Diana Krall - Glad Rag Doll (2012)

jueves, 31 de octubre de 2013

Microgramas - Jorge Carrera Andrade - Ecuador


Colibrí:
El colibrí,
aguja tornasol,
pespuntes de luz rosada
dá en el tallo temblón
con la hebra de azúcar
que saca de la flor.

Tortuga:
La tortuga en su estuche amarillo
es el reloj de la tierra
parado desde hace siglos.

Nuez: 
Sabiduría comprimida
diminuta tortuga vegetal,
cerebro de duende
paralizado por la eternidad.

Moscardón: 
Uva con alas.
Con tu mosto de silencio
el corazón se emborracha.

Golondrina:
Ancla de plumas
por los mares del cielo
la tierra busca.

Lagartija:
Amuleto de plata
o diablillo con bocio,
criatura del alba.

lunes, 28 de octubre de 2013

Fragmento de la Vida de Santo Domingo de Silos - Gonzalo de Berceo - España


Aquí escomiença la vida del glorioso confessor Sancto Domingo de Silos.

1    En el nomne del Padre,      que fiço toda cosa
      e de don Ihesu Christo,      fijo de la Gloriosa,
      e del Spíritu Sancto,      que egual dellos posa,
      de un confessor sancto      quiero fer una prosa.

2    Quiero fer una prosa      en román paladino
      en qual suele el pueblo      fablar con so vecino,
      ca non so tan letrado      por fer otro latino,
      bien valdrá, como creo,      un vaso de bon vino.

3    Quiero que lo sepades      luego de la primera,
      cuya es la istoria,      metervos en carrera:
      es de Sancto Domingo      toda bien verdadera,
      el que dicen de Silos      que salva la frontera.

4    En el nomne de Dios      que nombramos primero,
      suyo sea el precio,      yo seré su obrero;
      galardón del lacerio      yo en Él lo espero,
      qui por poco servicio      da galardón larguero.

5    Señor Sancto Domingo,      dizlo la escriptura,
      natural fue de Cañas,      non de bassa natura,
      lealmientre fue fecho      a toda derechura,
      de todo muy derecho,      sin nulla depresura.

6    Parientes ovo buenos,      del Criador amigos,
      que siguién los esiemplos      de los padres antigos;
      bien sabién escusarse      de ganar enemigos,
      bien lis vinié en mientes      de los buenos castigos.

7    Juhanes avié nomne      el su padre ondrado,
      liñaje de Mansos,      un omne señalado,
      amador de derecho,      de seso acabado,
      non falsarié judicio      por aver monedado.

8    El nombre de la madre      dezir non lo sabría,
      como non fue escrito      no lo devinaría,
      mas ayan la su alma      Dios e Sancta María;
      prosigamos el curso,      tengamos nuestra vía. [...]

La ruta del castellano

viernes, 25 de octubre de 2013

Fragmento de Viaje sin mapas - Graham Greene - Gran Bretaña


    Hoy día, nuestro mundo parece particularmente susceptible a la brutalidad. Hay un dejo de nostalgia en el placer que experimentamos con las novelas de gangsters y frente a personajes que han simplificado tan agradablemente sus emociones, que se han puesto a vivir en un plano infracerebral. Nosotros, como Wordsworth, vivimos después de una guerra y una revolución, y los semi destacados que pelean con bombas entre los peñascos de los rascacielos, parecen más conscientes que nosotros de Proteo alzándose del mar. No es que uno quiera ciertamente permanecer por siempre en ese plano; pero, al ver a qué grado de infelicidad, a qué peligros de extinción nos han conducido siglos de función cerebral, uno siente, a veces, la curiosidad de descubrir, si ello fuera posible en el punto al que hemos llegado, cuál fue el momento en que nos descarrilamos.

martes, 22 de octubre de 2013

Câd Goddeu (La batalla de los árboles) - Taliesin - Gales


Las copas de las hayas
      han retoñado recientemente,
se han cambiado y renovado
      de su estado marchito.

Cuando el haya prospera
      con hechizos y letanías
las copas de los robles se enmarañan
      y hay esperanza para los árboles.

He despojado al elecho,
      con el que descubro todos los secretos,
el viejo Math Mathonwy
      no sabía más que yo.

Con nueve clases de facultades
      Dios me ha dotado:
soy fruto de frutos recogidos
      de nueve clases de árboles:

ciruelo, membrillo, arándano, morera,
      frambuesa, peral,
cerezo negro y blanco
      con el serbo en mí participan.

Desde mi sede en Fefynedd,
      una ciudad que es fuerte,
observé los árboles y las cosas verdes
      que se apresuraban.

Los viajeros se asombraban,
      los guerreros se espantaban
ante la renovación de conflictos
      como los que causó Gwydion.

Bajo la raíz de la lengua
      una lucha sumamente terrible,
y otra furiosa
      detrás, en la cabeza.

Los alisos en la primera fila
      iniciaron la refriega.
El sauce y el fresno silvestre
      tardaron en ordenarse.

El acebo, verde oscuro,
      tomó una actitud resuelta;
está armado con muchas puntas de lanza
      que hieren la mano.

Con el pisotear del rápido roble
      cielo y tierra resuenan;
"Recio Guardián de la Puerta"
      es su nombre en todas las lenguas.

Grande era el árgoma en la batalla,
      y la hiedra en su flor;
el avellano era el árbitro
      en ese tiempo encantado.

Tosco y salvaje era el abeto
      cruel el fresno,
no se desvía la medida de un pie,
      golpea directamente en el corazón.

El abedul, aunque muy noble,
      tardó en ordenarse:
pero no fue por cobardía,
      sino por su gran tamaño.

El brezo consolaba
      a la gente exánime.
Los álamos de larga resistencia
      sufrían mucho en la lucha.

Algunos de ellos eran expulsados
      del campo de batalla
a causa de los agujeros hechos en ellos
      por la fuerza del enemigo.

Muy airada estaba la vid
      cuyos secuaces son los olmos;
yo la elogio mucho ante
      los gobernantes de los reinos.

Fuertes caudillos eran el endrino
      con su fruto nocivo,
el espino blanco no amado
      de naturaleza parecida,

la caña que persigue velozmente,
      la retama con su cría,
y la hiniesta que no se comportó bien
      hasta que la domaron.

El tejo que desparrama dotes
      estaba malhumorado al margen de la lucha,
con el saúco lento para arder
      entre fuegos que chamuscan,

y la bendita manzana silvestre
      riendo de orgullo
desde el Gorchan de Maelderu'
      junto a la roca.

Resguardados se quedan
      el ligustro y la madreselva,
inexpertos en la batalla,
      y el pino cortesano.

Pero yo, aunque menospreciado
      porque no era grande,
combatí, árboles, en vuestra formación
      en el campo de Goddeu Brig.
Traducción de Luis Echávarri,
del libro La diosa blanca. Una gramática histórica del mito poético, de Robert Graves (1948)


    Basado en el ciclo mitológico galés, este poema es atribuido a Taliesin, figura legendaria que se remonta a los tiempos del rey Arturo. Taliesin narra el conflicto entre Gwydion, "El Hechicero", que invoca a los árboles y arbustos de Britania, y el ejército del "Otro Mundo", liderado por Peblig "El Fuerte", y en último término por su rey Arawn.
    El objetivo de la batalla es obtener las tres criaturas del Otro Mundo:
- El Perro Blanco de orejas rojas puntiagudas, guardián del secreto.
- El Corzo, que esconde el secreto.
- El Frailecico, que disfraza el secreto.

sábado, 19 de octubre de 2013

Literatura satírica y burlesca/ 29 - Fragmentos de Vida y opiniones del caballero Tristam Shandy - Laurence Sterne - Irlanda


VOLUMEN I

CAPÍTULO PRIMERO

    Yo hubiera deseado que mi padre o mi madre, o mejor, ambos -ya que los dos fueron igualmente responsables- hubiesen tomado conciencia de lo que se proponían cuando me concibieron, teniendo en cuenta mi estrecha vinculación con lo que hacían; que hubiesen sido conscientes de que al fin y al cabo no sólo estaba en juego la producción de un ser racional, sino también la feliz formación y temple de su cuerpo, de su genio tal vez, y el molde de su mente. Y de que, de haber procedido de otro modo, incluso la suerte de toda mi casa hubiera tomado derroteros distintos a los impuestos por los humores1 y aptitudes que después predominaron en ella. Si hubiesen sopesado y reflexionado sobre esto y procedido consecuentemente, estoy por demás convencido de que yo habría aparecido ante el mundo con una imagen bastante distinta de la que el lector probablemente se forjará de mí. Creedme, buenas gentes, no se trata de algo tan desdeñable como muchos se imaginan. Me atrevería a afirmar que todos ustedes han oído hablar a este propósito de espíritus animales2 hereditarios; de cómo van tranmitiéndose de padres a hijos y así sucesivamente y de otras cosas por el estilo. Pues bien: puedo asegurarles que las nueve décimas partes del absurdo o de la lucidez de un hombre, de su éxito o de su fracaso en este mundo, dependen de la actividad o movilidad de esos principios, de las diversas regiones corporales y órganos a los que alcanzan, de suerte que una vez puestos en movimiento, de forma correcta o equivocada, ya se trata de algo irremediable. En lugar de andar como locos, dando pasos atropellados y sin sentido, si logran marchar una y otra vez con tino sobre sus propios pasos hasta abrir un camino tan suave como la senda de un jardín y se acostumbran a hacerlo siempre así, ni el mismísimo demonio sería capaz de apartarles de esa senda.
    -Por favor, querido -diría mi madre- ¿Has olvidado dar cuerda al reloj? -¡Por Dios! -dijo mi padre profiriendo una exclamación, aunque cuidando al mismo tiempo de bajar la voz- ¿Es que desde que existe el mundo puede haber mujer alguna que interrumpa a un hombre con tan estúpida pregunta? Pero, por favor, me preguntarán, ¿qué es lo que estaba diciendo su padre?
    -Nada, no decía nada.


CAPÍTULO SEGUNDO

    En definitiva, no veo en la pregunta en cuestión, nada bueno ni malo. Así que le diré, señor mío, que se trataba, en el mejor de los casos, de una pregunta inoportuna, ya que dispersaba y extraviaba los "espíritus animales" cuya actuación precisaba ir de la mano con el HOMUNCULUS3 hasta conducirlo felizmente al lugar destinado a su recepción.
    Señor mío, el HOMUNCULUS, por ridícula y leve que sea su apariencia para el ojo del tonto o del ignorante en esta época de liviandad, no lo es en absoluto a los ojos de la razón, de la investigación científica. Es como un SER protegido con sus propios derechos. Los más finos y sutiles filósofos, que -de paso- poseen los más amplios saberes (por ser sus almas inversamente proporcionales a su capacidad de indagación) nos han enseñado sin lugar a dudas que el HOMUNCULUS lo crea la misma mano, lo engendra el mismo proceso natural, dotándolo con las mismas fuerzas locomotrices y las mismas facultades que nos crea a nosotros mismos. Consta, igual que nosotros, de piel, cabello, grasa, carne, venas, arterias, ligamentos, nervios, cartílagos, huesos, médula, cerebro, glándulas, genitales, humores y articulaciones. Se trata de un ser de tanta actividad -en el amplio sentido de la palabra-, de un congénere nuestro tanto como lo pueda ser el Lord Canciller de Inglaterra. Puede progresar, puede lastimarse, puede hallar remedio. En una palabra: está dotado de todos aquellos derechos y deberes de la humanidad que los mejores autores morales -tales como Cicerón o Puffendorff4- destacan como propios y privativos de ella.
    Pero, díganme, ¿qué pasaría si le sobreviniera cualquier accidente en su camino, o si por miedo a ello -cosa natural en tan joven viajero- nuestro caballerete termina su itinerario tremendamente abatido? Pues que su fuerza muscular, su virilidad, se harían endebles; sus espíritus animales se arrugarían indescriptiblemente, y, en tan quebrantado y triste estado de nervios, caería víctima de repentinos sobresaltos o de una serie de melancólicos sueños y fantasías por espacio de nueve largos meses. Tiemblo al imaginar qué cimientos se echarían en esas condiciones y las mil debilidades de cuerpo y de espíritu que se edificarían sobre ellos. Ningún filósofo o médico sería capaz jamás de enderezarlas satisfactoriamente.


CAPÍTULO QUINTO

    El 5 de noviembre de 1718, fecha que para el caso era tan cercana, a los nueve meses naturales, como mi padre podía razonablemente esperar, aparecí yo, el caballero Tristam Shandy, en este ruin y desastroso mundo. Yo hubiera preferido nacer en la Luna o en cualquiera de los planetas (salvo Júpiter o Saturno cuyo clima no resultaría soportable), pues no podría haberme ido peor en ellos (no me pronunciaré acerca de Venus) que en este vil y cochino planeta que, en mi sentir -sea dicho con el mayor respeto-, me parece hecho de los desperdicios y retazos de todos los demás. No porque el planeta en sí no resulte bien, siempre, claro, que uno nazca con un buen título o en una buena casa o sea llamado a desempeñar un buen cargo público, empleo, dignidad o potestad. Como éste no es mi caso y cada cual habla de la feria tal como le fue en ella, insisto en que resulta uno de los más miserables mundos que se haya jamás construido. Y digo esto porque puedo afirmar con todo convencimiento que desde la primera hora en que alenté en él hasta el presente, en que apenas puedo hacerlo gracias al asma que contraje con el viento de Flandes, no he sido más que un juguete de lo que el mundo llama la Fortuna. Y aunque no voy a ganar nada con agraviar de palabra a esta diosa, lo cierto es que en todo lugar me ha hecho sentir el peso de todo mal grande o señalado. Aun con el mejor humor del mundo, no puedo sino decir de ella que en cada etapa de mi vida, en cada vuelta y revuelta de su camino, cuando pudo mostrarse amable conmigo, esta antipática diosa no ha hecho más que abrumarme con la más copiosa granizada de lastimosas desventuras y de infaustos accidentes que jamás héroe alguno haya podido soportar.


VOLUMEN III

CAPÍTULO TRIGÉSIMO QUINTO

    No se puede decir que la colección de libros de mi padre fuese muy grande. En compensación resultaba bastante curiosa y, eso sí, le llevó mucho tiempo reunirla. Ciertamente tuvo la inmensa suerte de inaugurarla con el prólogo de Bruscambille5 sobre las narices largas que consiguió casi regalado, ya que sólo le costó tres medias coronas y eso, seguramente, porque el librero de viejo se dio cuenta del evidente interés y avidez de mi padre por el libro. No hay más que tres Bruscambilles en todo el mundo, aseguró el librero, fuera de los que los coleccionistas guardan bajo siete llaves. Mi padre soltó el dinero con la rapidez del relámpago, cogió su Bruscambille, lo apretó contra su pecho y salió disparado de Picadilly a Coleman Street, como quien huye con un tesoro, sin soltarlo de la mano en todo el camino.
    Para que aquellos que no estén familiarizados con el género cultivado por Bruscambille ni sepan cómo debe escribirse un prólogo sobre narices puedan hacerse una idea de lo mucho que le complació la adquisición, baste decirles que disfrutó tanto con él en su casa leyéndolo como, sin duda, disfrutaron vuestras mercedes con su primera amante. Es decir, de la mañana a la noche. Cosa que, en mi opinión, por muy deliciosa que pueda resultar la experiencia para el enamorado, proporciona poco o ningún entretenimiento a los observadores. Adviertan que no quiero insistir más en la comparación, aunque sí diré que mi padre comía más con la vista que con el estómago. Su ilusión sobrepasaba a su conocimiento. Y cuando se le pasó ese primer entusiasmo, sus inclinaciones se dividieron. Consiguió obras de Prignitz y compró libros de Scroderus, Andrea Paraeus, "Las Conferencias Nocturnas" de Bouchet y, sobre todo, la obra del gran erudito Hafen Slawkenbergius6, de quien hay tanto que decir que no voy a decir nada ahora.

Traducción y notas de José Antonio López de Letona

1 Se refiere a la teoría medieval de los "humores", líquidos vitales del cuerpo que correspondían a los cuatro elementos. Según predominaran unos u otros, así se determinaba el carácter de una persona. 
2 En el siglo XVIII, se suponía que estos "espíritus animales" se encontraban en la sangre y actuaban sobre el cerebro y el sistema nervioso. Se creía que a través de ellos el alma influía en el cuerpo. 
3 "Hombrecillo". Se pensaba que el espermatozoide era como una persona en miniatura. 
4 Samuel Puffendorff (1632-1694) fue un jurista alemán. 
5 Bajo el nombre de Bruscambille presentó Deslauriers sus Fantasies o Pensées facetieuses, publicados en 1612. Entre los muchos temas que toca, está el de las narices cortas y largas.
6 Prignitz y Scroderus son invenciones de Sterne, del mismo modo que Hafen Slawkenbergius, "montón de desperdicios". Andrea Paraeus es Ambroise Paréc (1517-1590), cirujano francés llamado "el padre de la cirugía moderna", que trató a los reyes de su época. Guillaume Bouchet, magistrado de Poitiers, publicó en 1584 sus Serées (Conferencias Nocturnas).

miércoles, 16 de octubre de 2013

Para hacer el retrato de un pájaro - Jacques Prévert - Francia


Pour faire le portrait d'un oiseau

Peindre d'abord une cage
avec une porte ouverte
peindre ensuite
quelque chose de joli
quelque chose de simple
quelque chose de beau
quelque chose d'utile
pour l'oiseau

Placer ensuite la toile contre un arbre
dans un jardin
dans un bois
ou dans une forêt
se cacher derrière l'arbre
sans rien dire
sans bouger...

Parfois l'oiseau arrive vite
mais il peut aussi bien mettre de longues années
avant de se décider

Ne pas se décourager
attendre
attendre s'il le faut pendant des années
la vitesse ou la lenteur de l'arrivée
de l'oiseau n'ayant aucun rapport
avec la réussite du tableau

Quand l'oiseau arrive
s'il arrive
observer le plus profond silence
attendre que l'oiseau entre dans la cage
et quand il est entré
fermer doucement la porte avec le pinceau
puis
effacer un à un les barreaux
et ayant soin de ne toucher aucune des plumes
del'oiseau
faire ensuite le portrait de l'arbre
en choisissant la plus belle de ses branches
pour l'oiseau
peindre aussi le vert feuillage et la fraîcheur du vent
la poussière du soleil
et le bruit des bêtes de l'herbe dans la chaleur de l'été
et puis attendre que l'oiseau se décide à chanter

Si l'oiseau ne chante pas
c'est mauvais signe
mais s'il chante c'est bon signe
signe que vous pouvez signer
alors vous arrachez tout doucement
une des plumes de l'oiseau
et vous écrivez votre nom dans un coin du tableau.


Para hacer el retrato de un pájaro

Primero pinta una jaula
con la puerta abierta.
Luego pinta
algo bello,
algo simple
algo hermoso,
algo útil
para el pájaro.

Entonces coloca el lienzo contra un árbol,
en un jardín,
en un bosque
o en la selva
y escóndete tras un árbol,
sin hablar,
sin moverte...

A veces, el ave llega pronto,
aunque puede llevar muchos años
antes de decidirse.

No te desanimes,
espera,
espera años si es preciso
qué tan rápido o qué tan lento llegue el ave
no tiene nada que ver
con el éxito de la pintura.

Cuando el ave venga,
si es que viene,
guarda el mayor silencio
hasta que entre en la jaula.
Con un pincel,
entonces,
borra todos los barrotes, uno por uno,
teniendo cuidado de no tocar ni una de las plumas
del ave.
Luego pinta el retrato de un árbol
escogiendo las ramas más hermosas
para el pájaro.
Pinta también el follaje verde, la frescura del viento,
el polvo del sol
y el ruido de las criaturas en la hierba al calor del verano.
Espera entonces a que el ave se decida a cantar.

Si no canta,
es un mal signo.
Pero si canta es un buen signo,
una señal de que ya puedes firmar el lienzo.
Así, con mucha suavidad,
arranca una de las plumas del ave
y escribe tu nombre en una esquina de la pintura.

domingo, 13 de octubre de 2013

Bashō - Cees Nooteboom - Holanda


1.
Anciano entre los juncos la desconfianza del poeta.
Parte hacia el Norte escribiendo un libro con los ojos.
Se escribe a sí mismo sobre el agua ha perdido a su maestro.
El amor tan sólo en cosas recortadas de las nubes y del viento.
De ahí esta vocación por visitar a sus amigos y luego partir.
Calaveras y labios se juntan bajo ladeantes cielos.
Siempre el beso del ojo traducido al empuje de las palabras.
Diecisiete es el número sagrado en el cual la aparición es un
                                                                     [designio.
Para digerir un pasado petrificado como una mariposa.
Lustrados fósiles en una oleada de mármol.
Por aquí pasó el poeta en su viaje hacia el Norte.
Por aquí pasó el poeta una vez y para siempre.

2.
Sabemos de la poesía poética los peligros comunes
de lo lunático y la serenata. Aire embalsamado, eso es todo,
a menos que lo transformes en guijarros que fulguran y hieren.
Tú, viejo maestro, lustrando los guijarros
que arrojas para derribar un zorzal.
Del mundo has tallado una imagen que sostiene tu nombre.
Diecisiete guijarros por flechas una escuela de mortíferos
                                                                 [cantantes.
Mira cerca del agua el rastro del poeta
en su camino a las nieves altas. Mira cómo el agua lo borra
cómo el hombre del sombrero vuelve a inscribirlo
preserva el agua y la pisada, capturando el movimiento que
                                                                 [ha pasado
de tal modo que lo que ha desaparecido está aún ahí como algo
                                                   [que ha desaparecido.

3.
En ningún lugar de este universo he encontrado un hogar
escribió en su sombrero de ciprés.
La muerte le quitó el sombrero
como debía ser. La sentencia ha permanecido.
Su único hogar estaba en su poesía.
Sólo un poco más y verás las flores de cerezo de Yoshino.
Deja tus sandalias bajo el árbol, pon a descansar a tus pinceles.
Envuelve tu bastón en tu sombrero, traza líneas en el agua.
La luz es tuya, la noche también.
Un poco más, sombrero de ciprés, y tú también los verás
la nieve de Yoshino, el casco de hielo de Sado,
la isla que embarca hacia Sôren a través de un oleaje de lápidas.

4.
El poeta es un molino que covierte el paisaje en palabras.
Sin embargo él piensa igual que tú y sus ojos ven lo mismo.
El sol viniendo a estrellarse en la boca del caballo.
El más remoto templo de Ise la playa de Narumi.
Él viaja en las nubes del sufrimiento se dirige a su cometido.
Sus mandíbulas muelen las flores haciéndolas versos.
Llevando los libros de los asuntos cotidianos del mundo.
En el Norte él se sabe una pila de ropa vieja.
Cuando está donde nunca volverá a estar tú lees sus poemas:
Peló pepinos y manzanas él pintó su vida
Yo también he sido tentado por el viento que sopla las nubes.

Traducción de Robert Richard Rivas, 
a partir de dos versiones en inglés: 
una del sudafricano J. M. Coetzee 
y otra del irlandés Michael O'Loughlins, 
con ligeros toques de Juan Nadie.

viernes, 11 de octubre de 2013

Fragmento de Cara - Alice Munro (Premio Nobel de Literatura 2013) - Canadá


    Caí en la cuenta de que no volvería a ver a Nancy muy poco a poco. Al principio estaba enfadado con ella y no me importó. Después, cuando preguntaba por ella, mi madre debía de distraerme con una respuesta vaga, para no recordar ni recordarme la angustiosa escena. Seguro que fue entonces cuando empezó a pensar en serio en enviarme al colegio. Creo que me instalaron en Lakefield aquel mismo otoño. Probablemente mi madre sospechaba que cuando me acostumbrase a estar en un colegio de chicos el recuerdo de haber tenido una compañera de juegos se iría difuminando y me parecería algo indigno, incluso ridículo.

    El día después del funeral de mi padre mi madre me sorprendió al preguntarme si la llevaría a cenar afuera (por supuesto, ella me llevaría a mí), a un restaurante a orillas del lago, a varios kilómetros de allí, donde esperaba que no hubiera nadie conocido.
   -Tengo la sensación de llevar toda la vida encerrada en esta casa –dijo-. Necesito tomar aire.
    En el restaurante miró discretamente a su alrededor y anunció que no conocía a nadie.
    -¿Te tomas una copa de vino conmigo?
    ¿Habíamos recorrido toda aquella distancia para que ella pudiera beber vino en público?
    Cuando llegó el vino y pedimos la cena, dijo:
    -Hay algo que creo que deberías saber.
    Esta puede ser una de las frases más desagradables que puede escuchar una persona. Existen muchas probabilidades de que lo que deberías saber te resulte gravoso, y de que se insinúe que otras personas han tenido que soportar la carga mientras que tú te has librado todo ese tiempo.
    -¿Que mi padre no es mi verdadero padre? –dije-. ¡Yupi!
    -No seas bobo. ¿Te acuerdas de tu amiguita Nancy?
    La verdad es que tardé unos momentos en acordarme. Después dije:
    -Vagamente.

  En aquella época todas las conversaciones con mi madre parecían requerir una estrategia. Tenía que mostrarme desenfadado, gracioso, indiferente. En su rostro y su voz había un dolor latente. Nunca se quejaba de su situación, pero en las historias que me contaba había tantas personas inocentes y maltratadas, tantas atrocidades, que se suponía que yo debía volver como mínimo apesadumbrado con mis amigos y mi afortunada vida.
    Yo no estaba dispuesto a colaborar. Posiblemente lo único que mi madre quería era alguna muestra de compasión, o tal vez de ternura física. Yo no podía dársela. Era una mujer maniática, aún no maltrecha por la edad, pero yo la rehuía como si comportara un riesgo de depresión pertinaz, como un hongo contagioso. Rehuía sobre todo cualquier alusión a mi desgracia, que a mí me parecía que ella valoraba de una forma especial, la atadura de la que yo no podía librarme, que tenía que reconocer, que me unía a ella desde la cuna.
    -Probablemente te habrías enterado si estuvieras más en casa -dijo-. Aunque ocurrió poco después de que te enviáramos al colegio.
    Nancy y su madre se fueron a vivir a un apartamento propiedad de mi padre, en la plaza. Allí, una mañana de otoño, la madre de Nancy encontró a su hija en el cuarto de baño, empuñando una cuchilla de afeitar y cortándose una mejilla. Había sangre en el suelo y en el lavabo y Nancy se había salpicado por todas partes. Pero no cedió en su propósito ni dio ningún grito de dolor.
    ¿Cómo sabía mi madre todo aquello? Solo puedo creer que fue un drama conocido en la ciudad, sobre el que supuestamente había que correr un velo, pero demasiado sangrante y sangriento para no contarlo con detalle.
    La madre de Nancy envolvió a su hija en una toalla y consiguió llevarla al hospital. En aquella época no había ambulancias. Probablemente paró un coche en la plaza. ¿Por qué no llamó por teléfono a mi padre? Da igual, no lo hizo. Los cortes no eran profundos ni la pérdida de sangre demasiado grande, a pesar de las salpicaduras; no habían afectado ningún vaso sanguíneo importante. La madre no paraba de reprender a la niña y de preguntarle si estaba bien de la cabeza.
    “A mí tenía que caerme una hija como tú”, decía una y otra vez.
    -Si en aquellos tiempos hubiera habido trabajadores sociales, seguro que a esa pobre criatura la hubieran internado en un centro de acogida de menores -dijo mi madre-. Era en la misma mejilla. Como la tuya.
    Intenté guardar silencio, fingir que no sabía de qué me estaba hablando, aunque debía decir algo.
    -Tenía pintura por toda la cara.
    -Sí. Pero esta vez lo hizo con más cuidado. Se cortó solo una mejilla, intentando parecerse lo más posible a ti.
    En esta ocasión conseguí no responder.
    -Si hubiera sido chico habría sido diferente, pero para una chica es terrible.
    -Hoy en día la cirugía plástica hace cosas increíbles.
   -Sí, bueno. Quizá consigan hacer algo. -Un momento después añadió-: Qué sentimientos tan profundos. Los que tienen los niños.
    -Lo superan.
   Mi madre dijo que no sabía qué había sido de ellas, ni de la madre ni de la hija. También de que se alegraba de que yo nunca hubiera preguntado nada, porque le habría horrorizado tener que contarme algo tan penoso cuando yo era todavía pequeño.
No sé si guardará alguna relación con algo, pero he de decir que mi madre cambió por completo cuando ya era muy anciana. No paraba de soltar disparates, como que mi padre había sido un magnífico amante y ella “una chica bastante mala”.
    Sostenía que yo debería haberme casado con “esa chica que se cortó la cara” porque ninguno de los dos podría haberse sentido más orgulloso que el otro de haber hecho una buena obra. Cada uno sería igual de repulsivo que el otro, decía con sorna.
    Yo estaba de acuerdo. Entonces empecé a quererla bastante.

  Hace unos días me picó una avispa mientras recogía unas manzanas podridas de debajo de uno de los viejos árboles. Me picó en un párpado, que se me cerró rápidamente. Fui en el coche al hospital, valiéndome del otro ojo (el hinchado era el del lado “bueno” de mi cara) y me sorprendió que me dijeran que tenía que pasar la noche ingresado. El motivo era que cuando me pusieran la inyección tendrían que vendarme los dos ojos, para evitar que forzara el otro, con el que veía bien. Pasé lo que suelen llamar una mala noche, me desperté muchas veces. Nunca hay demasiada tranquilidad en los hospitales, naturalmente, y en el poco tiempo que estuve sin ver me dio la impresión de que se me agudizaba el sentido del oído. Cuando oí unas pisadas en mi habitación supe que eran de una mujer, y me pareció que no era una enfermera. Sin embargo, cuando dijo “Está despierto. Bien. Vengo a leerle”, pensé que me había equivocado, que sí era una enfermera. Estiré un brazo, creyendo que iba a leerme las llamadas constantes vitales.
    -No, no -dijo ella con su firme vocecita-. He venido a leerle un libro, si le apetece. A algunas personas les gusta. Se aburren de estar tumbadas con los ojos cerrados.
    -¿Quién elige? ¿Ellas o usted?
    -Ellas, pero a veces yo les recuerdo algo. Intento recordarles alguna historia de la Biblia, alguna parte de la Biblia de la que se acuerden. O algún cuento de cuando eran pequeños. Siempre traigo un montón de cosas.
    -A mí me gusta la poesía.
    -No parece demasiado entusiasmado.
   Me di cuenta de que era verdad, y sabía por qué. He leído poesía en voz alta, por la radio, y he escuchado leer a otras voces educadas, y hay algunas formas de leer con las que me siento cómodo y otras que detesto.
    -Entonces podríamos jugar a un juego -dijo ella, como si yo se lo hubiera explicado, cosa que no había hecho-. Yo le leo un par de versos, me callo y vemos si usted puede recitar el siguiente. ¿Le parece bien?
    Pensé que a lo mejor era una chica muy joven, deseosa de despertar interés, de tener éxito en ese trabajo.
    Le contesté que me parecía bien, pero que nada en inglés antiguo.
   -“Estaba el rey en Dunfermline…” -empezó a decir, como esperando respuesta.
    -“Bebiendo vino del color de la sangre…” -continué, y seguimos de buena gana. Ella leía bastante bien, aunque a una velocidad infantil, como para lucirse. Empezó a gustarme el sonido de mi voz, y de vez en cuando me permitía una pequeña floritura teatral.
    -Qué bonito -dijo ella.
    -“Te mostraré dónde crecen los lirios / en las riberas de Italia…”
   -¿Es “crecen” o “nacen”? -dijo-. No tengo ningún libro donde salga ese poema. Pero debería acordarme. Da igual; es precioso. Siempre me gustó su voz por la radio.
    -¿En serio? ¿Me escuchaba?
    -Claro. Y mucha gente.
   Dejó de apuntarme versos y yo tomé la delantera. Ya se pueden imaginar. “La playa de Dover”, “Kubla Khan”, “Viento del oeste”, “Los cisnes salvajes”, y “Juventud condenada”. Bueno, quizá no todos, y quizá no enteros.
  -Está usted sofocado -dijo. Su pequeña mano se posó rápidamente en mi boca. Y después su cara, un lado de su cara, en la mía-. Tengo que irme. Sólo otro antes de marcharme. Se lo voy a poner más difícil, porque no voy a empezar por el principio.
    -“Nadie largo tiempo te llorará / por ti rezará, te extrañará. / Tu lugar ha quedado libre…”
    -No lo había oído nunca –dije.
    -¿Seguro?
    -Seguro. Usted gana.
    Yo había empezado a sospechar algo. Ella parecía distraída, un poco molesta. Oí el reclamo de los gansos que sobrevolaban el hospital. En esta época del año hacen prácticas de vuelo, y después los vuelos se prolongan cada vez más hasta que un día los gansos se marchan. Estaba despertándome, con esa sensación de sorpresa e indignación que sigue a un sueño convincente. Quería dar marcha atrás y que ella pusiera su cara contra la mía, Su mejilla en la mía. Pero los sueños no son tan complacientes.

    Cuando recuperé la vista y volví a casa busqué los versos con los que ella me había dejado en mi sueño. Repasé un par de antologías y no los encontré. Empecé a sospechar que los versos no eran de ningún poema de verdad, sino que habían sido inventados en el sueño, para confundirme.
    ¿Inventados por quién?
    Pero más entrado el otoño, un día que estaba preparando unos libros viejos para donarlos a una venta benéfica, se me cayó un papel pardusco, con unos versos escritos a lápiz. No era la letra de mi madre, y difícilmente podría haber sido la de mi padre.  Entonces, ¿de quién? Quienquiera que fuera había escrito el nombre del autor al final. Walter de la Mare. Sin título. No conozco demasiado bien las obras de ese autor, pero era probable que hubiese visto el poema en algún momento, quizá no en ese manuscrito sino en un libro de texto, y hubiese enterrado las palabras en las profundidades de mi cerebro. ¿Y por qué? ¿Solo para que me incordiaran, o que me incordiara el fantasma de una audaz mujer-niña, en un sueño?

No hay pesar
que el tiempo no cure,
pérdida ni traición
irremediable.
Bálsamo para el alma,
aún si la tumba
cercena
al amante del amado
y cuanto comparten.
Mira, brilla el sol,
pasado el aguacero;
las flores lucen su belleza,
¡qué hermoso día!
Que el amor y el deber
no te inquieten.
Los amigos largo tiempo alvidados
quizá te esperen allí donde
vida y muerte
todo igualan.
Nadie largo tiempo te llorará,
por ti rezará, te extrañará.
Tu lugar ha quedado libre,
tú ya no estás.

    El poema no me deprimió. Parecía corroborar de una forma extraña la decisión que ya había tomado de no vender la casa y quedarme.
    Algo había ocurrido allí. En la vida tienes unos cuantos sitios, o quizá solo uno, donde ocurrió algo, y después están todos los demás sitios.
    Por supuesto, sé que si me hubiera topado con Nancy -en el metro de Toronto, por ejemplo-, los dos con nuestras marcas bien reconocibles, lo más probable es que no hubiéramos pasado de una de esas conversaciones absurdas y embarazosas, con la enumeración de detalles autobiográficos inútiles. Yo me habría fijado en la mejilla retocada, casi normal, o en la cicatriz aún bien visible, pero seguramente no habría salido en la conversación. Quizá se habría hablado de hijos. No tan improbables en el caso de Nancy, retocada o no. De nietos, del trabajo. Quizá no tendría que haberle contado en qué consistía el mío. Asombrados, cordiales, muriéndonos de ganas de salir corriendo.
    ¿Creen que eso habría cambiado las cosas?
    La respuesta es: naturalmente, durante cierto tiempo, y jamás.
De Demasiada felicidad (2010)
Alice Munro

La escritora Alice Munro, maestra del relato corto, considerada como "la Chejov de Canadá", acaba de ser galardonada con el Premio Nobel de Literatura 2013 por "su estilo claro y de un realismo psicológico", según la Academia Sueca. Enhorabuena.

Era un castillo en el aire que podía suceder, pero probablemente no sucedería. Sabía que estaba en la carrera, sí, pero la verdad es que nunca pensaba que fuera a ganar, ha declarado Munro a The Canadian Press.

Está al nivel de los mejores, como Chejov, Maupassant y Borges, asegura Javier Marías.
Alberto Manguel, escritor y crítico argentino: Las grandes obras de la literatura universal son vastos panoramas globales o minúsculos retratos de la vida cotidiana. Alice Munro es el genio indiscutible de estas últimas, capaz de hacernos ver a través de una banal circunstancia toda la gama de nuestras pasiones y de nuestras pequeñas derrotas y victorias. 
Davil Homel, escritor y traductor estadounidense: Ella escribe sobre mujeres y para mujeres, pero no está demonizada por los hombres.

Alice Munro por boca de Sofía en "Demasiada felicidad": Cuando un hombre sale de una habitación deja todo detrás, cuando una mujer lo hace lleva todo lo ocurrido en esa habitación con ella.

Alice Munro sobre "Demasiada felicidad": Mientras lo escribía pensaba si Chéjov se habría enamorado de mí de haberme conocido. Creo que no, a los hombres no les gustan las mujeres como yo. Pero quién sabe, él finalmente se casó con la actriz Olga Knipper que arrastraba su propia fama, así que... Sí, es posible que yo le hubiera gustado.

jueves, 10 de octubre de 2013

Poetas de al-Andalus/Sefarad/ 15 - Poesía del vino/ 16 - Poema - Semuel Ibn Nagrella - al-Andalus


Vierte la sangre de uvas en copas de cristal puro,
como fuego apresado en el granizo,
y bebe, cuando trinan las aves al alba,
el zumo que brilla en el vaso como la luz.
Su aspecto es rojo y agrada a quien lo bebe;
se elabora en España, y a la India llega su aroma.
Y no dejéis descansar al vino por las noches,
apagad la candela, ¡que os iluminen vuestras copas,
que en la tumba no hay cantos, ni vino, ni amigos!

Amigo mío, ¿cuándo vendrás a beber mi vino?
El canto del gallo me ha despertado,
no hay sueño en mis pupilas.
Salid a ver por el Oriente
la luz del alba como un hilo escarlata.
Daos prisa, antes que se alce la aurora,
y escanciadme en la copa
mosto oloroso y zumo de granada.

El escanciador llenaba la copa de rubíes,
la ponía sobre una cesta de mimbre multicolor
y la enviaba por el agua al que quería beber,
como a un novio, cual novia, en una litera.

Este vino debería quedar bien guardado,
encerrado en escondrijos sellados
para el que beba con alegría los zumos de la uva
y coja la copa con manos expertas;
para el que observe las normas escritas sabiamente
y tema el castigo después de la muerte.

lunes, 7 de octubre de 2013

Mote - Jorge Manrique - España


Sin Dios, y sin vos, y mí
                   I
    Yo soy quien libre me vi,
yo, quien pudiera olvidaros;
yo só el que, por amaros,
estó, desque os conoscí,
sin Dios, y sin vos, y mí.

                   II
    Sin Dios, porque en vos adoro,
sin vos, pues no me queréis;
pues sin mí ya está de coro1
que vos sois quien me tenéis.
Assí que triste nascí,
pues que pudiera olvidaros.
Yo só el que, por amaros,
estó, desque os conoscí,
sin Dios, y sin vos, y mí.
Jorge Manrique
1 De coro: sobradamente conocido. (N. de J. N.) 

    El mote era una frase que se bordaba en las vestiduras, guarniciones, etc., durante las fiestas. Sin Dios, y sin vos, y mi es un mote que entra dentro del motivo -muy común en tiempos de Manrique- del amor tomado como religión: la dama es el único dios del amante.

viernes, 4 de octubre de 2013

Lasciato hai, Morte - Petrarca - Italia


    Lasciato hai, Morte, senza sole il mondo
oscuro e freddo, Amor cieco et inerme,
leggiadria ignuda, le bellezze inferme,
me sconsolato, et a me grave pondo,

    cortesia in bando et onestate in fondo:
dogliom'io sol, né sol ho da dolerme;
ché svelt'hai di vertute il chiaro germe:
spento il primo valor qual fia il secondo?

    Pianger l'aer e la terra e 'l mar devrebbe
l'uman legnaggio, che senz'ella è quasi
senza fior prato, o senza gemma anello.

    Non la connobbe il mondo mentre l'ebbe;
conobbil'io, ch'a pianger qui rimasi,
e 'l ciel, che del mio pianto or si fa bello.

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    Muerte, dejaste el mundo sin su sol,
oscuro y frío, y a Amor ciego e inerme,
desnuda la gracia, las bellezas enfermas,
desconsolado yo, y de gran peso para mí mismo,

    expulsaste la cortesía y derribaste la honestidad:
sólo yo me duelo, y no sólo debería dolerme,
que arrancaste de virtud el claro germen:
apagada la primera virtud, ¿cuál será la segunda?

    Llorar debieran aire y tierra y mar,
y el humano linaje, que sin ella
casi es prado sin flor, anillo sin gema.

    El mundo la ignoró mientras la tuvo;
yo conocíla, que a llorar me he quedado,
y el cielo, que de mi llanto ahora se adorna.
Traducción de Atilio Pentimalli

martes, 1 de octubre de 2013

Che fai, alma? - Petrarca - Italia


    -Che fai, alma? che pensi? avrem mai pace?
avrem mai tregua? od avrem guerra eterna?-
-Che fia di noi, non so; ma, in quel ch'io scerna
a' suoi begli occhi il mal nostro non piace.-

    -Che pro, se con quelli occhi ella ne face
di state un ghiaccio, un foco quando iverna?-
-Ella non, ma colui che gli governa.-
-Questo ch'è a noi, s'ella sel vede, e tace?-

    -Talor tace la lingua, e 'l cor si lagna
ad alta voce, e 'n vista asciutta e lieta
piange dove mirando altri no 'l vede.-

    -Per tutto ciò la mente non s'acqueta,
rompendo il duol che 'n lei s'accoglie e stagna;
ch'a gran speranza uom misero non crede.-

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    -¿Qué haces, alma? ¿qué piensas? ¿tendremos alguna vez paz?
¿tendremos tregua o tendremos guerra eterna?-
-Qué será de nosotros, no lo sé; mas, por lo que puedo entender,
a sus bellos ojos nuestro mal no les agrada.-

    -¿De qué vale, si con esos ojos ella nos vuelve
en verano de hielo, de fuego cuando es invierno?-
-No ella, sino aquel que los gobierna.-
-¿Qué nos importa esto, si ella lo nota y calla?-

    -A veces calla la lengua y el corazón se queja
en voz alta, y con aspecto risueño
llora donde otros mirando no lo vean.-

    -No obstante, la mente no se serena,
interrumpiendo el dolor que en ella se recoge y estanca;
qué hombre mísero no cree en una gran esperanza.-
Traducción de Atilio Pentimalli