.
6
Por tus fotos que recuerdo pasó la epopeya,
se agostó la historia, se perdió el hálito del brío;
ahora es habla seca de espíritus emigrados
A Boston, a París, a Lisboa, a Madrid, a Berlín,
el infierno de la vida real donde ser negro
es el castigo mayor, el peligro, la condena.
7
Recojo en tus fotos el hechizo breve de un rescoldo
apagándose, pero no la hoguera cálida;
ya aquella luz se extinguió,
se fue con el tiempo en que había hombres felices,
se fue con el tiempo en que las estaciones,
los rebaños y los cultivos guiaban a los hombres;
ahora no hay nada ni hay nadie.
8
Sólo queda la voz en Cabo Verde,
la voz como no hay otra voz en el mundo,
la voz que corta el dolor como manteca,
la voz de Cesaria Evora, sacándome de la profunda
sombra muerta de tus Áfricas.
9
Ah, José Afonso, viejo amigo,
mago de la luz y de su ausencia,
maestro de los grises fronterizos,
que divides el mundo negro de los desiertos blancos
con una raya equinoccial, equilibrada,
el horizonte inventado por ti
entre el cielo y el mundo,
como Dante, como Virgilio, como Camoens.
10
Cuántos viajes largos pasaron por esos puertos vacíos,
antaño cruce obligado de todas las rutas;
si hubiera de partir hoy de este malecón,
aquí, en Funchal, atestado de cargueros roñosos,
pediría que mi escala fuese en Mindelo
para ver si esos nombres que flotan en mi mente,
que he visto en tus fotos,
existen, o son en cambio telones de tu alma
que descorres ocultando a todos una amarga mirada.
11
Tus árboles, tu arena, tus olas,
son estancias de la luz, la casa de las sombras,
la lontananza de quien busca el ocaso de la vida
donde antes, un día, fue dictado el Paraíso.
Cada poema es único. En cada obra late, con mayor o menor grado, toda la poesía. Cada lector busca algo en el poema. Y no es insólito que lo encuentre: ya lo llevaba dentro.